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25 de octubre de 2018

Patrulla X Roja de Tom Taylor y Mahmud Asrar: Intolerancia contemporánea



Tras los mediocres resultados de las nuevas iteraciones mutantes conformadas por Patrulla X Oro y Patrulla X Azul, llega la tercera serie regular que conforma las nuevas series principales del maltratado cosmos mutante: Patrulla X Rojo. Esta nueva serie, guionizada por Tom Taylor e ilustrada, al menos en su primer arco argumental, por el dibujante Mahmud Asrar, surge como reintroducción de la nuevamente resucitada Jean Grey, tras la irregular miniserie aparecida previamente titulada La Resurrección de Fénix guionizada por Mathew Rosenberg e ilustrada por un conjunto de dibujantes entre los que encuentran Leinil Francis Yu o Carlos Pacheco. Afortunadamente, Patrulla X Roja, aunque no puede considerarse por el momento un título imprescindible de la Marvel actual, si que consigue, en sus primeros compases, situarse, al igual que La Increíble Patrulla X de Charles Soule, muy por encima de lo realizado con los hijos del átomo en los últimos tiempos. 






Partiendo de la base de la idea de Claremont de servir como metáfora y magnificación de las cuestiones sociológicas y políticas existentes en el mundo contemporáneo, este regreso de Jean Grey sitúa al icono en un universo Marvel muy cercano a la realidad contemporánea, donde los conflictos de raza y la intolerancia exacerbada por una ultra-derecha emergente, están consiguiendo deshacer todo el camino andado en la lucha por las libertades. A partir de ese contexto sociocultural, necesario en los tiempos vividos, Taylor conforma un equipo mutante que sirve como nexo entre pasado y presente -no es casual que el arranque del serial comience de idéntica manera que el clásico Giant Size X-Men 1 que iniciaba la gran etapa de gloria de los personajes- donde podemos encontrarnos caras tan míticas como la mencionada Jean Grey o Rondador Nocturno junto a personajes de nueva hornada tales como Lobezna y Gabby, salidas de la serie de la primera y cuyo destino lo ha dirigido Tom Taylor. A su vez, Taylor, acostumbrado a lidiar con un universo completo como puede verse en su Injustice para DC Comics, acerca a los últimamente escindidos mutantes al conjunto del universo Marvel con la introducción de Namor y Pantera Negra y sus respectivos entornos y ecosistemas. 






Este equilibrio entre pasado y presente se sustenta con la introducción de un personaje que no proviene ni del añorado pretérito ni del más inmediato presente, sino de la innovadora y revolucionaria etapa de Grant Morrison que apareció en los albores del siglo XXI, Cassandra Nova. Némesis y reverso tenebroso del Profesor Xavier -su hermana gemela- que aquí es la incitadora de una semilla de la discordia que lamentablemente surge con fuerza de manera cíclica en la historia de la humanidad. Pero más allá de las disquisiciones socio-culturales que sirven como marco y punto de partida del relato, Taylor y Asrar entregan al lector contemporáneo un tebeo ágil y enérgico que sustenta su efectividad con un pie en el pasado pero agarrándose con fuerza a la actualidad contemporánea. 




27 de enero de 2018

X-Men Grand Design de Ed Piskor: Reformulando narrativa y formalmente el universo mutante






















La Patrulla X siempre fue un tebeo de superhéroes alternativo, al menos desde el punto de vista del mainstream. En su primera aparición en los años 60, dentro de una hornada de iconos creados por Stan Lee y Jack Kirby, los hijos del átomo fueron una rara avis dentro de la génesis de iconos como Los 4 Fantásticos, Spiderman, Hulk o Los Vengadores. Cancelados tras 66 ejemplares y traídos de vuelta una década después -esta vez con gran éxito- de la mano de Len Wein, Dave Cockrum y sobre todo Chris Claremont, los homo superiores del universo Marvel se convirtieron en un tebeo que se atrevía a ahondar en el racismo y la intolerancia, a través de un serial donde los sentimientos, las emociones y las relaciones, eran casi más importantes que sus épicas batallas.






Convertidos en el tebeo más vendido de los años 80 y parte de los 90, los mutantes llevan 50 años de historia, donde las incoherencias editoriales y autorales hacen muy complicado el concatenar unas historias con otras y poder aparentar una verdadera sucesión de continuidad. Es ahí donde entra un autor tan ajeno a Marvel Comics como podría ser Ed Piskor.






