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22 de febrero de 2019

La importancia de la Doom Patrol de Grant Morrison






















El final de la década de los 80 coincidió con la llegada de la segunda oleada de autores británicos al territorio del comic book americano. Autores como Peter Milligan, Neil Gaiman, Jamie Delano y por supuesto, Grant Morrison, entraron al mercado americano de la mano de Karen Berger, para continuar una revolución iniciada por Alan Moore y que cambiaría para siempre el panorama del tebeo de superhéroes norteamericano. Grant Morrison aterrizó en DC Comics con tres proyectos muy diferentes entre si, pero que servirían no solo para presentar en sociedad internacional al autor más atrevido de la nueva hornada de autores que romperían el medio, sino para preconizar unas ondas expansivas que alcanzarían a la industria, incluso hasta la actualidad. 

Esas tres obras fueron las siguientes: Batman Arkham Asylum (1989), novela gráfica en la que le acompañaba un pletórico Dave McKean y que fue la primera aproximación de Grant Morrison a la figura del señor de la noche, a través de un relato de terror gótico orgánico, introspectivo y pesadillesco que no pudo ser llevado hasta las últimas consecuencias que pretendía el guionista, por censuras editoriales. En segundo lugar Animal Man (1988-90), la primera de las revisitaciones del escocés a sus amados tebeos de la Silver Age y que redefiniría como nadie, tanto anterior como posteriormente, la frágil membrana que separa la delgada línea entre ficción y realidad. Un trabajo de estructura y conceptualización brillante y que sigue siendo el tebeo más accesible del autor para adentrarse en su particular universo, capaz de poner de acuerdo tanto a los incondicionales del autor, como a aquellos lectores más conservadores y menos atraídos por los excesos del escocés.

El tercer proyecto que aparecería poco después del inicio de su etapa al frente de Animal Man y Arkham Asylum fue su reinterpretación de la Doom Patrol o Patrulla Condenada, un tebeo, al igual que Animal Man, aparecido en la Silver Age y creado por el guionista Arnold Drake y el dibujante Bruno Premiani. Un equipo de misfits, de outsiders alejados y marginados de la sociedad debido a accidentes o mutaciones que les separaban de lo normativo y que coincidiría en el tiempo con dos tebeos de la recién nacida Marvel Comics, La Patrulla X (1963) y Los 4 Fantásticos (1961). Tebeos, donde el primero introducía también el amor y la defensa por el diferente y el segundo, el concepto de familia disfuncional, donde el Robotman de la Doom Patrol y La Cosa de los 4F coincidirían emocionalmente, a través de su dolor cuasi shakesperiano al estar ambos atrapados en cuerpos que no les pertenecían. 

Esa condición “fuera de norma” es lo que atrajo en un primer momento a Grant Morrison, que fue reclutado por DC Comics para revolucionar un serial y unos personajes que tras Crisis en Tierras Infinitas (1985-86) había sido retconeado por Paul Kupperberg junto al dibujante Steve Lightle y poco después con un primerizo Erik Larsen, sin que hubiera llamado mucho la atención, ni del público, ni la crítica especializada. Grant Morrison tenía carta blanca y libertad absoluta para reconstruir y redefinir a unos personajes que habían sido olvidados y enterrados por sus émulos de los 60, una Patrulla X, que en manos de Chris Claremont, se habían convertido en las estrellas y símbolo de los misfits de los 80. Una Patrulla X que el propio Grant Morrison, en entrevistas concedidas en dicha época, criticaba por la falta de frescura y riesgo que había acabado destilando el serial, convertido en una máquina de hacer dinero y que el escocés consideraba que debía haber terminado tras la saga “Días del Futuro Pasado”, canto del cisne de la mejor época del serial, obra de Chris Claremont y John Byrne






Morrison llevó a la Patrulla Condenada, a lo largo de una etapa que duraría cuatro años, a cotas jamás imaginadas por un tebeo de superhéroes. Si Animal Man era una oda, homenaje y ensayo teórico acerca de los límites de la ficción en general y del medio del cómic en particular, casi un arte místico que permitía abrir fronteras entre mundos y dimensiones, en la Doom Patrol hace lo mismo, pero reflejándose e inspirándose en el arte de las vanguardias, en especial el surrealismo, el dadaísmo y el futurismo. Este último en concreto es homenajeado en la primera página de su etapa -casi una declaración de principios- concretamente en la reproducción del accidente que convertía a Cliff Steele en Robotman. Una página compuesta por nueve viñetas, donde el movimiento cinético, el dinamismo, la velocidad representada a partir de líneas diagonales y el amor por las máquinas, reproducían con las formas del arte secuencial, los preceptos del arte futurista y definían perfectamente aquello que el escocés pretendía integrar al lenguaje y al universo de las viñetas. 

