28 de diciembre de 2018

Bumblebee de Travis Knight: Un efectivo y encantador retorno a las esencias originales






















Tras la pentalogía perpetrada por Michael Bay, a los Transformers ya no los reconocía ni la Toei que los parió. Porque aquello que dirigió (es un decir) Michael Bay no tenía nada que ver con aquellos juguetes de Mattel, tebeos de la Marvel y serie animada de Toei que recordamos aquellos que disfrutábamos los sábados por la mañana de las aventuras de unos robots que se transformaban en vehículos (el sueño de todo infante de los 80) y cuyas aventuras surgieron de la iniciativa juguetera de Mattel. Por supuesto, el concepto base de la lucha de Autobots y Decepticons en el planeta Cybertron (¡!) era absolutamente peregrino y simplista, pero era todo lo que necesitaba el serial matutino para hacer las delicias de los niños de la época, incluido el que esto suscribe. Pero lo que ejecutó Bay fue un sinsentido que le funcionó relativamente en las primeras tres ocasiones y en las dos últimas necesitó ser salvado por el incipiente mercado chino para que sus gargantuescos y arrítmicos mastodontes repletos de ruido y furia de cromo y metal siguieran infectando los multiplex de todo el mundo. Cine atrofiado donde el primerísimo primer plano de tuercas y engranajes ocultaban la inversión multimillonaria del ejercito americano para que algún inconsciente se apuntara a sus listas y combatiera al eje del mal en nombre del capital y la codicia, mientras mujeres objetificadas embutidas en latex y botox les hacían obviar la idiotez supina y la arrogancia fruto de la ignorancia que define la filmografía de Bay y donde sus Transformers le hicieron tocar techo. 






El encanto, la humildad y la inocencia que transpiraba la serie de dibujos original y sus múltiples iteraciones en otros medios (los inicios de la transversalidad narrativa de la cultura pop) brillaba por su ausencia donde la inmensidad de los robots y sus megalómanas batallas quedaban incluso ahogadas por la idiotez humana de unos protagonistas humanos que les robaban el protagonismo a sus parternaires cibernéticos y robaban la paciencia del espectador enterrado bajo capas de metal, hierro y CGI. Visto que el formato no daba más de si, pero siendo una franquicia que más de treinta años después de su creación sigue ilusionando a nuevas generaciones y continua siendo objeto de deseo fetichista de adultos con miedo a crecer, Paramount ha decidido rebootear la franquicia, mirando a sus orígenes. 






El encargado de dicho reboot ha sido Travis Knight, director de títulos de animación tan interesantes e inteligentes como Coraline y Kubo, donde sabía equilibrar el espectáculo con la creación de personajes rebosantes de humanidad. Su salto a la gran pantalla con Bumblebee, el Transformer más cercano y humilde de la cohorte de robots que pueblan las estanterías de Mattel, ofrece una adaptación auténtica, con el tono y el espíritu de la serie de animación original (los cinco primeros minutos de la cinta, que transcurren en Cybertron, es lo más cercano a las sensaciones que el aficionado talludito experimentó los sábados por la mañana viendo la serie original. A partir de una escena que aúna nostalgia con un uso espectacular y efectivo de los efectos digitales, la película se acerca al espíritu y al tono de El gigante de hierro de Brad Bird y al E.T. de Steven Spielberg, con atisbos de ironía de agradecer, cercanos al Mars Attacks de Tim Burton, sobre todo en su representación del estamento militar y científico, salido de una peli de ciencia ficción de la guerra fría americana. A esa distensión y a ese tono familiar e inofensivo, apoyado por una puesta en escena que recrea con éxito las formas sencillas que no pobres de un serial de animación de los 80, la película juega sus mejores bazas en el equilibrio entre espectacularidad ( los enfrentamientos entre robots son representados de manera elegante, funcional y precisa, salvo en el enfrentamiento final, que hereda algunos leves defectos de las versiones Bay) y humanidad (el corazón de la obra es la relación entre el personaje interpretado por Hailee Steinfeld y Bumblebee). Por supuesto, el tono de la adaptación es tan inocuo como el de la serie homenajeada, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva.

Por lo tanto, el mayor o menor interés de la propuesta, dependerá de la edad del espectador o el amor que le tenga al material de partida. Un trabajo honesto, perfecto en su equilibrio entre intenciones y resultados. Un perfecto entretenimiento navideño para toda la familia, que abre las esperanzas a un nuevo universo Transformers, repleto de magia y alejado de las atrocidades perpetradas por Michael Bay desde hace más de una década.