Ed Piskor, autor proveniente del cómic alternativo y underground, heredero y admirador de autores como Robert Crumb o Harvey Pekar, fue también en su infancia seguidor de los superhéroes Marvel, en especial de Spiderman. Pero Piskor no solo admira a los padres del cómic alternativo o los superhéroes made in Kirby, sino como buen autor posmoderno, sus influencias también se encuentran en el manga, la historieta franco-belga o los grandes clásicos del cómic americano como Windsor McCay. Como bien dice el propio autor, le interesa hacer tebeos pastiche.






Acostumbrado a trabajar con un gran reparto de personajes, como atestigua su Historia del Hip-Hop publicado en cuatro partes, su siguiente tarea fue poner orden y concierto a la extensa historia de los X-Men. El resultado en esta miniserie de dos ejemplares, con futura continuación ya anunciada, es apabullante en su concreción, bello en su reformulación formal basada en los preceptos formales del cómic alternativo y fascinante en su manera de englobar pasado y presente, infinidad de autores y épocas en un todo que parece haber sido creado así de primeras.








Piskor comienza su monumental tarea a partir de los primeros 66 números que tuvo el primer volumen de los X-Men en los años 60, aunando los trabajos de Stan Lee, Arnold Drake, Roy Thomas y el trazo de autores como Kirby, Heck o Adams, apuntalando y reconfigurando las posteriores aportaciones al canon mutante de Claremont y herederos. El resultado para el lector, una obra diferente y única, que aporta nuevas texturas y sabores a unos tebeos revisitados en múltiples ocasiones con mayor o menor fortuna y que en manos de Piskor, dan la apariencia de encontrarnos frente a una historia y unos personajes novedosos y frescos, demostrando la capacidad de estos universos de ficción para mutar una y otra vez, manteniendo su universalidad pero aportando nuevos puntos de vista, por supuesto en manos de autores tan habilidosos y brillantes como Ed Piskor.

21 de agosto de 2017

X-Men Gold, Blue y Arma X. ¿Es posible recuperar a la Patrulla X con un reinicio tan tibio?



Tras un especial de reinicio tan modesto como inane, llegan a nuestras librerías los tres primeros títulos de esta nueva resurrección mutante: X-Men Oro, X-Men Azul y Arma X.

¿Y qué tiene este nuevo reinicio del universo mutante que no han tenido los incontables intentos anteriores de reverdecer los laureles de una franquicia que en los años 80 y 90 era la niña de los ojos de la editorial y ahora ha quedado sepultada por el resto de la línea editorial? Supuestamente un retorno al heroísmo frente a la supervivencia y un retorno a la luz frente a la oscuridad de los últimos años.



¿Desde cuándo la Patrulla X ha sido ligera?¿Desde cuando ha sido un título donde la superficialidad y los chistes fáciles han sido marca de la casa? ¿No es cierto que los momentos más celebrados de la saga, sobre todo en manos de Chris Claremont, han sido las situaciones más dramáticas?

El problema de la franquicia en las dos últimas décadas no ha sido la progresiva oscuridad que se ha apoderado de su universo y sus personajes, sino la falta de evolución y crecimiento de los personajes y las tramas en la gran mayoría de sus etapas.



No olvidemos, que desde que Claremont abandono la franquicia en 1991, -de sus dos intentos de retorno en el año 2000 y en 2004 aproximadamente correré un tupido velo- ha habido autores y reinicios que están a la altura de lo conseguido por Claremont. A las etapas de Grant Morrison, Joss Whedon o más recientemente Jason Aaron me remito.

Estos tres ejemplos dan buena prueba de que los mutantes, en manos de autores excelentes y con manga ancha por parte de la editorial, son capaces de seguir haciendo relevantes a unos personajes que siguen manteniendo una base de fans, entre los que me incluyo, por su carisma y su interesante y complejo pasado.



Y no olvidemos que tanto las etapas de Bendis, Fraction o Gillen tuvieron sus buenas ideas y potentes arranques, pero que fueron dinamitados por ese miedo a seguir haciendo avanzar a un universo que bien demostró Claremont, solo podía funcionar si seguía hacia delante. No es raro que Claremont abandonara el barco que el construyo con mimo, cuando tras 15 años los intereses editoriales estaban por encima del padre de la criatura.