Dicha revolución en las viñetas fue introducida por el autor de Los Invisibles de manera gradual, de la misma manera que lo hiciera en Animal Man. Si Animal Man arrrancaba como una revisitación de un personaje de los años 60 con la mentalidad posmoderna y con conciencia ecológica de finales de los 80, para acabar convirtiéndose en un ensayo acerca del concepto de realidad y creación, la Doom Patrol se iniciaba como una recreación cercana a los trabajos de reconstrucción iniciados por Alan Moore en dicha década con La Cosa del Pantano. Pero donde Moore destacaba por el desarrollo de estructuras narrativas férreas, el tebeo de Morrison destacaba por un mirar hacia delante donde la locura que impregnaban sus relatos, iban parejos al atrevimiento de Morrison para convertir un tebeo de superhéroes conservador en una oda a la imaginación, a la revolución (ya fuera mental, política, social, sexual o de género) que serviría además como campo de pruebas para su obra magna, Los Invisibles. No es casual que los personajes más relevantes de la larga etapa - cuatro años de historias en 44 ejemplares desde diciembre de 1988 hasta noviembre de 1992- fueran un veterano del serial, Larry Trainor AKA Negative Man, que ya en su primer ejemplar era transformado en un ser omnigenérico y multirracial, que rompía y se elevaba de su prisión carnal, que Morrison aprovechaba para desarrollar un discurso acerca de las limitaciones impuestas por una sociedad temerosa de todo aquello que amenazara el sofocante establishment, representado en esos tenebrosos hombres de negro, habitantes de un Pentágono que servía como símbolo del control social, político, cultural y mental de nuestras sociedades contemporáneas. El segundo personaje fundamental de la etapa, que incluso cierra con un brillante epílogo la etapa morrisoniana es Crazy Jane, una mujer víctima de abusos, cuya incapacidad para aceptar el maltrato de su padre biológico, provoca la fractura y escisión de su mente en 62 personalidades diferentes. Un personaje que surgió en la mente de Morrison tras leer el libro “When Rabbits Hole” (1987), transcripción de las conversaciones reales de Truddi Chase -una mujer con 92 personalidades diferentes- con su psicóloga. A través de ella, Morrison transmite su visión de la figura femenina, los límites impuestos por la sociedad hacia las mujeres y la represión sexual fruto de los condicionantes culturales. 






A lo largo de sus cuatro años de publicación -que ahora puede ser disfrutada del tirón, gracias a la magnífica reedición recopilada en cuatro volúmenes en cartoné, que ha publicado recientemente ECC Ediciones en España- se puede vislumbrar perfectamente las revoluciones de un tebeo que ha sido imitado (sin conseguir igualarlo) hasta la extenuación, a lo largo del siglo XXI. Desde los ejercicios de retcon, iniciados con el descubrimiento de las verdaderas causas del origen de la Doom Patrol original, utilizado como elemento argumental y punto de giro fundamental en futuras narrativas superheróicas contemporáneas, tales como el trabajo de reconstrucción de Scott Snyder con Batman para su etapa en los nuevos 52 o incluso la saga de Onslaught en la Patrulla X de Scott Lobdell de finales de los 90, hasta el pasado de Jessica Jones y el Hombre Púrpura en el Alias de Brian Michael Bendis; pasando por la representación formal de los tebeos de los años 60, pero desde una perspectiva contemporánea, tan cínica como reconstruccionista: la saga de Flex Mentallo o el número 53, donde el artista Ken Steacy reconstruye a partir de la emulación de las formas de Jack Kirby un relato del pasado, que luego estará a la orden del día en trabajos posteriores de Alan Moore, como su trabajo para una primigenia Image Comics, e inédito en nuestro país, titulado 1963 (1993) o sus relatos tanto para Tom Strong como para su antología Tomorrow Stories hasta la introducción del surrealismo, el pop art y las vanguardias como base y eje del discurso, influenciando a autores de tanta relevancia contemporánea como pueden ser Matt Fraction (Sex Criminals, Casanova, Ody-C), Kieron Gillen (Jóvenes Vengadores, Phonogram, The Wicked and the Divine), Jeff Lemire (Black Hammer), o Gerard Way (The Umbrella Academy), por poner solo algunos ejemplos. Ejemplos que sin las transgresiones de Grant Morrison y su Patrulla Condenada, nunca hubieron tenido lugar. 