27 de diciembre de 2018

Spiderman: Un nuevo universo. El poder y la responsabilidad se dan la mano


















La entente formada por Phil Lord y Chris Miller han traído un soplo de aire fresco al cine de animación con trabajos tan interesantes, frescos e irreverentes como The Lego Movie o su fascinante spin-off The Lego Batman Movie, donde conseguían integrar la ironía con el amor y respeto por los materiales parodiados, de la misma manera, aunque con trazo más grueso, que en su canto de amor a las comedias universitarias y buddy movies de los 80 que fueron Infiltrados en clase y su secuela Infiltrados en la universidad, donde los universos de carne y hueso se fusionaban con el espíritu del cartoon






El incomprensible despido de ambos directores y productores de la realización de Solo, el spin-off del contrabandista más famoso del universo Star Wars, por una Kathleen Kennedy que por miedo a no tocar demasiado el juguete prestado va a acabar pudriéndose, les dio pie a los creadores para desarrollar un proyecto a priori algo arriesgado: un nuevo título de Spiderman. Un personaje que tras la trilogía de Sam Raimi finalizada hace poco más de una década, ha tenido tres entregas más en los últimos diez años: las poco inspiradas y mal enfocadas Amazing Spiderman de Marc Webb, la primera por nolanizada y la segunda por integrar los peores elementos de los Batman de Joel Schumacher y el Spiderman 3 de Sam Raimi, más un nuevo título integrado en el universo Marvel cinemático, la correcta pero poco arriesgada Spiderman Homecoming. Sin olvidar las apariciones del personaje tanto en Capitán América: Civil War, como en Vengadores Infinity War. ¿El público y la gran pantalla necesitaba otro Spiderman más?.






La respuesta es un si rotundo. Porque Spiderman: un nuevo universo -inspirado en la saga Spiderverse ideada por el guionista Dan Slott en su versión en cuatricomía- es no solo el mejor Spiderman hasta la fecha -posición que ostentaba el Spiderman 2 de Sam Raimi- donde la historia del personaje, su universo y su tono es perfectamente homenajeado y realzado, sino también un canto de amor al lenguaje del cómic y al lenguaje del cine animado, que en manos de los directores Bob Persichetti y Peter Ramsey -aquí Phil Lord solo se encuentra en tareas de producción- da lugar a la perfecta traslación de los elementos que conforman y diferencian el arte del tebeo del resto de las bellas artes, para realizar -atiende Zack Snyder- el perfecto traspaso del lenguaje del cómic al lenguaje cinético. Así, a partir de una estética de arte urbano, a ritmo de hip hop, Persichetti y Ramsey, aúnan la historia del cómic en menos de dos horas, a través de un juego de formas y texturas, de 2D y 3D bajo la sombra del arte de Bill Sienkiewicz -las onomatopeyas que explotan y surgen orgánicamente de la pantalla, su Kingpin, la integración de los textos de pensamiento y las tipografías asociadas a ellos- más un tono retro, donde la trama es una razón de estilo y las manchas irregulares de color tanto en fondos como en figuras, pasan de ser una limitación de las técnicas de reproducción del pasado, a elemento formal proveniente de la trama central. 






Pero más allá de la revolución artística que es este Spiderman, no puede dejarse de lado que narrativamente consigue en menos de dos horas, integrar la historia de las múltiples iteraciones del personaje, desde una perfecta historia de origen como es la introducción de Miles Morales, el Spiderman afroamericano surgido de la fértil imaginación del guionista Brian Michael Bendis y perfecto ejemplo de la diversidad de la Marvel más contemporánea, hasta un Peter Parker crepuscular que fusiona al Spiderman de Raimi con el Spiderman del universo Ultimate, a nuevas e icónicas incorporaciones del panteón arácnido como Spider-Gwen, versiones cuasi desconocidas a no ser que seas un marvel zombie como Spiderman Noir o la reivindicación de un personaje como Spider-Ham, aparecido en los años 80 dentro de la línea de cómics de humor que tanteo la editorial. Todo ello sin que las múltiples tramas y sub-tramas y la inmensa cantidad de personajes se pisen las unas a las otras, sino todo lo contrario, creando en su diversidad y multiplicidad la perfecta película de Spiderman, donde el poder y la responsabilidad están en el centro de sus en muchos momentos emotiva narrativa, para acabar convirtiéndose en el Spiderman definitivo, de la misma manera que lo fue hace 25 años el Batman animado de Bruce Timm para el cruzado de la capa.