Es por eso que el debate no es si la Patrulla X es oscura o luminosa, sino que si las historias de los últimos años han sido interesantes. Y ha habido intentos, pero siempre se han quedado a medio gas, o han sido directamente lamentables, como el reciente evento, Inhumanos Vs. X-Men.



Ahora, Marvel nos intenta vender un “retorno a la grandeza” con la nostalgia mal entendida de los equipos azules y oro de principios de los 90. Será un intento de retorno a la grandeza de las ventas basadas en la especulación de dicha época, porque si tenemos un poco de memoria, los tebeos de los equipos oro y azul, son de lo peor que ha tenido la franquicia en sus más de 50 años de historia.

Un retorno a la grandeza fue tener un equipo como Morrison y Quitely, Whedon y Cassaday, Aaron y Bachalo, e incluso a Bendis y Márquez y esos fascinantes primeros ejemplares de La Nueva Patrulla X. No intentar convencer a los lectores que equipos creativos formados por Marc Guggenheim y Ardyan Siaf o Greg Pak y Greg Land, son el no va más de la actualidad comiquera del mercado americano. Un punto por encima se encuentran Cullen Bunn y Jorge Molina, pero ni con esas pueden compararse con los cuatro equipos creativos de anteriores reinicios que he mencionado al principio de este mismo párrafo.



Centrándonos en las tres series publicadas por Panini este mes, comenzamos con X-Men Oro, la serie central de este “Resurrexion”, guionizada por Marc Guggenheim y dibujada en su primer arco argumental por Ardyan Siaf. Guggenheim es un escritor competente pero no brillante y el trabajo de Syaf, aunque meritorio, no va con lo que yo considero un dibujo que haga que vaya corrriendo mes a mes a por el ejemplar siguiente, siendo una evolución del estilo recargado y detallado de los adoradores de Jim Lee, que no va conmigo.

Leídos los dos primeros ejemplares de estos X-Men Oro, decir que el intento de provocar el optimismo y la ligereza es tan desesperado que en algunos momentos da verguenza ajena, sobre todo al ver a tus personajes favoritos como Logan, Tormenta, Kitty o Coloso, actuar tan fuera de personaje. Un apunte, el intento precipitado de traer de vuelta la relación entre Kitty y Peter hay que construirlo lentamente para que la cosa sea creíble. Lo mismo para los partidos de beisbol.



En cambio, X-Men Azul, formada por el equipo creativo de Cullen Bunn y Jorge Molina es una sorpresa agradable. Nadie está inventando la rueda con esta nueva reunión del equipo mutante original comandado esta vez por una carismática joven Jean Grey, pero al menos, quitando el forzado humor del primer ejemplar, se deja leer con agrado y la inclusión de un Magneto nuevamente intentando seguir la senda del bien, aunque guarde sus trapos sucios, me tiene lo suficientemente intrigado para querer saber más. Y me encanta el arte de Jorge Molina.

Terminamos este primer repaso con Arma X, escrita por Greg Pak y dibujada por Greg Land. La nueva X-Force de este Resurrexion, con un equipo de “badass” y “fan favourites” como Logan, Dientes de Sable, Domino, Dama Mortal y Sendero de Guerra, enfrentados a un nuevo y mejorado proyecto Arma X, que no espanta, pero tampoco emociona, teniendo en cuenta que las anteriores iteraciones de mutantes armados y peligrosos han sido mucho más memorables en sus arranques, como La Imposible Patrulla X de Bunn y Land, los X-Force de Remender y Opeña o los X-Force de Christopher Yost, por poner los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza.



En resumen, un arranque tibio para lo que han intentado vender como un retorno a la grandeza. Habrá que ver si lo que le falta a esta etapa es calentamiento y a medida que pasen los meses la cosa se pone interesante. Pero lo que es su arranque, muy por debajo de la gran mayoría de intentonas de los últimos 20 años de franquicia mutante.













13 de julio de 2017

Intentando devolver el brillo a la Patrulla X: Les deseo mucha suerte






































Cuando comenzó el crossover entre mutantes e inhumanos, decidí, como con casi todos los eventos que desarrolla Marvel, hacer un seguimiento mensual, tanto de los ejemplares de la serie central, como de los tie-ins que fueran apareciendo en paralelo. Lo conseguí hacer dos meses, el tiempo suficiente, para darme cuenta que era una pérdida de tiempo.

Y era una pérdida de tiempo, porque este evento, que comenzó medianamente interesante -también porque no esperaba nada de él- no ha sido más que un apaño malo para quitarse y quitarnos de en medio a esa nueva iteración de Los Inhumanos que se había sacado de la manga Marvel en la última década y que no le interesaba a nadie.