Incluso para el propio Morrison, su etapa en la serie regular de Doom Patrol fue el punto de arrranque para su explosión como autor. No solo porque en este serial trabajó por primera vez con una plétora de artistas que se convertirían con el paso de los años en leales compañeros de armas, tales como Steve Yeowell o Duncan Fegredo, que le acompañarían en trabajos posteriores como Los Invisibles, sino que además, le dio las herramientas a Morrison para desarrollar los dos ejes en los que se moverían sus trabajos futuros: el primero, en tebeos más dirigidos al mainstream, gracias a su habilidad para reconstruir tanto el presente como el pasado de personajes canónicos y que sería reflejado en todo su esplendor en trabajos posteriores como su etapa al frente de los X-Men entre los años 2001 y 2005 o su largo arco argumental al frente de Batman, entre el 2006 y el 2013. En segundo lugar, el tema central que anida dentro de sus trabajos más personales, revolucionarios y alternativos: las fronteras entre imaginación y realidad, entre libertad y coerción, que se vislumbraría a lo largo y ancho de toda su obra, pero que destacaría especialmente en sus dos trabajos más crípticos pero también más apasionantes: la ya mencionada Los Invisibles (1994-2000), su obra maestra y compendio de todos los elementos esparcidos a lo largo y ancho de una extensa obra y El Asco (2002-03): escisión, apuntes a pie de página y (r)evolución de los preceptos en los que se basaban Los Invisibles, pero tamizados por una capa de purulenta degradación y hermetismo que la acabaría convirtiendo casi en el Inland Empire lynchiano de Grant Morrison. 






Por todos estos elementos temáticos, formales y estructurales, y por muchos más que por extensión no pueden ser desarrollados como se merecen en este humilde post, la Doom Patrol de Grant Morrison se merece un puesto de honor entre las grandes obras del arte del cómic. Un trabajo fundacional, vanguardista, revolucionario y sanamente desquiciado que al igual que su propio autor, trajo un soplo de aire fresco y libertad a un medio muchas veces sometido a las leyes del mercado y la dictadura de unos editores y audiencias excesivamente conservadores. Pero cuando alguien como Karen Berger aparece en el medio y se atreve y arriesga a probar lo diferente, nos encontramos con regalos tan inesperados, diferentes, arriesgados y provocadores como Grant Morrison y su Patrulla Condenada.

17 de marzo de 2018

Hellblazer: Otros Hechizos de VV.AA. Una pequeña joya para los completistas



















Para rematar la excelente y completísima edición de la legendaria Hellblazer del sello Vertigo de DC Comics, ECC ha decidido publicar un decimoctavo volumen que sirve como epílogo, recopilando unas cuantas miniseries y un especial que se habían quedado fuera del resto de la colección, ya fuera porque no encajaba dentro de la selección por autores de la recopilación o porque las series no fueran protagonizadas por el carismático John Constantine o al menos en su totalidad. 

Lo interesante del volumen, más allá de la diversa calidad de las obras que contiene en su interior es que en la gran mayoría de los casos permanecían inéditas en nuestro país, exceptuando La calle del amor, publicada en un número especial en formato prestigio por Norma Editorial a principios de la pasada década y la adaptación al cómic de la película de Constantine, que creo fue editada en el momento de su estreno por Planeta de Agostini. La decisión de ECC ha sido situarlos de manera cronológica de acuerdo con su momento de publicación, exceptuando la adaptación de Constantine, que sirve como coda de un volumen irregular pero tremendamente interesante. 



Comenzando con los trabajos menos distinguidos de este volumen, nos encontramos en primer lugar con la adaptación en cómic de la película Constantine protagonizada por Keanu Reeves y dirigida por Francis Lawrence. Los encargados de llevar a cabo esta práctica común desde los años 70 a la pasada década, es un ejemplo más de un trabajo meramente alimenticio y que surge más por motivos marketinianos que por motivos artísticos. Los autores encargados de llevarla a cabo son el guionista Steve Seagle y el dibujante Ron Randall. El primero sobre todo es un autor excelente, con trabajos tan memorables como su Casa de los secretos o Es un avión, ambas para el sello Vertigo y ambas realizadas junto al inclasificable ilustrador Teddy Kristiansen. Lo que nos encontramos aquí es un trabajo que no aporta nada al medio y que ilustra de manera torpe y peregrina una obra cinematográfica ya de por si equivocada y que sigue de manera mecánica el guión y la trama de su versión en pantalla grande. 