21 de diciembre de 2018

Un asunto de familia de Hirokazu Kore-Eda: Lo que oculta lo convencional


Los primeros acordes del nuevo trabajo de Hirokazu Kore-Eda -ganadora de la Palma de Oro en el último festival de Cannes- da la impresión de encontrarnos ante otra representación -eso sí, contemporánea- de la familia y las costumbres cotidianas de la sociedad japonesa, heredera de la filmografía de Yasuhiro Ozu. Planos estáticos y cerrados, escasa profundidad de campo y querencia por el primer plano del rostro humano, dilatados e inmóviles, le permiten a Kore-Eda introducirse en el corazón y el alma de unos personajes tan falibles como rebosantes de humanidad. 






Pero la puesta en escena del largometraje esconde otro as en la manga. Una propuesta y una decisión estilística que preconiza aquello que será revelado paulatinamente a lo largo del filme y que en su tercer acto le dará la vuelta al relato y obligando al espectador a cambiar su percepción y valoración moral acerca de los acontecimientos y decisiones de unos personajes tan memorables como patéticamente tiernos. El primero de los recursos es la concepción especular de los acontecimientos representados de manera cristalina: los espejos. Espejos que sirven para diferenciar la representación de la realidad, lo aparente con lo soterrado. A ello habría que sumarle la composición de unos planos donde el reencuadre interno de los mismos, separando o aislando a unos miembros de la familia y no a otros, más la jerarquización y la situación de los mismos en escenas en apariencia costumbristas y cotidianas, le sirven a una cinta conscientemente ambigua y contradictoria, para que las revelaciones de su tercer acto, transformen y complementen un relato en un principio aparentemente construido en un primer vistazo desde un punto de vista objetivo y no intrusivo, a ser una obra donde lo observado pueda ser interpretado de múltiples y diversas maneras. Estas falsas apariencias, que incluso impregnan al propio celuloide, dan como resultado una obra que esconde una estructura y una apariencia formal compleja y repleta de matices donde únicamente a partir de los planos picados y con amplísima distancia y profundidad de campo, sirven como oráculos de aquello que la representación vislumbrada en un primer vistazo, oculta y disimula.

20 de diciembre de 2018

Aquaman de James Wan: La splash page como decisión de estilo






















Es fácil caer presa de la trampa de despachar ligeramente y sin profundizar lo más mínimo en esta nueva película del fallido universo DC cinemático como si solo fuera un anabolizado artefacto mastodóntico salido del Hollywood más corporativo. Máxime, cuando viene precedida de un universo cinematográfico tan polémico y forzado, como reivindicable en algunos de sus aspectos. Por lo que esta película puede ser valorada subjetivamente por su aparente dependencia a los títulos que la precedieron y de la que supuestamente esta forma parte. La realidad es que Aquaman funciona como artefacto independiente al resto de las integrantes de la franquicia, tanto o más como lo fuera Wonder Woman de Patty Jenkins.






Quizá Wonder Woman fue la cinta de esta nueva hornada de películas de DC Comics más equilibrada. No tenía nada que destacara en exceso, ni por lo excelso ni por lo patético. Era un buen producto, correctamente dirigido, escrito e interpretado, sustentado sobre todo por la imponente e icónica representación de la amazona, en manos de Gal Gadot, en una decisión de casting tan acertada como la de Christopher Reeve en el Superman de Richard Donner. En cambio, Aquaman, dirigida por un esteta de la imagen y excelso planificador de set pieces como James Wan, es harina de otro costal. Una película tan irregular como excesiva, donde el concepto de splash page sobre el resto de los elemetos, define la puesta en escena. Una decisión de estilo donde la paleta cromática de colores primarios, los personajes sin matices y la exaltación de los efectos de sonido que sirven para suplir las onomatopeyas de las viñetas originales, dan como resultado un tono camp y de otra época, donde Jack Kirby, Jim Lee, Frank Frazzetta y las aventuras de Indiana Jones se dan la mano con irregular resultado. 






En el aspecto positivo destaca aquello que ha convertido a James Wan un talento a seguir de cerca: sus precisas e inteligentes decisiones formales al servicio de la set-piece, ya sea de terror (caso de su saga Expediente Warren) o aquí la acción. Así, Wan obnubila al espectador con planos secuencia de infarto, soluciones visuales para viajar del presente al pasado y viceversa, o una perfecta planificación de acciones paralelas jugando con las capas de profundidad en el plano. A partir de esta hipermagnificación de los elementos asociados al cine de acción, Wan lleva al extremo los efectos y movimientos de cámara digitales, que le sirven para recrear y redefinir el lenguaje cinético de los cómics en los que se basa, sin ser una mera traslación sin alma de los mismos, acercándolas y retorciéndolas hacia los elementos que definen el lenguaje cinematográfico, creando a su vez una nueva manera de narrar que no es deudora de las formas del cómic. 