Pero más importante aún, el devolver a la primera línea de batalla a un universo, el mutante, que había sido piedra fundamental de la editorial y su historia, pero que había sido relegado por una editorial más pendiente de su universo cinematográfico que de sus personajes en papel.

Ahora, Marvel intenta enmendar la plana, con una vuelta a las raíces, sin darse cuenta que las tres series centrales que estaban publicando en la actualidad -Extraordinaria, Imposibles y Nueva Patrulla X- eran unas series más que correctas, cuyos autores implicados estaban desarrollando conceptos interesantes y que tenían un largo camino si les dejaban hacer.



Pero como parece que ya no se estila lo de que un equipo creativo esté más de un año y medio en una colección -con las consecuencias que eso conlleva- Marvel se sacó de la manga un evento que convierte en obra fundamental y maestra a Civil War II -en esta por lo menos pudimos disfrutar del fantástico arte de David Márquez- para, en el proceso, cargarse la evolución de un personaje tan importante e interesante como Emma Frost, convirtiéndola de nuevo en una villana sin remordimientos y completamente desquiciada, tirando por la borda todo el trabajo que se lleva haciendo con ella hace más de 20 años, por autores como Scott Lobdell en Generación X, Grant Morrison en Nuevos X-Men o Joss Whedon en Astonishing X-Men, por mencionar unos pocos.

Y si lo de Frost no es de juzgado de guardia y deja en muy mal lugar a uno de los personajes femeninos más redondos de la franquicia, lo del cambio de opinión de Medusa, la reina de los Inhumanos, ya entra en los anales del humor absurdo, cuando toma una decisión radical, basada en un planteamiento que parece de última hora, pero que ya sabía desde el arranque de la historia ¿¿¿???



En definitiva, que IVX es una de las peores historias que se han escrito con la Patrulla X, a la altura de la infausta etapa de Chuck Austen, o ese regreso del gran Claremont en el año 2000 y que no entendió ni el patriarca mutante. Pero corramos un tupido velo y miremos al futuro, a ese Resurrxion que pretende devolver el encanto original Claremontiano a los personajes.

Por el momento, podemos ver hacia donde van los tiros con el número especial con el que nos plantean el tono y estilo de los títulos principales de la nueva línea editorial, comandados por Marc Guggenheim, Cullen Bunn y Greg Pak. Tres autores correctos, pero ninguno destacable como han sido en años anteriores Jeff Lemire, Brian Michael Bendis, Matt Fraction o Grant Morrison. Corrección sin brillantez.



Y lo que este especial nos pretende convencer es que esta es la Patrulla X que siempre has amado y querido, que se había enfangado en un pozo de pesimismo y oscuridad, dejando de lado su heroísmo, en pos de la amargura. De nuevo tenemos a una Kitty Pryde que nunca debió marcharse, de nuevo tenemos un equipo oro y un equipo azul, al estilo de las alineaciones de principios de los 90 -algo que no debe ser tomado como bueno, porque esos tebeos fueron de lo peor de la historia de la franquicia- y algo que si me alegra, la vuelta del Rondador Nocturno alegre y jovial, destruido en las dos últimas décadas por gente como Chuck Austen o Bryan Singer.

Poco más se puede decir con un especial que es más un afiche publicitario que un tebeo como dios manda. Habrá que esperar a ver que ocurre en las series regulares, de las cuales, las que mejor pinta tienen son las dedicadas a Jean Grey, escrita por Dennis Hopeless y dibujada por Victor Ibañez y Cable, del gran James Robinson y el también grande Carlos Pacheco. Seguiremos informando.

8 de marzo de 2017

De la Muerte de X a Inhumanos contra Mutantes: La pesadilla Terrígena






































No se vosotros, pero yo estoy harto de Los Inhumanos. Cansado de que Marvel nos los meta hasta en la sopa, con calzador y todo porque ha intentado con muy poca fortuna, que sean los sustitutos televisivos y cinematográficos de sus queridos mutantes secuestrados por Fox.



Y no me malinterpretéis, el concepto de Los Inhumanos, el original, el de Stan Lee y Jack Kirby, me parece muy potente y sus protagonistas principales, Rayo Negro, Medusa, Karnak, Crystal, etc... son muy atractivos visual y narrativamente en manos capaces, como por ejemplo las de Paul Jenkins y Jae Lee en la maxiserie de 12 números publicada bajo el sello Marvel Knights en 1998.