El otro trabajo que languidece en comparación con el resto de lo publicado en el volumen es la miniserie en cuatro partes llamada La brigada de la gabardina, publicada en 1999 y realizada por el guionista John Rey Nieber y el dibujante John Ridgway. En este último se encuentra lo más atractivo de esta miniserie nacida de Los libros de la magia de Neil Gaiman. Y es que Ridgway aporta una atmósfera malsana a un guión atractivo pero ejecutado torpemente por John Rey Nieber. 



En la categoría de interesante y correcto nos encontraríamos con dos trabajos muy diferentes, pero que aúnan ambas esa decisión de expandir el universo de Constantine más allá del propio personaje protagonista del serial. La primera de ellas sería la miniserie de cinco ejemplares dedicada a Papa Midnite y realizada por Mat Johnson y Tony Akins. En ella, profundizamos en el que fue el primer villano de la serie regular de Hellblazer y creado por el guionista Jamie Delano, en un relato que juega en dos tiempos para hablarnos del racismo inherente en la sociedad occidental, en especial la americana, un tema fundamental en la obra de Johnson y que ha desarrollado con aún mejor fortuna en títulos como Incognegro



La otra miniserie que se sitúa en esa línea media es Lady Constantine, una antepasada de nuestro querido John Constantine, escrita por Andy Diggle y dibujada por Goran Sudzuka. En este último y en el carisma de la protagonista se encuentran los mayores aciertos del que fue el primer trabajo de Andy Diggle tanto del universo de John Constantine, como de su trabajo en la línea Vertigo, ampliamente superado por ejemplo en su atractivo etapa al frente de Hellblazer, que aquí comenzó a dar sus primeros pasos. 



Entre las sorpresas del volumen nos encontramos con dos miniseries, una dedicada a la adolescencia de Constantine y otra centrada en Chas, el taxista, amigo y saco de boxeo de John Constantine que se merecía una historia que le redimiera. La primera, titulada La calle del amor y englobada en un conjunto de miniseries antológicas, cuyo nexo de unión era la figura del Sandman de Neil Gaiman, va más allá de la explotación de la obra magna de Gaiman, en un relato donde los sentimientos y la emotividad están por delante del tono cínico e inhumano que el mundo de Constantine entrega habitualmente, sin dejar de lado los momentos escalofriantes, gracias al arte de Michael Zulli. 



Chas: El conocimiento, la miniserie en cinco episodios escrita por Simon Oliver y de nuevo ilustrada por Goran Sudzuka es la joya del volumen. Un trepidante relato de horror protagonizado por Chas, de lectura dinámica y diálogos acerados, que demuestra la importancia de una de las figuras satélite fundamentales del mundo de John Constantine, quedando este último como estupendo alivio cómico en esta historia de redención y reafirmación de un personaje subestimado. 

En conjunto, un volumen fundamental para los seguidores del personaje y la serie Hellblazer, que al igual que la serie regular, tiene momentos mejores o peores, pero que en conjunto aprueba con nota, entregando trabajos más que competentes, en un sub-universo de la línea Vertigo que ha demostrado superar el paso del tiempo.

21 de enero de 2018

Hellblazer de Peter Milligan 3 (de 3): Un memorable final para una cabecera mítica





Tras 25 años de historias ininterrumpidas, seguir contando relatos alrededor de la figura de John Constantine era una tarea hercúlea. Sobre todo, si tus predecesores habían sido escritores como Alan Moore -el padre de la criatura-, Jamie Delano, Garth Ennis, Warren Ellis, Brian Azzarello o Mike Carey, por nombrar a unos pocos de la caterva de grandes guionistas y estrellas que pasaron por la cabecera más longeva que ha tenido la línea Vertigo.






Pero si Peter Milligan en los dos anteriores volúmenes, descubría al lector que todavía quedaba mucho que contar acerca de Constantine, este tercer volumen final no le queda a la zaga. Dividido en cuatro sagas de entre 3 y seis ejemplares de duración, más un número unitario, Milligan continúa desarrollando e impactando al lector con esa extraña relación a cuatro entre Gemma, la sobrina de Constantine mortificada por la violación del doppelganger de su propio tío, Piffy, joven esposa de Constantine e hija de Terry Greaves, mafioso y tercera pata de esta historia a cuatro, culminando con un John Constantine al que su pasado y malas decisiones le harán sufrir lo que no está escrito.






