¡Obra maestra!¡La peor película de la historia del cine! Desde que se proyectara el nuevo filme de Darren Aronofsky en el pasado festival de Venecia y se estrenara en Estados Unidos el pasado 15 de Septiembre, la película no ha dejado a nadie indiferente, considerándola la película más terrorífica y agresiva de las últimas décadas o la mayor tomadura de pelo que se recuerde en mucho tiempo.
La realidad, es que la película no es ni una cosa ni otra. No es la gran obra maestra de Aronofsky -El Cisne Negro, The Fountain y Requiem por un Sueño son películas mucho más redondas- ni tampoco es una de las peores películas de la historia del cine. En mi modesta opinión, es una obra arriesgada que derrapa en un excesivo acto final, donde se encuentra el mejor y el peor Aronofsky.
La última obra de Aronofsky, sin entrar en desvelar una trama que se intuye desde los primeros minutos del metraje, se centra en el arte, en la creación de una obra de arte, los sacrificios que hay que realizar para llegar a ella, los obstáculos que se interponen en la creación de la misma y la recepción del público a la misma.
A partir de ese punto de partida, que funciona a la perfección en los dos primeros y sólidos actos, con un ritmo y una angustia in crescendo, apoyada en las excelentes interpretaciones de Jennifer Lawrence y Javier Bardem y apoyados en unos espléndidos y siniestros Ed Harris y una felizmente recuperada Michelle Pfeiffer, junto a la Casa, el otro gran protagonista del filme, la película aterriza en un tercer acto apocalíptico, donde Aronofsky aúna de manera irregular, los temas planteados en el primer acto de Noé, junto a la locura lisérgica del acto final de Requiem por un Sueño y elementos ya presentes en ese camino a la locura que es su Cisne Negro.
La provocación de las imágenes plasmadas en ese acto final, solo pueden ser consideradas reprobables si nos encontráramos ante una obra donde aquello que se nos cuenta y se nos muestra se tomara de una manera literal. Pero la obra navega y se sumerge en el simbolismo y la alegoría, y desde ese punto de vista, la obra de Aronofsky se antoja a su vez, tan inteligente y brillante en muchos aspectos, como auto-indulgente en otros muchos, donde Aronofsky se convierte en su alter ego en la pantalla grande, el personaje interpretado por Javier Bardem.
En definitiva, una obra tan excesiva como inquietante, donde sus dos claustrofóbicos e inquietantes primeros actos, quedan por igual, lapidados y elevados por un acto final, donde Aronofsky, poseído por un virus febril, vomita todos sus intereses e inquietudes de una manera tan visceral y apasionada, que lógicamente provoca una reacción visceral por parte de una audiencia acostumbrada a un cine mucho más domesticado y anestesiado, aunque quizás el exceso de pasión, no ha conseguido que Aronofsky remate con excelencia un proyecto tan original como irregular.