Pero estos nuevos Inhumanos, refrito artificial y escaso de gracia de lo que es la franquicia mutante, no me interesa lo más mínimo. Ni lo que intentó Fraction, ni lo escrito por Soule. La razón, que han ninguneado a los personajes originales y se han centrado en un sinfín de nuevos personajes, con cero carisma y escasa personalidad. ¿Alguien me puede nombrar alguno? Y no me digáis Kamala Khan, alias Ms. Marvel, porque su gracia y éxito no viene de su origen terrígeno, sino por ser un personaje maravillosamente construido al que da igual que sea una niebla terrígena, como si le ha picado una araña radioactiva.



Y tras la inclusión de nuevo forzada de Los Inhumanos y su anticarismático Ulyses en la Civil War Bendisiana para que el resto del universo Marvel se agarre a guantazos, ahora le toca el turno a la pobre franquicia mutante, que aún habiendo sufrido Actas de Registro, Centinelas, Días del Futuro Pasado, Masacres, Infernos, Eras de Apocalipsis, Cismas y Extinciones varias, ahora su gran peligro tanto en el mundo ficticio como en el editorial son unos trepas que intentan arrebatarle el trono de diferentes.



De eso ha tratado Muerte de X, la miniserie de cuatro números que enlaza el final de la etapa Bendis con el inicio de la etapa Lemire/Bunn/Hopeless de los que nos llegan este mes sus dos últimos números, con la esperanza de sorprendernos con la fatídica muerte de Cíclope y su enfrentamiento con Los Inhumanos.



El resultado, quitando la vuelta a la primera plana de Emma Frost, que siempre es bienvenida, aunque el nuevo cariz que toma su personalidad me parece absolutamente forzado para la sorpresa fácil, me ha parecido una mediocridad de tomo y lomo. Un tebeo que incluso con una premisa que no me atrae en exceso, podría haber tenido sus dosis de épica y asombro, pero que ha quedado anticlimático y de nuevo lamentablemente en los mil y un eventos editoriales de la Marvel actual, mero paso previo e infomercial del supuesto gran evento Inhumanos Vs. X-Men que se supone traerá grandes cambios a la franquicia.



Dicha miniserie tan trascendental, comienza con el habitual número 0, que sirve para plantear las bases de lo que será la serie central y que no me ha parecido malo, pero tampoco me ha hecho saltar de alegría. Una parte de mi espera que sea emocionante, épico y acabe de una vez con todas con la expulsión de estos Inhumanos de tercera al lado oscuro de la Luna, que devuelva a Rayo Negro, Medusa y demás Inhumanos originales a su pedestal anterior y que el universo mutante no siga dependiendo para su progresión de estos advenedizos que poca sombra pueden hacer a un universo que antes de la irrupción de la Marvel cinematográfica eran el ojito derecho de la editorial a lo largo de más de tres décadas. Pero permitidme que lo dude.

27 de mayo de 2016

X-Men Apocalipsis: Singer hunde a los mutantes en los abismos de la serie Z























Que Singer no ha vuelto a ser el mismo desde que abandonara X-Men en el año 2003 y entregara ese perfecto somnífero que fue Superman Returns en 2006, es algo que todos hemos asumido. Lejano queda ese cineasta inteligente y con estilo que sorprendió con su ópera prima "Sospechosos Habituales" a mediados de la década de los 90.

Singer tuvo que volver a la saga mutante después de que Matthew Vaughn entregara un soplo de aire fresco que había sido dilapidado por las muy mediocres X-Men Decisión Final y Lobezno Orígenes, con una película que llevaba al límite de la excelencia el buen trabajo que había conseguido Singer presentando la relación entre Xavier y Magneto, convertida en una tragedia épica.








Pero Vaughn, en algo muy habitual en su carrera, abandonó el proyecto de dirigir la secuela de ese First Class y Singer, necesitado de volver a ser relevante y considerado por los grandes estudios, decidió dirigir ese Days Of Future Past, estrenado en 2014, que aunque no hizo olvidar el estilo y la clase de la obra de Vaughn, fue una muy digna secuela y adaptación de la clásica historia creada al alimón por Claremont y Byrne llamada Días del Futuro Pasado.