Pero los problemas de esta propuesta -que anulan o ensombrecen todos estos aciertos que consiguen que esta nueva aproximación al cine de superhéroes no sea una más de las ingentes cantidades que rebosan las pantallas todos los años- se centran sobre todo en tener que lidiar con un libreto absolutamente de derribo. No porque la adaptación no sea correcta y sepa elegir de la historia del personaje aquellos elementos más acertados y que provienen en mayor medida de la etapa reciente de Geoff Johns al frente del personaje y que participa en el argumento del filme, sino por un guión final con demasiados elementos en su haber, de trazo grueso, de diálogos y secuencias sonrojantes y manidas que son tan torpes que además paralizan el relato y que consiguen incluso que la dinámica dirección de James Wan se paralice y entregue una planificación morosa de planos y contraplanos medios, que ralentizan la narrativa y contrastan con el delirio excesivo de la otra y mejor parte de la película. 






Un exceso que sorprende y que acerca a la película a la locura inconsciente de títulos como el Flash Gordon producido por Dino de Laurentiis, la artificiosidad y artificialidad de Tron (que incluso acaba poseyendo hasta algunos acordes del score de Rupert Gregson-Williams), o la locura lisérgica de El quinto elemento de Luc Besson. Todos estos elementos antagónicos definen una cinta que en sus excesos y sus arritmias de estilo provoque que la cinta oscile intermitentemente entre lo majestuoso y lo ridículo, pero que en el adocenado panorama del Hollywood más conservador, es un soplo de aire fresco y de libertad, que aunque a veces debe pagar la factura de ser una película franquicia -la inclusión de canciones pop intrusivas que chocan de frente con el inspirado score de Rupert Gregson-Williams- acaba entregando un gran espectáculo palomitero con pinceladas de autor que reivindica la aventura por la aventura, la sencillez sin aristas (que no simpleza, aunque a veces el guión lo roce) del cómic clásico, e incluso jugando en su conclusión con los matices entre el bien y el mal absoluto y estereotipado salido de por ejemplo, del cine de Hayao Miyazaki. Una cinta en definitiva que a veces se pasa de frenada, pero que cuando acierta, casi roza la gloria. 




13 de diciembre de 2018

Thanos Vence de Donny Cates y Geoff Shaw: Uno de los mejores tebeos Marvel de toda su historia




















Imaginad por un momento un tebeo que aúne los extravagantes y excesivos conceptos de los años 90, salidos del Extreme Studio de Rob Liefeld, con la densidad, intensidad y profundidad del mejor Alan Moore. ¿Podría parecer que es el choque de dos universos en conflicto, dos maneras de entender la narrativa gráfica superheróica completamente antagónica? No en manos de Donny Cates, el guionista más original, potente e interesante del actual cómic mainstream americano, con permiso de Tom King






Thanos Vence, la corta pero intensa etapa de Donny Cates al frente de la serie regular iniciada por Jeff Lemire -algo que ya demostró no era inconveniente en su fugaz pero memorable estancia al frente de Doctor Extraño, es el tebeo quizá más importante que se ha realizado del Titán loco. Es a la creación de Jim Starlin lo que Dark Knight Returns de Frank Miller para el personaje de Batman o su Born Again particular. Un last tale con reminiscencias del Hulk The End de Peter David, pero donde Cates consigue trasladar la brutalidad y visceralidad ausente habitualmente en el mainstream de las dos grandes y fusionarla con un relato que se balancea sin desviarse un milímetro entre el intimismo de una criatura desolada y la explosión en cuatricomía con onomatopeyas kirbyanas y simonsonianas mediante, donde la sangre y las tripas irrumpen de manera tan feroz e inteligente, que el lector no puede más que devorar incesantemente, mientras se detiene y mira una y otra vez, splash pages inmediatamente icónicas y una narrativa de la acción y la violencia que desemboca en un clímax que sirve para terminar y reinventar a uno de los personajes más trascendentales del universo Marvel y donde de nuevo lo íntimo y lo personal irrumpe de manera orgánica en la orgía de carne y vísceras para rematar con ecos de historia de amor condenado un relato que se sitúa de manera inmediata entre uno de los tebeos fundamentales de la Marvel de todos los tiempos. 