Junto a este cuarteto donde Milligan se atreve a desarrollar asuntos tales como el maltrato e incluso la sombra del incesto, el inglés se saca de la manga, pero sin perder la credibilidad un nuevo miembro de la familia Constantine, que si quizá no es la historia más redonda del volumen, aporta sangre nueva a un título, cuya reinvención constante fue la clave de su éxito.






Milligan finaliza su fructuosa y larga etapa con una historia en tres partes, donde vuelve a enfrentar a Constantine con la sombra de la muerte. Milligan consigue engañar varias veces al lector, con un desenlace que se plantea desde las primeras páginas, pero que consigue llevar por diferentes derroteros para rematarlo con una bella página homenaje al personaje y al ingente talento que ha pasado por las páginas del mismo.








El volumen de la magnífica y completa edición que ha sacado a la luz ECC, se completa con un annual del propio Milligan e ilustrado por un atmosférico Simon Bisley y una más que interesante miniserie titulada “Ciudad de Demonios”, guionizada por Si Spencer, autor de la excelente y minusvalorada The Vynil Underground e ilustrada por el emergente y brillante Sean Murphy. La primera, una historia melancólica sobre los fantasmas y los errores del pasado y la segunda, una atrevida e irónica visión hacia los terrores del siglo XXI y sus dosis de paranoia y miedo al diferente. En definitiva, un volumen final que está a la altura de lo mejor que entregó una cabecera que se merece un puesto de honor en la historia del medio.

11 de octubre de 2017

Hellblazer de Andy Diggle: Corta pero intensa etapa del detective de lo oculto






















Tras 230 ejemplares, casi dos décadas de publicación ininterrumpida y una caterva de autores tan interesantes como Jamie Delano, Garth Ennis, Neil Gaiman, Mike Carey o Brian Azzarello, ¿qué más se podía contar del detective de lo paranormal más irreverente de la historia del cómic? Andy Diggle tenía una respuesta.



Y eso que Andy Diggle nunca ha sido santo de mi devoción, ya que nada de lo que había leído anteriormente me había llamado la atención, entre la indiferencia de su The Losers junto al dibujante Jock o la absoluta decepción del primer arco argumental de la serie del Hombre Murciélago que iba a sustituir a la legendaria Legends of The Dark Knight, llamada Batman Confidential y que inauguró Diggle junto al horroroso Whilce Portaccio.



Pero sus 20 ejemplares al frente de la cabecera de Hellblazer me ha hecho callarme mis palabras y como ya me ocurrió con la etapa de Mike Carey, darme cuenta que este Hellblazer es uno de las interpretaciones más puras de la creación de Alan Moore.



Diggle, apoyado por el trabajo de un soberbio y atmosférico Leonardo Manco en la gran parte de su etapa, consigue devolver al serial ese tono malsano y sucio que tenía el trabajo original de Jamie Delano antes de que le diera por el New Age y cerrar varias tramas abiertas y pequeños detalles que habían ido diseminando todos los autores previos que habían pasado por la historia del personaje.



Y a través de seis arcos argumentales que desarrollan una historia central, más un par de episodios autoconclusivos, sumado a un fill-in de auténtico lujo formado por Jason Aaron y Sean Murphy, este volumen de casi 500 páginas se deja leer con sumo agrado, provocando, asustando y dejando un poso en el lector como solo los mejores trabajos pueden dejar.

5 de julio de 2017

Hellblazer de Peter Milligan 2 (de 3): Cambiando el "statu quo" de nuestro ocultista favorito























Revolucionar a un personaje con dos décadas y 250 números a sus espaldas es tarea casi imposible y más si tu trabajo viene precedido por autores del calibre de Alan Moore, Jamie Delano, Garth Ennis o Brian Azzarello, por mencionar a alguno de los autores que han, con mayor o menor fortuna, narrado las aventuras del mago más cínico y cautivador del mundo de la historieta.



Y a Peter Milligan le tocó cerrar la historia del personaje en la línea Vertigo. Pero el guionista, capaz de lo más sublime a lo más convencional, no se arredró y se enfrentó al personaje casi como si fuera uno de sus primeros trabajos y tuviera todo que demostrar, no como si fuera un encargo para pagar las facturas y llegar a fin de mes.