Por lo que la vuelta de Singer a la franquicia en esta X-Men Apocalipsis, no fue recibida con alborozo por el aquí firmante, pero si con la tranquilidad de que Singer no iba a realizar una obra maestra, pero si una nueva aventura de los Hijos del Átomo que te mantuviera entretenido a lo largo de dos horas.



Pero lo que no podía imaginarme es que Singer entregara no solo su peor película, sino una obra que es incluso inferior a la mediocridad perpetrada por Brett Ratner en la tercera entrega de la saga X-Men y a la altura de clásicos como el Lobezno: Orígenes de Gavin Hood.

Singer comienza la película con un prólogo que es un buen preámbulo de lo que entregará en las eternas dos horas y cuarto de una película que dura el largometraje. Un prólogo en apariencia épico pero que respira un espíritu de serie Z de baja estofa, eso sí, embadurnado en una orgía digital que hace incluso menos soportable el resultado final.

Una película que nunca consigue arrancar, que intenta tratar muchos temas sin profundizar en ninguno, desaprovechando un cast con nombres tan potentes como Fassbender, McAvoy o la propia Lawrence, completamente fuera de personaje, con evoluciones nada creíbles, no solo como adaptación de las viñetas, sino con lo planteado en las entregas anteriores.



Mucho cameo, mucho fan-service para ocultar la nada argumental, la nada narrativa. Una obra sin ningún momento memorable, repleta de momentos risibles y de verguenza ajena, con una acumulación de escenas sin ninguna evolución narrativa y estructural, donde la aparición de nuevos personajes con tanto que decir como Mariposa Mental, Tormenta o Arcangel, solo sirven como action figures en el decorado de una versión de los Power Rangers.

Y que decir del supuesto villano de la función, Apocalipsis, interpretado por un excelente actor como Oscar Isaac, que demuestra que el Hollywood más comercial no sabe que hacer con un actor que se merece mucho más. Y al final, más de lo mismo, una escena de destrucción masiva con unos efectos digitales y una corrección de color hecha deprisa, corriendo y mal, que hace aún menos soportable una pelea random salida de la peor aventura de superhéroes cinematográfica.



En definitiva, una película que destruye franquicias al estilo del Batman y Robin de Schumacher. Una muestra más de que Singer se ha quedado anticuado, que ha perdido las habilidades de su yo pasado. Una película vulgar, que sería la versión cinematográfica de los despropósitos comiqueros de la franquicia mutante de autores como Chuck Austen o los peores momentos de los X-Men de Nicieza o Lobdell. 

19 de mayo de 2016

Repasando la historia contemporánea a través de Marvel y DC






























La relación entre realidad y ficción superheróica ha sido una constante desde que Jerry Siegel y Joe Shuster crearon a Superman en 1938. Los dos jóvenes autores, inmigrantes judíos y testigos de primera mano de la crisis económica que padeció Estados Unidos tras el crack del 29, idearon a un personaje que representaba la imagen idealizada de nuestros mayores sueños y que sirvió como catarsis para reprender y ajusticiar a todos aquellos individuos que provocaron y salieron impunes de una crisis económica y social que llevó a una generación entera al borde de la catástrofe.



Superman arrancó su andadura deteniendo a políticos, banqueros y empresarios sin escrúpulos que sabían escurrirse de una justicia comprada o con las manos atadas y que sirvió para que aquellas personas afectadas por una crisis que no se merecían, recibieran una ligera compensación aunque fuera a través de una ficción impresa en cuatricomía.

Pero ese vigilante social duró muy poco cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a Superman y al resto de héroes míticos que publicó la editorial DC Comics en los años venideros, en meros instrumentos y marionetas del poder, transformando las fantasías infantiles en instrumentos propagandísticos de control a una audiencia fácilmente manipulable.






De ese instrumento de propaganda surgió el Capitán América en Timely Comics, la editorial que se convertiría en Marvel Comics y que, en 1941 y de la mano de Joe Simon y Jack Kirby, presentaron en sociedad al Centinela de la Libertad con una imagen que quedaría como uno de los ejemplos más característicos de la propaganda bélica norteamericana, el Capitán América golpeando y noqueando a Adolf Hitler.

