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27 de diciembre de 2018

Spiderman: Un nuevo universo. El poder y la responsabilidad se dan la mano


















La entente formada por Phil Lord y Chris Miller han traído un soplo de aire fresco al cine de animación con trabajos tan interesantes, frescos e irreverentes como The Lego Movie o su fascinante spin-off The Lego Batman Movie, donde conseguían integrar la ironía con el amor y respeto por los materiales parodiados, de la misma manera, aunque con trazo más grueso, que en su canto de amor a las comedias universitarias y buddy movies de los 80 que fueron Infiltrados en clase y su secuela Infiltrados en la universidad, donde los universos de carne y hueso se fusionaban con el espíritu del cartoon






El incomprensible despido de ambos directores y productores de la realización de Solo, el spin-off del contrabandista más famoso del universo Star Wars, por una Kathleen Kennedy que por miedo a no tocar demasiado el juguete prestado va a acabar pudriéndose, les dio pie a los creadores para desarrollar un proyecto a priori algo arriesgado: un nuevo título de Spiderman. Un personaje que tras la trilogía de Sam Raimi finalizada hace poco más de una década, ha tenido tres entregas más en los últimos diez años: las poco inspiradas y mal enfocadas Amazing Spiderman de Marc Webb, la primera por nolanizada y la segunda por integrar los peores elementos de los Batman de Joel Schumacher y el Spiderman 3 de Sam Raimi, más un nuevo título integrado en el universo Marvel cinemático, la correcta pero poco arriesgada Spiderman Homecoming. Sin olvidar las apariciones del personaje tanto en Capitán América: Civil War, como en Vengadores Infinity War. ¿El público y la gran pantalla necesitaba otro Spiderman más?.






La respuesta es un si rotundo. Porque Spiderman: un nuevo universo -inspirado en la saga Spiderverse ideada por el guionista Dan Slott en su versión en cuatricomía- es no solo el mejor Spiderman hasta la fecha -posición que ostentaba el Spiderman 2 de Sam Raimi- donde la historia del personaje, su universo y su tono es perfectamente homenajeado y realzado, sino también un canto de amor al lenguaje del cómic y al lenguaje del cine animado, que en manos de los directores Bob Persichetti y Peter Ramsey -aquí Phil Lord solo se encuentra en tareas de producción- da lugar a la perfecta traslación de los elementos que conforman y diferencian el arte del tebeo del resto de las bellas artes, para realizar -atiende Zack Snyder- el perfecto traspaso del lenguaje del cómic al lenguaje cinético. Así, a partir de una estética de arte urbano, a ritmo de hip hop, Persichetti y Ramsey, aúnan la historia del cómic en menos de dos horas, a través de un juego de formas y texturas, de 2D y 3D bajo la sombra del arte de Bill Sienkiewicz -las onomatopeyas que explotan y surgen orgánicamente de la pantalla, su Kingpin, la integración de los textos de pensamiento y las tipografías asociadas a ellos- más un tono retro, donde la trama es una razón de estilo y las manchas irregulares de color tanto en fondos como en figuras, pasan de ser una limitación de las técnicas de reproducción del pasado, a elemento formal proveniente de la trama central. 






Pero más allá de la revolución artística que es este Spiderman, no puede dejarse de lado que narrativamente consigue en menos de dos horas, integrar la historia de las múltiples iteraciones del personaje, desde una perfecta historia de origen como es la introducción de Miles Morales, el Spiderman afroamericano surgido de la fértil imaginación del guionista Brian Michael Bendis y perfecto ejemplo de la diversidad de la Marvel más contemporánea, hasta un Peter Parker crepuscular que fusiona al Spiderman de Raimi con el Spiderman del universo Ultimate, a nuevas e icónicas incorporaciones del panteón arácnido como Spider-Gwen, versiones cuasi desconocidas a no ser que seas un marvel zombie como Spiderman Noir o la reivindicación de un personaje como Spider-Ham, aparecido en los años 80 dentro de la línea de cómics de humor que tanteo la editorial. Todo ello sin que las múltiples tramas y sub-tramas y la inmensa cantidad de personajes se pisen las unas a las otras, sino todo lo contrario, creando en su diversidad y multiplicidad la perfecta película de Spiderman, donde el poder y la responsabilidad están en el centro de sus en muchos momentos emotiva narrativa, para acabar convirtiéndose en el Spiderman definitivo, de la misma manera que lo fue hace 25 años el Batman animado de Bruce Timm para el cruzado de la capa.