En su primer tercio al frente del personaje, recopilado en el primer volumen de esta fantástica edición que nos está proporcionando ECC, Milligan sorprendía con un tebeo fresco y adictivo, donde sus acerados guiones se fusioban perfectamente con el arte de un Giusseppe Camuncoli, que se encontraba mucho más cómodo en los parajes sucios y grisaceos de Londres que en el multicolor universo del Hombre Araña.



Pero en este segundo volumen, que incluye casi dos años completos de la serie regular, Milligan acelera y nos entrega, tras una correcta pero nada reseñable historia en cuatro partes, llamada India, el cierre de la historia de Constantine y su novia fallecida Phoebe, para introducirnos en una espiral de emociones, sorpresas y giros argumentales en tres arcos argumentales que se sitúan entre lo mejor del personaje en sus tres décadas de publicación, como son Internado, Claveles Ensangrentados y Dolores Fantasma.



En ellas, Milligan desarrolla la historia entre Constantine y la joven Epiphany Graves, donde el drama, la violencia, el sexo, el humor irónico y el compromiso hacen acto de presencia en la historia del personaje con una calidad pocas veces alcanzada. Si a eso le sumamos la aparición de varios personajes del pasado de Constantine fundamentales y un invitado estrella como Shade, el personaje más importante de la historia de Milligan como guionista, tenemos un volumen imprescindible, tanto para los seguidores del personaje, como para aquellos lectores que disfruten con un buen tebeo. Imprescindible.

31 de mayo de 2017

Hellblazer de Denise Mina: Prometedora pero embarullada etapa

Entre la fabulosa etapa de Mike Carey y el inicio de la para mi inédita etapa de Peter Milligan, Denise Mina y Andy Diggle se hicieron cargo de las desventuras de John Constantine. La primera de dichos autores es la que nos ocupa aquí, escritora de misterio y terror, natural de Escocia, que tuvo a su cargo al investigador paranormal más famoso del universo DC durante un intenso año que fue de más a menos.



No conozco la obra literaria de Mina, por lo que solo puedo opinar de lo primero que he leído de ella, que es este Hellblazer. Una etapa dividida en dos sagas que se continúan la una a la otra para entregar al lector una obra independiente y cerrada, más un intrascendente interludio.

La acción para Constantine se traslada a Glasgow, industrializada ciudad de Escocia que de la mano del dibujante Leonardo Manco, se convierte en una ciudad siniestra y tenebrosa, donde cualquier cosa puede salir de las grietas, esquinas y callejones. Por lo tanto es un ambiente propicio para la serie y el personaje.



El primer arco argumental, de siete episodios de duración es el más redondo del volumen. Sobre todo su arranque y su primer y segundo acto. Mina devuelve al personaje y a la colección un ambiente que provoca escalofríos y el misterio y peligro de lo desconocido, en un relato paranormal que invita a descubrir más. Pero al final del primer arco, la cosa comienza a desmoronarse, sobre todo por un caos narrativo que acelera la historia y la vuelve algo incomprensible.

Tras el interludio que además pierde al magnífico Leonardo Manco, vuelve la historia principal en un nuevo arco de cinco episodios donde Mina resuelve con más humor que terror lo avanzado en la anterior historia, devolviendo a personajes del pasado del protagonista, que se deja leer pero que no consigue situarse de nuevo en su prometedor punto de partida.



Queda por descubrir que habría sido de Mina si pudiera haber desarrollado una etapa más extensa. Las bases eran sólidas, pero no perfectamente rematadas. Pero lo mismo le ocurrió a Carey en su primer arco argumental, para luego deslumbrar con la mejor etapa del personaje, en mi opinión, junto a la de Garth Ennis. La pena, que nunca lo sabremos.

15 de abril de 2017

Hellblazer de Peter Milligan 1(de 3). Arranca la última etapa del personaje bajo el sello Vertigo
























Tras una fabulosa etapa guionizada por Mike Carey y dos cortas etapas de la mano de la guionista Denise Mina y el guionista Andy Diggle, el ocultista más carismático del noveno arte arrancaba su final del camino de la mano de uno de los guionistas artífices del nacimiento de la línea Vertigo de DC Comics, Peter Milligan.