A lo largo de los fatídicos años de la 2º Guerra Mundial, las portadas de estos tebeos y su publicidad adjunta se llenó de mensajes por y para la maquinaria bélica made in USA. No contentos con eso y tras la derrota del Eje del Mal formado por Alemania, Italia y Japón, la propaganda americana siguió aprovechando las impresionables mentes de los infantes, para continuar su particular enfrentamiento con el nuevo enemigo a batir, el comunismo, representado por la U.R.R.S. Una Timely que languidecía se sacó una nueva versión del Capitán América que perseguía el “virus” del comunismo en un olvidado Centinela de la Libertad que le hizo ganar la injustificada fama de fascistoide.






No sería hasta la llegada de Stan Lee y su revolución en los años 60, que los tebeos volverían a reflejar las inquietudes y el “zeitgeist” social que comenzaba a bullir en la revuelta sociedad americana de los 60. El miedo nuclear y radioactivo se podía percibir en los orígenes de esta nueva mitología que llegaba para quedarse. Desde la radiación Gamma que convertía al pusilánime doctor Bruce Banner en una bestia que sacaba la rabia interna de su mente reprimida, hasta la aparición del gen mutante provocada por la fisión del átomo, que originaría la primera banda de proscritos del mundo superhéroico, La Patrulla X.

Pero las inquietudes de Stan Lee eran muchas y variadas y más atrevidas que la simple y eterna batalla entre el bien y el mal. Si en 1971 el joven y contracultural guionista Denny O’Neil y el dibujante Neal Adams renovaron a dos figuras de DC Comics con poco atractivo para la juventud de principios de los 70 como Green Lantern y Green Arrow -a través de una corta pero intensa etapa, donde las viejas glorias de DC Comics se daban un baño de realidad en una road movie que les llevaba a un viaje por una América inundada de drogas, intolerancia, corrupción y racismo- Stan Lee se atrevía a enfrentarse con el Comics Code Authority, representando la caída a los infiernos de Harry Osborn, el amigo y compañero de piso de Peter Parker en su etapa universitaria. 






A partir de ahí, los tebeos dejaron de ser solo una cosa para niños, provocando una revolución en los años 70. Steve Gerber, influenciado por el movimiento underground de autores como Robert Crumb, ejemplo de la contracultura americana al nivel e influencia de Jack Kerouac o Hunter S. Thompson, presentó al mundo a Howard El Pato, un personaje antropomórfico que a través de su caricaturesca y en apariencia inofensiva apariencia, desmontaba el establishment desde dentro. O Gerry Conway, que desde las páginas de The Amazing Spiderman 129 nos presentaba a El Castigador, un oscuro y violento vigilante que provenía de los fantasmas de la Guerra de Vietnam y de antihéroes cinematográficos como Travis Bickle, el inolvidable y antológico personaje interpretado por Robert de Niro en la clásica Taxi Driver de Martin Scorsese. Sin olvidar el comienzo de la aparición de héroes urbanos y afroamericanos como Luke Cage que, además de evitar el canon del héroe rubio y de ojos azules, se enfrentaba a traficantes de drogas y criminales varios en vez de contra megalómanos excéntricos o villanos extradimensionales.



A finales de los 70 y gracias a un joven escritor llamado Chris Claremont, Marvel Comics acertó como pocas veces en su historia, al remodelar uno de los conceptos peor desarrollados por Stan Lee y Jack Kirby. En manos de Claremont, los incomprendidos y acosados hijos del átomo, se convirtieron en un reflejo y metáfora de todo aquello que era perseguido y mirado con recelo en la supuestamente libre y biempensante Norteamérica. La diversidad sexual y racial, el diferente o el marginado tenían unos nuevos héroes con los que sentirse identificados.

Incluso Claremont llegó aun más lejos, a principios de los 80, con una de sus mejores creaciones y que mejor reflejaba el miedo a una nueva enfermedad que aterrorizaría a una ignorante sociedad occidental, el Sida. Ese personaje fue Pícara, villana reconvertida en heroína en una de las mejores transformaciones de un personaje en el universo Marvel cuyo poder era también su mayor miedo, no poder tocar a alguien por temor a matarle y absorber sus recuerdos. Una alegoría del Sida que dio como resultado algunas de las mejores historias de su longeva etapa al frente de la franquicia mutante.






Pero, quitando a los mutantes y a Claremont, la editorial que más estuvo influenciada por los problemas sociales y políticos de los años 80 fue DC Comics, sobre todo por la llegada a la editorial de dos autores del calibre de Frank Miller y Alan Moore. El primero, atacando la neo-conservadora América de Ronald Reagan y su programa Guerra de las Galaxias en la épica El Regreso del Caballero Oscuro o el Thatcherismo y sus consecuencias en la distópica V de Vendetta o el miedo nuclear en Watchmen junto a Dave Gibbons. DC Comics incidió en esa vena social con tebeos tan referentes de una época como The Question de Denny O’Neil y Denis Cowan o el Hellblazer de Jamie Delano.