13 de diciembre de 2018

Thanos Vence de Donny Cates y Geoff Shaw: Uno de los mejores tebeos Marvel de toda su historia




















Imaginad por un momento un tebeo que aúne los extravagantes y excesivos conceptos de los años 90, salidos del Extreme Studio de Rob Liefeld, con la densidad, intensidad y profundidad del mejor Alan Moore. ¿Podría parecer que es el choque de dos universos en conflicto, dos maneras de entender la narrativa gráfica superheróica completamente antagónica? No en manos de Donny Cates, el guionista más original, potente e interesante del actual cómic mainstream americano, con permiso de Tom King






Thanos Vence, la corta pero intensa etapa de Donny Cates al frente de la serie regular iniciada por Jeff Lemire -algo que ya demostró no era inconveniente en su fugaz pero memorable estancia al frente de Doctor Extraño, es el tebeo quizá más importante que se ha realizado del Titán loco. Es a la creación de Jim Starlin lo que Dark Knight Returns de Frank Miller para el personaje de Batman o su Born Again particular. Un last tale con reminiscencias del Hulk The End de Peter David, pero donde Cates consigue trasladar la brutalidad y visceralidad ausente habitualmente en el mainstream de las dos grandes y fusionarla con un relato que se balancea sin desviarse un milímetro entre el intimismo de una criatura desolada y la explosión en cuatricomía con onomatopeyas kirbyanas y simonsonianas mediante, donde la sangre y las tripas irrumpen de manera tan feroz e inteligente, que el lector no puede más que devorar incesantemente, mientras se detiene y mira una y otra vez, splash pages inmediatamente icónicas y una narrativa de la acción y la violencia que desemboca en un clímax que sirve para terminar y reinventar a uno de los personajes más trascendentales del universo Marvel y donde de nuevo lo íntimo y lo personal irrumpe de manera orgánica en la orgía de carne y vísceras para rematar con ecos de historia de amor condenado un relato que se sitúa de manera inmediata entre uno de los tebeos fundamentales de la Marvel de todos los tiempos. 






Cates se apoya en su dibujante fetiche, Geoff Shaw, que sabe trasladar y potencia el inteligente y acerado guión de Donny Cates, donde este no solo concluye la historia de Thanos, sino también la historia del universo Marvel en el proceso, entregando por el camino un nuevo lienzo de la parcela cósmica construida por Jim Starlin, reinterpretando la figura del Motorista Fantasma en una nueva iteración que nadie se esperaba y convertida en fan favorite instantánea y ofreciendo la batalla definitiva de algunos de los personajes más queridos de la Casa de las Ideas. Un tebeo magistral e imprescindible. Corre inmediatamente a tu librería especializada favorita y hazte con él. 

25 de octubre de 2018

Patrulla X Roja de Tom Taylor y Mahmud Asrar: Intolerancia contemporánea



Tras los mediocres resultados de las nuevas iteraciones mutantes conformadas por Patrulla X Oro y Patrulla X Azul, llega la tercera serie regular que conforma las nuevas series principales del maltratado cosmos mutante: Patrulla X Rojo. Esta nueva serie, guionizada por Tom Taylor e ilustrada, al menos en su primer arco argumental, por el dibujante Mahmud Asrar, surge como reintroducción de la nuevamente resucitada Jean Grey, tras la irregular miniserie aparecida previamente titulada La Resurrección de Fénix guionizada por Mathew Rosenberg e ilustrada por un conjunto de dibujantes entre los que encuentran Leinil Francis Yu o Carlos Pacheco. Afortunadamente, Patrulla X Roja, aunque no puede considerarse por el momento un título imprescindible de la Marvel actual, si que consigue, en sus primeros compases, situarse, al igual que La Increíble Patrulla X de Charles Soule, muy por encima de lo realizado con los hijos del átomo en los últimos tiempos. 






Partiendo de la base de la idea de Claremont de servir como metáfora y magnificación de las cuestiones sociológicas y políticas existentes en el mundo contemporáneo, este regreso de Jean Grey sitúa al icono en un universo Marvel muy cercano a la realidad contemporánea, donde los conflictos de raza y la intolerancia exacerbada por una ultra-derecha emergente, están consiguiendo deshacer todo el camino andado en la lucha por las libertades. A partir de ese contexto sociocultural, necesario en los tiempos vividos, Taylor conforma un equipo mutante que sirve como nexo entre pasado y presente -no es casual que el arranque del serial comience de idéntica manera que el clásico Giant Size X-Men 1 que iniciaba la gran etapa de gloria de los personajes- donde podemos encontrarnos caras tan míticas como la mencionada Jean Grey o Rondador Nocturno junto a personajes de nueva hornada tales como Lobezna y Gabby, salidas de la serie de la primera y cuyo destino lo ha dirigido Tom Taylor. A su vez, Taylor, acostumbrado a lidiar con un universo completo como puede verse en su Injustice para DC Comics, acerca a los últimamente escindidos mutantes al conjunto del universo Marvel con la introducción de Namor y Pantera Negra y sus respectivos entornos y ecosistemas. 






Este equilibrio entre pasado y presente se sustenta con la introducción de un personaje que no proviene ni del añorado pretérito ni del más inmediato presente, sino de la innovadora y revolucionaria etapa de Grant Morrison que apareció en los albores del siglo XXI, Cassandra Nova. Némesis y reverso tenebroso del Profesor Xavier -su hermana gemela- que aquí es la incitadora de una semilla de la discordia que lamentablemente surge con fuerza de manera cíclica en la historia de la humanidad. Pero más allá de las disquisiciones socio-culturales que sirven como marco y punto de partida del relato, Taylor y Asrar entregan al lector contemporáneo un tebeo ágil y enérgico que sustenta su efectividad con un pie en el pasado pero agarrándose con fuerza a la actualidad contemporánea. 