Cates se apoya en su dibujante fetiche, Geoff Shaw, que sabe trasladar y potencia el inteligente y acerado guión de Donny Cates, donde este no solo concluye la historia de Thanos, sino también la historia del universo Marvel en el proceso, entregando por el camino un nuevo lienzo de la parcela cósmica construida por Jim Starlin, reinterpretando la figura del Motorista Fantasma en una nueva iteración que nadie se esperaba y convertida en fan favorite instantánea y ofreciendo la batalla definitiva de algunos de los personajes más queridos de la Casa de las Ideas. Un tebeo magistral e imprescindible. Corre inmediatamente a tu librería especializada favorita y hazte con él. 

28 de noviembre de 2018

DC Comics Bombshells: Reclutadas de Marguerite Bennet, Marguerite Sauvage y VV.AA. Mercadotecnia inteligente





















Es curioso como surgen algunos conceptos de éxito. DC Comics Bombshells no es un proyecto original salido de las páginas en cuatricomía de los comic books, sino que surgió a partir de una línea de figuras y estatuas perteneciente a la línea DC Collectibles que a su vez provienen de unos diseños originales fan fiction -basados en propiedades de DC Comics- realizados por la artista Ant Lucía. Dichos diseños, que reinterpretaban a las heroínas DC como iconos pin-ups, fueron descubiertos por DC Comics, que decidieron, a partir de dichos conceptos, encargar al escultor Tim Miller que desarrollara la mencionada línea. 






Visto el éxito de estas nuevas interpretaciones del panteón, tanto clásico como moderno, de heroínas de la editorial, DC decidió publicar una serie regular -aparecida primero como capítulos de 10 páginas de manera digital y luego reproducidas al poco tiempo en comic-books- en la que estos conceptos que no pasaban de la mera interpretación, se convirtieran en protagonistas de una nueva versión Elseworlds del universo DC. Un universo DC donde la aparición de seres superpoderosos se dio en los albores de la segunda guerra mundial y donde solo existen figuras femeninas en el panteón superheróico. 






Ya que este nueva versión alternativa de la historia de DC Comics se planteaba desde una perspectiva femenina y feminista, es lógico que la persona encargada de llevarlo a cabo fuera mujer, en concreto la guionista Marguerite Bennet. Junto a ella, un escuadrón de algunas de las artistas femeninas más prestigiosas de la actualidad, encabezadas por Marguerite Sauvage, plantearían un escenario que aunaría una visión divergente tanto del origen del universo DC como de los acontecimientos ocurridos en la segunda guerra mundial. 



El resultado: un inteligente e interesante what if que demuestra que las versiones alternativas de DC sigue siendo un caldo de cultivo excelente para desarrollar la creatividad. Bennet, apoyada en un formato seriado limitado a 10 páginas por capítulo, ofrece un amplio escenario que va desde la Nueva York de principios de los 40 a la Rusia comunista, pasando por Themyscira, la isla de las amazonas, para redefinir iconos y personajes femeninos tan usados y conocidos como Supergirl, Wonder Woman, la reciente Batwoman o Batgirl y Harley Quinn, de una manera fresca e inteligente, sin perder en el proceso aquellos elementos esenciales que las hacen seguir siendo tan contemporáneas como en el momento de su creación. Bennet arropa a estos modelos de empoderamiento femenino de un background y un escenario donde la historia del mundo real se fusiona con maestría con las múltiples capas, tonos y escenarios del ingente universo de la editorial. Si a eso le sumamos una calidad gráfica media-alta tenemos como resultado uno de los tebeos más originales y creativos de los últimos años de la editorial y ejemplo de que las buenas historias y los buenos tebeos pueden aparecer desde los lugares más insospechados.

21 de noviembre de 2018

Batman: Extrañas apariciones de Steve Englehart y Marshall Rogers. ¿El Batman definitivo?





























Aunque Denny O’Neil y Neal Adams reinventaran al hombre murciélago a principios de los años 70 -tras un periplo pop que casi terminó con su figura oscura y siniestra primigenia- cierto es también que la labor de los autores del seminal Green Lantern y Green Arrow llevaron por otros derroteros al personaje, muy alejado de sus orígenes como vigilante de la ciudad de Gotham City. La premisa de O’Neil y Adams, recuperada parcialmente por el Batman cinematográfico nolaniano era convertir al personaje en algo más que un vigilante urbano, casi un James Bond superheróico internacional, más cercano a figuras como Doc Savage. Pero en una DC de capa caída en los años 70, con una Marvel Comics que se había comido el pastel del mercado y con los mejores autores a su disposición, tuvo la suerte de atraer a un guionista, Steve Englehart -salido precisamente de Marvel Comics- que supo fusionar con acierto la introspección emocional asociada a los personajes Marvel, con el estilo de trabajo de DC Comics -guiones cerrados frente al estilo Marvel implantado por Stan Lee- para acabar entregando una corta pero intensa etapa al frente de Batman que la convirtió en una suerte de compendio del pasado y Batman definitivo en el que fijarse los autores del futuro.