Los años 90 fueron un erial cultural en el mundo del cómic de las dos grandes editoriales. Autores como Jim Lee, Todd McFarlane o Rob Liefeld pocos intereses tenían aparte de representar el ruido y la furia cromados, malinterpretando los méritos de la generación de los 80. Y, las dos grandes, estaban más preocupadas de vender portadas alternativas que de ser un reflejo de la sociedad y la cultura como en décadas pasadas. Lo mismo decir de los años finales de la década de los 90. De la forma de la Modern Age con el fondo de la Golden Age, pasamos a una reinterpretación de los preceptos de la Silver y la Bronze Age pero con los medios y la técnica de la Modern Age.






Todo cambió el 11 de Septiembre de 2001. Un golpe de realidad que hizo despertar al mundo occidental y al mundo del espectáculo. Un punto y aparte en la historia de la humanidad y el año 0 de un siglo XXI que fue prólogo y precursor de 15 años donde los golpes políticos, sociales y económicos no podían no ser reflejados por los superhéroes.

Dejando de lado el emotivo pero algo naive homenaje que J. Michael Straczynski y John Romita Jr. hicieron de la catástrofe del World Trade Center en The Amazing Spiderman vol.2 nº 36, el autor que mejor supo reflejar los miedos y la inseguridad que el atentado de Al Qaeda provocó en el mundo occidental fue Mark Millar. Y, si ya comenzó a despuntar en la segunda temporada de The Authority junto a Frank Quitely, elevó a la enésima potencia los preceptos apuntados en los personajes creados por Warren Ellis en la serie estrella de la línea Ultimate, Los Ultimates, unos Vengadores actualizados para el violento e inseguro siglo XXI que supo aunar el gran espectáculo hollywodiense en Dolby Digital con los miedos de una sociedad que se sentía igual de pequeña tras una tragedia indescriptible como la del 11-S que con la presencia de unos superhumanos que están por encima del bien y del mal.






El éxito de la propuesta le llevó a Millar a encargarse de la historia más atrevida que había publicado Marvel en su universo tradicional hasta el momento: Civil War. Una obra donde Iron Man y el Capitán América, el primero, reflejo de la maquinaria militar y conservadora de América y el segundo, reflejo de la representación idílica de lo que pretende ser o vender América, se enfrentaban en un duelo físico y psicológico por el alma de una América resquebrajada tras el accidente provocado por un grupo de superhéroes adolescentes, donde la muerte de inocentes es aprovechada por el gobierno americano para controlar a la población superhumana y encerrar a aquellos que no quieran registrarse y perder su anonimato, con la polémica Ley de Registro Superhumano que Stark apoya y Rogers desprecia. Un reflejo de las medidas restrictivas y antidemocráticas que el gobierno de George Bush Jr. implantó tras unos atentados que nos hicieron más inseguros y menos libres, con una Patriot Act y una prisión de Guantánamo que nos hicieron estremecer y avergonzarnos a todos aquellos que creemos en la libertad.






El mérito de Millar fue su intención de no pontificar ya que a lo largo de 7 comic books, el escocés nos plantea los dos lados del conflicto, con sus pros y sus contras, con sus ventajas e inconvenientes que demostraron que a la Marvel de Joe Quesada y del siglo XXI no le temblaba el pulso al tratar temas controvertidos y adultos, planteados para individuos que no buscan un entretenimiento adocenado, pero sin olvidar el gran espectáculo, la emoción y la intensidad que caracteriza los mejores momentos y las mejores obras de la editorial.

Tras Civil War, Marvel Comics continuó y mantuvo en paralelo tebeos y obras, como el Reinado Oscuro de Norman Osborn o la larga y aclamada etapa del Capitán América escrita por Ed Brubaker, que acercaban cada vez más los acontecimientos de nuestra realidad diaria, traspasándolos con inteligencia a su universo de ficción. Un universo que visto en perspectiva sirve como perfecto reflejo hipervitaminado de las inquietudes, problemas, sueños, ilusiones y preocupaciones de una sociedad que puede verse representada e interpretada en universos de ficción que a veces, se convierten en documentos más reales, puros y fidedignos que el mundo real.
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