8 de octubre de 2018

Astonishing X-Men de Charles Soule y VV.AA: Somos los mutantes. Mira que hermosos somos






















“Somos los mutantes. Mira que hermosos somos”. Una frase que define lo que significaba la Patrulla X de Chris Claremont y que se ha ido olvidando en las últimas décadas. Una definición que sale de la boca de Charles Xavier en el sexto ejemplar de Increíble Patrulla X y que resume lo que son y como debe ser representada La Patrulla X. Claremont y Byrne lo demostraron en la mejor etapa de la serie, introduciendo sutilmente el componente sexual tanto en el contexto de la historia, su imaginario, como en las relaciones entre unos personajes que descubrían su deseo sexual en el mismo momento que sus poderes se manifestaban. Elemento que la serie fue perdiendo con la progresiva asexualización de los protagonistas del serial, aunque de vez en cuando, otros autores lo entendieron, ya sea el caso de las etapas tanto de Grant Morrison como de Matt Fraction. Pero en líneas generales, Marvel eliminó ese componente sexual y seductor que diferenciaba a los mutantes de los otros grupos superheróicos pertenecientes al universo Marvel. 






Charles Soule en este nuevo serial ligeramente independiente de la continuidad principal -ligeramente porque su desenlace la integra dentro de los relatos contemporáneos de la franquicia- devuelve en esta historia dividida en dos partes ese carácter de empoderamiento sexual que exudaban los mutantes primigenios de la era Claremont. Mutantes representados gráficamente en todo su esplendor y que más allá de sus enfrentamientos superheróicos nos muestran personajes con sus dudas, sus deseos, sus pulsiones, amando y sufriendo por aquello que les remueve por dentro. Todo esto se encuentra sobre todo en la primera mitad del arco argumental, en concreto en el relato titulado “Vida de X”. En él, y apoyado por un conjunto de artistas diferente en cada ejemplar y que aportan su visión única pero a la vez complementaria del cosmos mutante -destaca en particular el ejemplar de Carlos Pacheco y su impecable narrativa- y que también, como en los mejores momentos de la franquicia, se detiene en cada uno de los personajes de la formación para desarrollar aquello que hacía diferente al serial del resto de tebeos superheróicos: sus duelos internos, sus miedos, sus esperanzas. 






Cierto es que pasada la primera mitad del arco argumental -donde Soule trae de vuelta a un temible Rey Sombra, de moda de nuevo gracias al excelente Legión televisivo- la segunda mitad del relato “Un hombre llamado X” baja ligeramente el excelente nivel de una primera mitad que se convertía en la mejor representación de la era dorada de los personajes y donde el nivel gráfico sin ser deficiente (destacan ACO y Ron Garney) no puede mirarse en igualdad de condiciones con maestros del cómic de superhéroes de la talla del ya mencionado Pacheco o Ed McGuinness, Mike Deodato o Jimmy Cheung. También en esa segunda mitad el enfrentamiento con la némesis principal -recuperado también del pasado brillante de Claremont y Byrne- discurre por lugares más comunes y la libertad como proyecto relativamente separado de la asfixiante continuidad no permita que la serie pueda volar todo lo libre que lo hizo en sus primeros compases. 






Pero en conjunto, esta Increíble Patrulla X es quizá uno de los tebeos mutantes más redondos que nos hemos podido encontrar en el último lustro. Quizá no remata y redondea lo apuntado en sus primeros compases, pero si que es el camino que los mutantes deben seguir y como deben ser representados, para que la franquicia vuelva a brillar y destacar en el maremagnum actual del cómic de superhéroes. Los personajes se lo merecen.

16 de julio de 2018

El Castigador: Círculo de Sangre. Recuperando uno de los títulos emblemáticos de la Marvel de los 80
























Hace ya más de treinta años, cómics Forum editaba el material de Marvel Comics, convirtiéndose en la puerta de entrada para una nueva generación de aficionados españoles. Pero aunque gracias a dicha editorial y posteriormente ediciones Zinco con el material de DC Comics, el mercado editorial de cómics en España es el que es en la actualidad, en su momento cometieron graves errores editoriales que han sido subsanados en la actualidad. Ocurrió en concreto con dos obras fundamentales, no solo de la Marvel de los 80, sino del cómic americano de dicha época: Daredevil Born Again de Frank Miller y David Mazzuccheli y El Castigador: Círculo de sangre de Steven Grant y Mike Zeck. La primera de ellas, obra cumbre, epílogo y hasta ese momento punto final de la reconstrucción del personaje creado por Stan Lee y Wally Wood de la mano de Frank Miller, fue publicado como complemento fragmentado en la colección regular que Forum publicaba de Spiderman, exactamente junto a los pocos acertados y mediocres primeros ejemplares del nuevo título del arácnido, Web of Spiderman, de David Micheline y Alex Saviuk. No hace falta decir que nadie recuerda esa etapa de Spiderman y absolutamente nadie puede olvidar el impacto que produjo la caída a los infiernos y posterior renacimiento del protector de la cocina del infierno. 