Peter Milligan, autor de tebeos tan revolucionarios y visionarios como Shade el Hombre Cambiante o X-Tatix para Marvel Comics, quizá no ha tenido el prestigio de coetáneos suyos como Grant Morrison o Neil Gaiman, porque Milligan ha trabajado en encargos para las dos grandes de irregular resultado y escasa pasión que han devaluado su nombre.



Pero siendo quien era y la importancia que ha tenido en el desarrollo del cómic adulto de la industria americana, era imprescindible que pusiera su talento en manos de John Constantine, el personaje por el que han pasado la gran parte de autores ingleses de la época y algunos talentos mayores del americano.



El reto de Milligan, que se encargó de las historias del personaje tras 250 ejemplares a sus espaldas, era ser capaz de aportar una visión y un tono diferente a lo realizado por autores del talento de Garth Ennis, Paul Jenkins, Brian Azzarello o Mike Carey, donde cada uno de ellos aportó matices diferentes a un personaje muy agradecido.



Milligan, de la mano del dibujante Giusseppe Camuncoli, arranca su etapa con un Constantine quizá más amoral que nunca con una historia en tres partes titulada "Costra" que nos presenta a Pheebs, el nuevo interés amoroso de Constantine, del que duda si realmente le gusta o la necesita para intentar llevar una vida normal. Esta primera historia en un primer momento quizás no aporta nada nuevo al personaje y a su entorno, pero una vez leídos los siguientes ejemplares, se demuestra como un excelente prólogo para lo que está por venir.



Y tras un interludio en dos partes dibujado por Goran Sudzuka, que trae de vuelta a través de la peste que asoló a Europa, temas como la culpa y el abuso infantil, da paso a Enganchado, una fascinante historia donde los acontecimientos y relaciones planteados en Costra, explotan de manera brillante y trágica entregando una de las historias más atractivas de la historia del personaje, de manera breve, concisa y certera para finalizar este primera parte de las aventuras de Constantine de la mano de Milligan con un epílogo en dos partes dibujado con acierto por Simon Bisley, que cierra tramas pendientes, abre otras y sobre todo deja un futuro interesante y peligroso para nuestro canalla favorito.



El volumen lo cierra una novela gráfica aparecida bajo el sello Vertigo Noir, llamada Entradas Oscuras, guionizada por el novelista Ian Rankin y dibujada por Werther Dell'Edera. El planteamiento, prometedor, parece un episodio de Black Mirror salido de la mente de Charlie Brooker, donde se da una vuelta de tuerca muy negra a los reality shows que han inundado nuestras aparatos de televisión caseros, que se lee con intensidad, sobre todo en su primer acto. A partir de la gran revelación, el tebeo peca de previsibilidad y de no saber sacar partido a una premisa que podría haber dado mucho más juego si hubiera ido por derroteros más inteligentes, pero que se deja leer con agrado.

26 de enero de 2017

El Sheriff de Babilonia de Tom King y Mitch Gerard: Retrato crudo y certero del Irak post-Hussein






















A cada nueva obra que leo de Tom King, más claro tengo que su llegada al mundo del cómic es de lo mejor que le ha pasado al medio en mucho tiempo. Su Visión para Marvel me pareció una magnífica pesadilla con ecos de la línea Vertigo primigenia y los relatos paranoides de Philip K. Dick y su actual Batman para DC Rebirth a cada ejemplar que leo tengo la sensación de que aparte de hacer un tebeo entretenidísimo, pocos autores han entendido tan bien la psique de Bruce/Batman. Y para rematar el trío de ases, El Sheriff de Babilonia.



Tom King antes de epatar al aficionado, había pertenecido a la CIA tras los atentados en suelo americano del 9/11 y estuvo en Irak como agente de operaciones de la CIA tras el derrocamiento de Hussein en el año 2003. Pero King no nos entrega un tebeo autobiográfico, sino una intriga criminal con cadaver de por medio y a tres personajes perdidos en el caos que dejó Estados Unidos tras derrocar a Sadam.



El Sheriff de Babilonia es un tebeo duro y crudo, cuyas sensaciones me recuerdan al Scalped de Jason Aaron. La atmósfera que viven estos personajes es asfixiante y claustrofóbica y la sensación de desesperación y nihilismo se respira en cada página. Eso no quita para que los imperfectos protagonistas de la obra se hagan un hueco en el corazón del lector y entiendas sus en algunos casos atroces actos.



Y la violencia es extrema, al igual que las sorpresas que King de la mano del artista Mitch Gerards, integradas en el ritmo de la historia con precisión de relojero, ajustando perfectamente los tiempos narrativos, las sorpresas y los cliffhangers para que el lector no pueda dejar de pasar las páginas.