El triunfo de la corta pero intensa etapa de Steve Englehart -que ha servido de referencia para trabajos posteriores tan diferentes como la serie de animación de Bruce Timm, el primer Batman de Tim Burton o la actual etapa de Tom King - se basaba en dos elementos esenciales: la introducción de un componente emocional y personal al personaje de Batman, dando la misma relevancia al cruzado de la capa y a su alter ego Bruce Wayne (aquí mucho más que una máscara del señor de la noche) gracias a su relación amorosa con Silver St Cloud, emparentándolo con los problemas sentimentales de Peter Parker, junto a una reinterpretación en clave moderna del panteón de villanos del personaje. Englehart consigue, en escasos diez ejemplares, desarrollar una historia de amor imposible, con cada una de las fases de la misma evolucionando intensamente en cada ejemplar de la etapa. En paralelo y sin que ninguna de las dos tramas se entorpezcan, sino que se complementan, reinterpreta clásicos de la golden age del personaje, tales como los hombres monstruo de los primeros Detective Comics o la figura de Hugo Strange. Historia que serviría casi 15 años después para que Doug Moench y Paul Gulacy entregaran uno de los mejores relatos del personaje, Presa, publicado en Leyendas de Batman. De la misma manera, Englehart dilata en dos comic books de 17 páginas, la primera aparición de el Joker aparecida en el primer ejemplar de la serie regular de Batman, reintroduciendo al personaje en la bronze age y sirviendo de nuevo a posteriores interpretaciones del personaje, ya sea en Batman: La broma asesina de Alan Moore y Brian Bolland o la ya mencionada serie animada de Bruce Timm. A su vez, Englehart consigue transformar en un icono de la era moderna a Deadshot, a un personaje olvidado del pasado de la editorial, convirtiéndole en un fan favourite y abriendo el camino a John Ostrander para su futura serie regular de otra reinterpretación de material clásico, la serie regular del Escuadrón Suicida






Pero todos estos hallazgos de Englehart no se habrían convertido en lo que son si no fuera por la pareja creativa a la que fueron asociados sus acertados guiones e interpretación del personaje, que aunaba tanto su faceta de vigilante como la de detective: Marshall Rogers. Y aunque en sus dos primeros ejemplares estuvo acompañado por un todavía tosco y primitivo Walter Simonson, a partir del tercer ejemplar, coincidiendo con la historia de Hugo Strange, Marshall Rogers y su estilo deudor del art nouveau, dieron como resultado un ultimate Batman, tan tenebroso como heróico y unas bellas y etéreas figuras femeninas representadas en Silver St Cloud, deudora del legado femenino de un John Romita poseído por Alphonse Mucha. 






En definitiva, uno de los tebeos imprescindibles del hombre murciélago y ejemplo de que mucho antes de que la sombra de Miller lo inundara todo, DC Comics fue capaz de reinterpretar con estilo y  aires modernos a un personaje cuya sombra pop e irreverente parecía haberle condenado a la parodia.

6 de noviembre de 2018

El árbol de la sangre de Julio Medem: Fallida épica lírica




















Después de trabajos de encargo que se alejaban de sus constantes temáticas que no formales, tales como Habitación en Roma (2010) o Ma ma (2015), Julio Medem regresa con El árbol de la sangre a su particular y personalísimo universo que tan buenos resultados le dio a finales de los 90 o principios de los 2000 con títulos como Lucía y el sexo (2001) o Los amantes del círculo polar (1998). Universos donde lo lírico y la piel de toro se dan la mano para ahondar en las pulsiones más primitivas del ser humano. Melodramas donde el salvajismo y pureza de la naturaleza es confrontada con una civilización vil y mezquina. 