Idéntica suerte tuvo la miniserie El Castigador: Círculo de sangre, que fue también publicada de complemento en la colección Marvel Héroes, una serie antológica donde Forum decidió englobar las limited-series más actuales (el formato de moda en los 80) que Marvel Comics estaba publicando en Estados Unidos. El Castigador compartió también, de manera fragmentada, las páginas de dicha colección con trabajos tan mediocres como la miniserie Kitty Pryde y Lobezno de Chris Claremont y el inefable Al Milgrom. Todos los aficionados compraron el primer ejemplar por la muy publicitada miniserie que reunía a Kitty y Lobezno en Japón, pero siguieron comprándola fielmente por una serie complementaria que dejó al fandom en shock por su atrevida -para la época- temática, violencia y puesta en escena. 






El Castigador: Círculo de sangre también lo tuvo complicado para que viera la luz en su país de origen. El vigilante, creado por Gerry Conway, diseñado por John Romita Sr. y cuya primera aparición tuvo lugar en Amazing Spiderman 129 en la década de los 70, tuvo un arduo camino para convertirse de villano a antihéroe fundacional e icónico de los años 80. Los motivos, un Comics Code y una moral editorial que no se sentía cómoda con un vigilante urbano cuyos expeditivos métodos solo podían tener sentido como villano y antagonista de los héroes de la editorial. 

Todo eso cambió con la llegada de Círculo de sangre, una miniserie de cinco ejemplares publicada entre finales de 1985 y principios de 1986, donde Steven Grant ponía nombre y apellidos al personaje -Frank Castle- y presentaba un trabajo que al igual que el Born Again de Miller y Mazzuccheli, llevaba un paso adelante a un género y una industria que no sería la que conocemos actualmente (para lo bueno y para lo malo) sin estos trabajos fundacionales. 






El trabajo de Grant y el éxito de la miniserie no puede entenderse sin su compañero gráfico, Mike Zeck, recién salido del éxito de las primeras Secret Wars de Jim Shooter. El dibujante entrega un trabajo fastuoso, sobre todo en su primer ejemplar, rompiendo la planificación de página tradicional de la época y planteando una estructura de dos, cuatro y sobre todo tres paneles panorámicos, -más storyboard cinematográfico que narrativa gráfica heredera de Jack Kirby o John Buscema- donde los picados y contra-picados realzaban la visión paranoica y de blancos y negros de la mentalidad de un Frank Castle que gracias a los acerados guiones de Grant, realzados por una voz en off que se convirtió en marca personal del personaje, reconvertía este universo en cuatricomía de héroes y villanos, en un escenario donde la corrupción gubernamental e institucional y la muerte y la violencia sin sentido era más cercana a la América contemporánea que el resto de títulos de la casa.

Este camino de violencia y muerte que convirtió a Castle en el personaje más reconocible de la Marvel de la segunda mitad de los 80 junto a Lobezno, tuvo su génesis en una miniserie donde la lentitud de Zeck como dibujante le acabaría pasando factura a la misma, bajando progresivamente el nivel de detalle en cada ejemplar publicado, hasta llegar a un quinto ejemplar donde tanto Grant como Zeck desaparecen y el capítulo final de la seminal historia queda en manos de los mucho menos competentes Jo Duffy y Mike Vosburg. Pero estos detalles no empañan un tebeo que ha envejecido excelentemente, una vez leído tres décadas después, gracias al carácter mitológico e icónico de un Frank Castle convertido en un ángel de la muerte tan letal como tremendamente humano y un trabajo gráfico obra de Zeck que quizá se encuentre entre lo mejor de toda su carrera. 






Tres años después, el equipo creativo se volvió a reunir en El Castigador: Retorno a la Gran Nada, una Marvel Graphic Novel donde Grant presentaba un relato narrado a dos tiempos donde veíamos una parte importante del pasado de Castle en Vietnam, que servía tanto para humanizar al personaje como para presentar la faceta más frágil del mismo, conduciéndonos a un presente donde de nuevo el guionista trataba temas cercanos a la realidad contemporánea de la época, tales como el tráfico de heroína y las verdaderas razones de la intervención americana en la guerra de Vietnam. 

Mike Zeck entrega de nuevo un excelente trabajo gráfico -elevado tanto por un color superior como por las calidades de impresión del formato novela gráfica-que aunque superior en algunos aspectos a su precursora, no consigue entregar composiciones de página o viñetas concretas, con la carga legendaria e icónica que si tuvo la primera miniserie, algo que no ha evitado que se haya convertido en digna heredera de la obra original. 