King trata esta mescolanza de culturas, religiones, intereses y ambiciones sin juzgar a nadie, dejando que el lector decida con lo que los personajes dicen y hacen, apuntando con el dedo aquello que muchos de nosotros sospechábamos pero de una manera ambigua que cualquiera que esté mínimamente interesado en la política de este siglo que estamos viviendo sabrá leer entre líneas.



En definitiva, un tebeo soberbio, magníficamente escrito y narrado, con personajes sumamente interesantes y que deja entrever el conflicto en Oriente Medio de una manera jamás vista.

10 de enero de 2017

Art Ops de Simon Spurrier y Michael Allred: La psicodelia Morrisoniana y el pop art de Allred se dan la mano





























Cuando ya daba por muerto al sello Vertigo y la migración de los grandes títulos indie-mainstream hacia Image Comics, los últimos meses me han hecho descubrir algunos nuevos títulos que demuestran que el arrojo y la valentía comienzan a apacerer tímidamente en el sello que tantas alegrías nos dio en los años 90.



Si hace un par de meses hablé de las virtudes de Clean Room, obra de Gail Simone, ahora me acerco al primer volumen de Art Ops, un título inclasificable de la mano de Simon Spurrier y Michael Allred. Spurrier es un colaborador de Gerard Way, el cantante compositor de My Chemical Romance que se ha descubierto como un genial guionista -ahí están su Umbrella Academy y su actual Doom Patrol para atestiguarlo- que influido por autores como Morrison o Miligan es quizás el mejor exponente de vanguardismo pop en el mundo del cómic actual.



Spurrier sigue ese camino trazado por Way, entregándonos un tebeo psicodélico, donde las obras de arte tienen vida propia y los Art Ops, unos Minutemen de los lisérgicos 60, deben protegerlos. La desaparición de los mismos, hacen que una nueva generación deba tomar el relevo, pero cambiando los idílicos 60 por el descreimiento de la generación actual.



Spurrier tiene la suerte de contar como pareja gráfica con Michael Allred, famoso creador de Madman y su gusto por el arte pop y el surrealismo aquí es llevado hasta extremos inclasificables, apoyado por un toque más sucio, perfecto para la obra, de la mano de Matt Brundage.



Una vez leído el primer volumen, decir que tiene un arranque excepcional, con sorpresas y vanguardismo a cada página, que quizás se estanque en el nudo tras un fascinante inicio, pero que gracias a su excelente diseño de personajes y el carisma de los protagonistas de esta obra, apetece seguir leyendo que se traen entre manos el duo formado por Spurrier y Allred. Recomendado sobre todo a fans del Morrison o Milligan más lisérgicos y antisistema.

27 de diciembre de 2016

Vertigo Quarterly:CMYK. Interesante antología basada en los colores de impresión


























Soy muy fan de las antologías. Me gustan, porque de un vistazo sirven para llevarte una primera impresión del enorme talento que pulula por el medio del cómic y que es muy difícil encontrar en series regulares. Así, entre principios de 2014 y principios de 2015, Vertigo editó una miniserie de cuatro ejemplares, cuyo tema principal son los cuatro colores substractivos de impresión.



Esos cuatro colores, les sirven a los autores encargados de la antología para entregar mini-historias de entre 6 y 8 páginas autoconclusivas que tocan géneros como la fantasía, el costumbrismo, el terror o la ciencia ficción, donde el color sirve tanto como paleta de color, como metáfora de sentimientos y sensaciones.



Como toda antología tiene relatos mejores y peores. En conjunto, el nivel está por encima de la media y dentro del cuadro de autores, nos encontramos con primeras espadas como Fabio Moon, Bill Sienkiewicz, Teddy Kristiansen, Francesco Francavilla o Jock en el apartado gráfico o guionistas tan potentes como Steve Seagle, Tom King, Peter Milligan o Gerard Way, junto a otros artistas y guionistas menos conocidos o directamente desconocidos que pueden ser futuras estrellas en los años venideros.



En definitiva, una obra antológica muy recomendable, donde la estética y el fondo están muy cuidados y a la par y que demuestra lo que fue y debe seguir siendo la línea Vertigo de DC Comics, un crisol de vanguardia y modernidad necesaria para que el medio siga siendo un pionero de la vanguardia artística contemporánea.
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