El árbol de la sangre es el súmmum y compendio de lo que se entiende como universo Medem, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Sexo pasional con tendencia al placer lésbico visto desde una perspectiva masculina heterosexual, melodramas excesivos contados aleatoria y caprichosamente a través de diferentes tiempos y puntos de vista y metáforas aparentemente poéticas y en ocasiones sumamente burdas. Hay que sumarle a todos estos elementos el significativo detalle de que Medem, para bien y para mal, es incapaz de filtrar y dar un equilibrio al batiburrillo de tonos y formas que componen sus excesivas obras y su escaso sentido del humor hacen que las forzadas tramas argumentales y las constantes casualidades y causalidades del relato provocan el efecto contrario al deseado. Pero en honor a la verdad, aunque fallida, este El árbol de la sangre devuelve al Medem primigenio, un autor que aunque sus excesos le pasan factura, hay que reconocerle su quijotesca lucha, por entregar su particular y preciosista visión de lo que tiene que ser el arte del cine, aunque en su enconada lucha, muera en el intento.

3 de noviembre de 2018

Quién te cantará de Carlos Vermut: Retrato de mujer con gótico de fondo






















Tras un primer largometraje de escasos medios y amplísimo talento -Diamond Flash- donde Vermut aunaba su espíritu cínico con los códigos temáticos del género superheróico y el giallo y una segunda cinta -Magical Girl- donde los universos del manga introducían al espectador en un relato árido de ilusiones imposibles que derivaban en una demoledora historia de almas rotas, llega Quién te cantará donde el particular mundo de Carlos Vermut se da la mano con el espíritu de nuevo del anime bañado en giallo -Perfect Blue de Satoshi Kon en sus primeros compases- pero vaciándolo tanto de su paleta cromática como de sus fascinantes efectismos. 






A partir de largos planos secuencia, en algunos casos tan extenuantes como impecables -la escena definitiva entre Eva Llorach y Natalia de Molina, donde Vermut consigue adentrar al espectador en una mente a punto de ebullición- y una composición de los planos donde el diseño de producción repleto de aristas y basado en una verticalidad que aprisiona, desdobla y refleja a los personajes, dan como resultado un relato gótico de fantasmas metafóricos, de personalidades creadas y duplicadas, de ídolos de pies de barro, llevando un paso más allá las historias del doble y de la vampirización, tanto externa como interna, para a su vez, desarrollar una lúcida crítica acerca de los iconos de la cultura popular. Todo ello a través de una cinta donde Vermut consigue vaciar casi al máximo su trabajo de palabras -exceptuando una escena excesivamente explicativa en el tercer acto del largo y un epílogo innecesario pero que sirve para que la película conforme una estructura circular- y dejar que las imágenes y las composiciones de formas punzantes describan este melodrama de tintes almodovarianos que aúna kitsch y horror formando un todo que demuestra la evolución y pulido formal de un autor que aunque quizá no entregue un trabajo tan compacto como su anterior cinta, si que demuestra su ambición y talento para entregar una obra que es capaz de elaborar un relato compuesto por un sinfín de elementos en apariencia completamente contrapuestos pero que en su integración da como resultado un trabajo que se siente y se percibe como un todo unitario, abierto a miles de interpretaciones, cada una de ellas más fascinante que la otra.

31 de octubre de 2018

La Noche de Halloween de David Gordon Green: Vaciando y desnudando el slasher
























Cuarenta años han pasado desde que John Carpenter cambiara el terror norteamericano y el término slasher inundara el género de terror hasta nuestros días. El medio para conseguirlo fue reinterpretar las formas y maneras del giallo italiano con la idiosincrasia del american way of life de capa caída post-Nixon y post-Vietnam. Así, de las clases altas y la rancia aristocracia proveniente del viejo continente, el género mutó a las tranquilas avenidas y localidades de la clase media norteamericana que acabaría convirtiéndose en espejo y reflejo del mundo occidental. Además, Carpenter le sumó a las perspectivas subjetivas del cine giallo el uso de largos y parsimoniosos planos secuencia de una película que hizo de la sutileza y el tempo pausado el arma más mortífera para aterrorizar a toda una generación de espectadores. La cinta no solo creó un sub-género sino toda una franquicia que dio lugar a una gran cantidad de secuelas aparecidas a lo largo de las siguientes décadas e incluso a un atrevido reboot que dio pie a dos películas de un incomprendido Rob Zombie.