Ambos trabajos han sido reeditados de nuevo por Panini Comics en un volumen en tapa dura titulado El Castigador: Círculo de sangre, que además de publicar en papel de alta calidad el material original recientemente restaurado por Marvel Comics en su país de origen, complementa el volumen con unas algo excesivas 100 páginas de material extra donde podemos ser testigos de páginas originales a lápiz de la miniserie original, pin-ups de El Castigador pertenecientes a portfolios de los 80 y 90 de Mike Zeck o un epílogo del propio Steven Grant. En definitiva, una edición de lujo para un trabajo que representa perfectamente la evolución y ruptura del cómic de superhéroes americano de los años 80 y su influencia posterior.

9 de julio de 2018

Ant-Man y La Avispa de Peyton Reed: Humildemente brillante




















Tras el rien ne va plus que ha significado el estreno de Avengers: Infinity War hace escasos dos meses y medio -título que ha llevado al universo Marvel cinemático en particular y al cine de superhéroes y gran espectáculo en general a los límites del blockbuster veraniego- la llegada de la secuela de Ant-Man, el sleeper del universo Marvel que se estrenó hace ya tres años, lo tenía difícil para poder acercarse siquiera a la orgiástica épica del mastodonte realizado por los hermanos Russo.



Pero Peyton Reed y Marvel Studios vuelven a demostrar su inteligencia a la hora de aportar distintos sabores, texturas y cantidades a sus productos superheróicos, entregando Ant-Man y La Avispa, un ligero entretenimiento que en su sencillez y falta de pretensiones tiene sus mejores bazas. Si su primera entrega fue una bocanada de aire fresco que consiguió convencer hasta a los más escépticos que añoraban que habría sido del personaje en manos de un director mucho más personal y original como Edgar Wright, esta secuela supera en todos los aspectos a su correcta primera entrega. En primer lugar, Reed plantea pocas pero intensas escenas de acción, donde el sentido de la planificación y el juego de proporciones entre los distintos tamaños de los protagonistas del relato dan pie a originales e inteligentes soluciones visuales, que en estos tiempos de abigarramiento digital, se convierten en un soplo de aire fresco.



De idéntica manera, Reed equilibra el drama familiar de los Pym y de los Lang, ofreciendo un equilibrado tiempo de pantalla para todos los protagonistas del relato sin dejar de lado a la némesis del relato, que de nuevo demuestra la evolución de los villanos en el universo cinemático Marvel, asignatura pendiente del mismo hasta esta fase 3. Brillan con luz propia un motivado Michael Douglas de nuevo como Hank Pym y la breve pero intensa y fundamental aparición de una recuperada Michelle Pfeiffer. Pero aun con el carisma de las dos estrellas de Hollywood, estas no consiguen empañar a las verdaderas estrellas de la función, Paul Rudd y Evangeline Lilly que de nuevo demuestran su química en pantalla, convirtiendo en algunos momentos la cinta en un trasunto de screwball comedy.



En definitiva, un entretenimiento ligero y familiar, cuyas únicas pretensiones es entregar un relato de aventuras, pero que gracias a esta falta de pretensiones y el excelente trabajo de dirección de Reed, cinsiguen elevar a este Ant-Man y La Avispa por encima de la gran mayoría de mamotretos veraniegos que abruman por su densidad y sus excesos de pretensiones.

19 de mayo de 2018

Deadpool 2 de David Leitch: Liberal en las formas, conservadora en el fondo




















Hace poco más de dos años, una de las grandes sorpresas de este género en el que se han convertido las adaptaciones de cómics de superhéroes, fue Deadpool. Una película que a través de la provocación, el humor y el distanciamiento irónico, adaptaba a la perfección el espíritu lúdico del personaje creado por Rob Liefeld, pero cuya adaptación realmente provenía de la interpretación que Joe Kelly y Ed McGuinness realizaron del mismo en la primera y excelente serie regular del personaje a finales de los años 90 y que ha perdurado hasta nuestros días. 






El éxito de una propuesta modesta dentro de los estándares de los blockbusters hollywodienses (60 millones de dólares) se convirtió en una agradable sorpresa dentro del adocenado y serializado género superheróico cinematográfico. El carisma de Ryan Reynolds, las brillantes y originales escenas de acción del debutante Tim Miller (proveniente de la dirección de segunda unidad de cine de acción) y las rupturas de la cuarta pared junto a su irreverencia satírica, dio como resultado una película honesta y muy divertida. 






Dos años después llega su secuela. Esta vez ya convertida en uno de los títulos fuertes del verano hollywodiense y con un presupuesto de título triple A (150 millones de dólares). El director original, Tim Miller, abandonó la producción por diferencias creativas con Ryan Reynolds y en su lugar, se contrató a David Leitch, co-director no acreditado de John Wick y autor de otro título de acción estrenado el pasado verano, Atómica. Un director que ha entregado algunas de las mejores escenas de acción de los últimos años, donde la planificación, intensidad y originalidad de las mismas eran algunos de sus mayores alicientes. Parecía que el proyecto estaba en buenas e incluso mejores manos.

 Pero no ha sido así, sino que Deadpool 2 se convierte en un nuevo ejemplo del concepto de secuela peor que el original. El mayor problema, la máxima de duplicar e incluso quintuplicar todo aquello que funcionó en la obra original, pero sin aportar ni un ápice de novedad. A esto hay que sumarle un guión escrito de nuevo por Rhett Reese y Paul Wernick, con Ryan Reynolds también acreditado, donde aunque consiguen algunos gags y situaciones acertadas, no es más que una dilatación y repetición de aquello que ya había funcionado en la película original. Si a eso se le suma una estructura argumental y narrativa, que no arranca nunca, con cuatro o cinco incluso arranques en falso, la sensación de caos narrativo es un hecho. 






Y lo peor es que David Leitch cumple justo para el aprobado. El co-autor de las escenas del primer John Wick, repletas de inventiva o autor de ese fabuloso plano secuencia en las escaleras de un apartamento en Berlín en la Atómica de Charlize Theron, aquí cumple el expediente con corrección pero sin excelencia, exceptuando el prólogo de la cinta y su concatenación de localizaciones y la presentación de los poderes de Dominó, uno de los nuevos personajes de la cinta y quizá el mejor momento de toda la película. Porque si Dominó es un acierto, no se puede decir lo mismo de Cable, interpretado por Josh Brolin, que más allá de su excelente presentación y su poderío físico, es aprovechado de manera insulsa y para poco más que servir de pobre deus ex machina dramático. 






Ese drama es quizás uno de los elementos más disonantes de la cinta. Porque Deadpool 2 se aleja de la original, al convertirse en un conservador espectáculo que, bajo su barniz provocador e irreverente, esconde en su interior un alma conservadora, donde por mucho que Wade Wilson y su cohorte hagan y suelten improperios a la velocidad de la luz, no pueden ocultar que estamos ante una gran producción de estudio que intenta vender en el fondo de su propuesta un mensaje moralizador que choca como un tren de mercancías con las formas aparentemente anárquicas de una propuesta cuyo mayor fracaso es haber acabado convirtiéndose en muchos aspectos en todo aquello de lo que se reía y criticaba con inteligencia en su mucho más fresca y menos aparatosa primera entrega.

23 de marzo de 2018

El Guantelete del Infinito de Jim Starlin, George Perez y Ron Lim: Épica lisérgica






















La aparición en el año 1991 de un tebeo como El guantelete del infinito (Infinity Gauntlet, 1991) podría considerarse casi un milagro si echamos un vistazo al material que la editorial publicaba por aquel entonces. Sus series estrellas del momento eran las relacionadas con la franquicia mutante y arácnida. Fue el año de los récords de ventas, tan estratosféricos como engañosos. El año de los X-Men de Jim Lee, Los X-Force de Rob Liefeld y el Spiderman de Todd McFarlane. Pero Marvel decidió que su gran aventura y evento anual fuera la reacción, algo tardía en el tiempo, de lo que pudo suponer Crisis en tierras infinitas para el universo DC seis años antes. El guionista encargado de la misma era el ya clásico Jim Starlin, que llevaba un tiempo devolviendo, en la serie regular de Silver Surfer, la parcela cósmica a este universo de ficción, tan olvidada desde su marcha en los años 70 de la editorial, época en la que creó todos los conceptos bigger than life que siguen siendo tan relevantes en la actualidad. 





El otro autor que volvía a la editorial tras una década gloriosa en la Distinguida Competencia fue George Perez, el autor perfecto del cómic de superhéroes de grandes masas, capaz de dibujar en una sola viñeta casi cientos de personajes, con una planificación tan épica como meticulosa. No es casualidad que Marvel quisiera al dibujante de la ya mencionada Crisis para un evento que prometía espectacularidad y grandeza. Pero este El guantelete del infinito escondía una carta debajo de la manga, en concreto la de Jim Starlin. Aunque el recuerdo y la publicidad de la época, al igual que la adaptación parcial de la misma de la que seremos testigos en un mes con Vengadores:La guerra del infinito (Avengers Infinity War, 2018), prometiera la reunión de los más grandes héroes de la tierra contra una amenaza imbatible, Thanos el titán loco, los superhéroes más icónicos y famosos de la editorial no eran los verdaderos protagonistas del asunto. 





La realidad es que Thanos y su periferia son los verdaderos protagonistas del relato. Los héroes Marvel nunca han sido tan vilipendiados como en este trabajo de Starlin. Son mera carne de cañón que protagonizan una fastuosa batalla contra Thanos en el ecuador de la miniserie, pero nada más que eso. El conflicto, como no puede ser de otra manera en manos de Starlin, tiene una escala que va más allá del continuo espacio tiempo. Es quizás por eso que El guantelete del infinito sea un título tan recordado en su calidad de gran evento multitudinario. Porque era y sigue siendo una rara avis, donde el villano se convierte en una especie de antihéroe, además de protagonista absoluto de la función. Un villano con la debilidad más grande que puede tener cualquier personaje, el amor obsesivo. En este caso hacia su adorada Muerte. Pero esto es lo que hace también tan interesante y shakesperiano a un personaje como Thanos. Y es por eso que la escala de la obra, cósmica y grandilocuente, sobre todo a través de los lápices primero de Perez y luego de un esforzado pero irregular Ron Lim, pone los pies en la tierra, gracias a esas inquietudes internas de Thanos. Es posible que el lector se sienta atraído en un primer vistazo a esta obra ya clásica dentro de la cosmogonía del universo Marvel, por su atractivo superficial de gran evento. Pero quedará prendado, no solo por la escala de este y sus visiones lisérgicas del origen del universo, sino sobre todo por la dual personalidad de un gran villano y personaje como es Thanos.

26 de febrero de 2018

Peter Parker Spiderman de Chip Zdarsky y Adam Kubert: Poniendo los pies en la tierra






















Dan Slott, por mucho que le pese a una parte del fandom arácnido, es y será uno de los autores fundamentales en la historia del personaje, junto a Stan Lee, Gerry Conway o Roger Stern. Pero también es cierto que sus ya diez años en la franquicia arácnida le están pasando factura, sobre todo por la concatenación de grandes eventos cuyo punto de partida era siempre más interesante que sus resultados finales. 






Pero quizá el mayor problema de su etapa, sobre todo en sus últimos compases ha sido el sacar a Parker y a sus fieles lectores de su zona de confort, convirtiendo al anteriomente mileurista Parker en un nuevo Tony Stark y hacerle moverse por todo el mundo como si fuera un nuevo James Bond. Y al sacarle de sus entornos familiares, la franquicia también ha perdido a aquellos secundarios que enriquecían su universo. 






Por ello, el resurgimiento de la segunda cabecera arácnida, titulada Peter Parker Spiderman, es un soplo de aire fresco para el personaje. Su guionista, Chip Zdarsky, conocido por ser el dibujante de Sex Criminals, entiende al Peter Parker más urbano, el que sale con sus amigos, el que es un incompetente en cuestiones amorosas… en definitiva, el humano y falible. 






A los lápices tenemos de vuelta a Adam Kubert, que de nuevo entrega un trabajo que oscila entre lo interesante y lo irregular, con páginas de una narrativa impecable, con otras donde se plasma la pesadilla de los plazos de entrega. Pero son peros menores en unos primeros seis ejemplares, donde nos reencontramos con el Spiderman del que nos enamoramos, con sus chistes malos, su fantástica verborrea y el reencuentro con viejas caras como Mary Jane, Johnny Storm o Jameson y la llegada de nuevas presencias femeninas que prometen un futuro prometedor para el serial.

24 de febrero de 2018

Black Panther de Ryan Coogler: Brillante sociológicamente, correcta cinematográficamente






















Convertida en rotundo éxito comercial y absoluto fenómeno sociológico de este año 2018 que acaba de comenzar, Black Panther, el nuevo trabajo del director Ryan Coogler tras su interesante Creed, es un trabajo que debería ser abordado desde dos puntos de vista completamente diferentes, al igual que pasó con la Wonder Woman de Patty Jenkins. 






Desde el punto de vista sociológico hay que quitarse el sombrero. Por fin, la comunidad negra tiene un héroe, unos personajes y un universo. Sus propios mitos, su propia cultura, en una obra en la que se pueden identificar. Sobre todo en una industria del espectáculo que solo ha mirado a la comunidad blanca, sobre todo la del género masculino. En eso, Black Panther se mira cara a cara con la ya mencionada Wonder Woman de Jenkins y su reivindicación de la figura de la mujer. Sin olvidar, que más allá de cuestiones de género o de raza, son dos obras que son un ejemplo de presentación de personajes y universo propio. Pero lo que si es cierto es, que dichos triunfos ideológicos y sociológicos, que ambas películas son, tampoco deberían taparnos los ojos y buscar aquello que no hay en ambas películas. Palabras como obra maestra, mejor película de superhéroes jamás hecha, se han dicho de ambos títulos y lamentablemente, ambos trabajos distan mucho de ser dignas de esos apelativos. 






Black Panther, al igual que Wonder Woman el pasado año, son dos películas de acción y superhéroes más que correctas, incluso podría decirse que están por encima de la media de un género que se ha adocenado en esta última década. Pero son cintas que aunque correctas en su conjunto, no llegan a alcanzar la cima de sus pretensiones. El motivo más evidente, un tercer acto apresurado y repleto de lugares comunes. Centrándonos en Black Panther, los mayores aciertos de la película se encuentran en su primera mitad. El excelente prólogo que nos pone en situación, su habilidad para ir a diferentes momentos en el tiempo sin que el espectador se pierda, el mundo de Wakanda y sus artilugios tecnológicos y ese mash-up entre drama shakesperiano y universo de acción bondiano entregan una primera hora memorable. En concreto, destacaría la primera aparición de Black Panther que aúna al Hombre Enmascarado de Lee Falk con La Sombra de Walter Gibson. Y que decir de toda la secuencia que transcurre en Busan, Corea del Sur, desde la escena del casino -donde Coogler nos deleita con otro plano secuencia marca de la casa- y la consiguiente persecución, tan frenética como heróica. 






Lo mismo podemos decir del villano de la función, Killmonger, cuya motivación tiene una lógica inherente e interesante desde el punto de vista racial, entregando algo más que un villano sin carisma que quiere conquistar el mundo porque si, una debilidad en la que ha caído Marvel Studios en la mayoría de las ocasiones. El problema, que tras una primera mitad repleta de emociones y giros atrevidos e interesantes, la segunda mitad comienza a languidecer y volverse mucho más previsible y conservadora. Todas esas irregularidades desembocan en un tercer acto, donde la obsesión de los estudios por una gran batalla anabolizada de CGI, hace perder a este Black Panther la fisicidad de sus primeros compases y las capas y sutilezas del villano dan paso a una conclusión prototípica, que sin ser deficiente en ningún momento, dista mucho de la brillantez de sus primeros pasos. 






En definitiva, Black Panther es una más que correcta muestra de cine de acción y superhéroes, con un casting excelente, sobre todo en lo que respecta a sus figuras femeninas y que abre nuevos caminos, sobre todo sociológicos y de igualdad en el momento que más lo necesitamos, pero que cae presa, en especial en su tercer acto, en los mismos defectos que el 99% de la producción de cine comercial y de franquicias de este siglo XXI.

13 de febrero de 2018

Guardianes de la Galaxia de Gerry Duggan: Perfecta fusión de clasicismo y modernidad


























Durante la larga y poco inspirada etapa de los Guardianes la Galaxia aparecida en los albores de Marvel Now! y que fue escrita por Brian Michael Bendis, ocurrió lo inesperado: su adaptación cinematográfica, a manos de James Gunn, fue un éxito rotundo, convirtiéndose sus personajes en ídolos más allá de sus fronteras de papel e iconos de un universo cinemático que estaba engullendo a marchas forzadas a sus contrapartidas originales. Casualmente, la marcha de Bendis y la llegada de Gerry Duggan en tareas de escritura coincidió en el tiempo -en su edición original- con la llegada de la secuela cinematográfica, una vez más, de la mano de James Gunn.






Por ello, no es extraño que Duggan haya acercado, aún más si cabe, los parecidos entre la versión original y su traslación a la gran pantalla, en un intento de acercar a nuevos lectores hacia una aproximación lo más certera posible de lo que se han encontrado en la gran pantalla. Pero más allá de esas consideraciones meramente comerciales, el acierto de Duggan -al igual que ya ocurrió en sus Imposibles Vengadores- ha sido devolver al entorno cósmico de Marvel -de la que estos Guardianes es su máximo exponente- ese aroma perdido en la etapa de Bendis.






Porque Bendis perdió la oportunidad de expandir los límites cósmicos del serial, dando vueltas alrededor de una misma idea y no sabiendo explotar un área del universo Marvel más que interesante e infravalorada, hacia entornos donde el creador de Jessica Jones se encontraba más cómodo. Por lo que Duggan arranca su etapa con unos Guardianes en su momento más bajo, a punto de la disolución y que van a hacer un último trabajo para seguir cada uno con sus vidas. Y lo que parece un mero trámite, se convierte en el prólogo de un conflicto, que se retrotrae a las consecuencias, nunca bien explotadas, de las Secret Wars de Hickman, además dejando vislumbrar en un futuro cercano, lo que será el próximo gran evento Marvel, centrado en Thanos y las gemas del infinito, de la que esta vez si, Los Guardianes de la Galaxia tendrán mucho que decir.






Este primer capítulo de esta nueva etapa de los personajes se ha dividido en doce entregas quincenales, donde Duggan ha sabido equilibrar -saltando atrás y delante en el tiempo de una manera completamente orgánica- la trama principal, junto con episodios centrados en cada uno de los protagonistas de la función. Gráficamente, esto también ha servido para darle un respiro a Aaron Kuder, un artista con claras influencias de Frank Quitely mezclado con Kevin Maguire, que ha podido descansar de las responsabilidades de una serie regular con cadencia quincenal, gracias al trabajo de autores tan interesantes como Frazer Irving, Greg Smallwood o Chris Samnee, por citar a unos pocos, cuyo estilo ha servido también para demostrar la versatilidad narrativa y tonal tanto de Duggan como del serial.








Por lo que habrá que seguir con atención esta nueva encarnación de los Guardianes de la Galaxia. Un título que más allá del legado de Bendis y las influencias de su versión cinematográfica, ha conseguido convertirse en tan solo doce ejemplares, no solo en una de las series regulares imprescindibles de la actualidad marveliana, sino en un tebeo cuya humildad va pareja a un clasicismo modernizado que demuestra el camino que debe seguir la editorial para devolver la fe en un universo, que salvo casos puntuales, se encontraba en una crisis creativa y editorial ligeramente alarmante.
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