Ahora en 2018 vuelve Halloween sin aditivos. Una reformulación de la cinta original, homenaje a la misma y también secuela. En el fondo, un ejercicio parecido al elaborado por J.J. Abrams con el universo galáctico lucasiano, con el mismo respeto y sumisión pero con una mayor inteligencia. El encargado del proyecto, David Gordon Green, entrega un bello y reverencial homenaje a la cinta original, sobre todo en el arco central del mismo, con idénticas herramientas que el propio Carpenter. Pero aunque la cinta en ese arco central quede lastrada por su sumisión en la forma hacia la cinta original, apunta en este arco ideas y conceptos sugerentes que consiguen elevarla del mero calco/homenaje que inunda la cinematografía blockbusteriana contemporánea. Ejemplo de ello es la conversión especular entre víctima y verdugo, entre Laurie, el personaje interpretado por Jamie Lee Curtis y Michael Myers, el asesino kabuki. Green sitúa argumental y formalmente a Laurie en el lugar que Myers era situado por Carpenter en la obra original, entregando no solo un guiño al aficionado y seguidor fiel de la saga, sino que a su vez introduce en el subtexto de unos personajes que son meros arquetipos, unas capas de profundidad -las justas eso sí- como para que la cinta tenga entidad por si misma y a su vez, adelantando con esas decisiones estilísticas el desarrollo argumental por el que discurrirá la cinta. 






Pero todos estos elementos tan artísticos como comerciales dejan un cadáver por el camino: el primer acto de la obra. Un punto de partida donde la saga abre sus horizontes, con la aparición del asilo donde está internado Michael y la aparición de un grupo de periodistas que bien podrían haber salido de una cinta de David Fincher -entroncando la obra con propuestas contemporáneas más complejas como Zodiac o el serial Mindhunters- pero que le sirven a Green para incluso ofrecer una crítica al trabajo de Zombie, en concreto su primera entrega de Halloween. La profundización en los arquetipos y la obsesión por las historias de origen de unos personajes que funcionan cuanto menos se sepan de ellos están abocadas al fracaso, ya que como bien refleja la magnífica escena que transcurre en la estación de servicio, en el vaciado y la sencillez está el éxito: a Michael Myers solo le hace falta su rostro impávido y anónimo y un mono de obra azul. El resto es accesorio.

25 de octubre de 2018

Patrulla X Roja de Tom Taylor y Mahmud Asrar: Intolerancia contemporánea



Tras los mediocres resultados de las nuevas iteraciones mutantes conformadas por Patrulla X Oro y Patrulla X Azul, llega la tercera serie regular que conforma las nuevas series principales del maltratado cosmos mutante: Patrulla X Rojo. Esta nueva serie, guionizada por Tom Taylor e ilustrada, al menos en su primer arco argumental, por el dibujante Mahmud Asrar, surge como reintroducción de la nuevamente resucitada Jean Grey, tras la irregular miniserie aparecida previamente titulada La Resurrección de Fénix guionizada por Mathew Rosenberg e ilustrada por un conjunto de dibujantes entre los que encuentran Leinil Francis Yu o Carlos Pacheco. Afortunadamente, Patrulla X Roja, aunque no puede considerarse por el momento un título imprescindible de la Marvel actual, si que consigue, en sus primeros compases, situarse, al igual que La Increíble Patrulla X de Charles Soule, muy por encima de lo realizado con los hijos del átomo en los últimos tiempos. 






Partiendo de la base de la idea de Claremont de servir como metáfora y magnificación de las cuestiones sociológicas y políticas existentes en el mundo contemporáneo, este regreso de Jean Grey sitúa al icono en un universo Marvel muy cercano a la realidad contemporánea, donde los conflictos de raza y la intolerancia exacerbada por una ultra-derecha emergente, están consiguiendo deshacer todo el camino andado en la lucha por las libertades. A partir de ese contexto sociocultural, necesario en los tiempos vividos, Taylor conforma un equipo mutante que sirve como nexo entre pasado y presente -no es casual que el arranque del serial comience de idéntica manera que el clásico Giant Size X-Men 1 que iniciaba la gran etapa de gloria de los personajes- donde podemos encontrarnos caras tan míticas como la mencionada Jean Grey o Rondador Nocturno junto a personajes de nueva hornada tales como Lobezna y Gabby, salidas de la serie de la primera y cuyo destino lo ha dirigido Tom Taylor. A su vez, Taylor, acostumbrado a lidiar con un universo completo como puede verse en su Injustice para DC Comics, acerca a los últimamente escindidos mutantes al conjunto del universo Marvel con la introducción de Namor y Pantera Negra y sus respectivos entornos y ecosistemas. 






Este equilibrio entre pasado y presente se sustenta con la introducción de un personaje que no proviene ni del añorado pretérito ni del más inmediato presente, sino de la innovadora y revolucionaria etapa de Grant Morrison que apareció en los albores del siglo XXI, Cassandra Nova. Némesis y reverso tenebroso del Profesor Xavier -su hermana gemela- que aquí es la incitadora de una semilla de la discordia que lamentablemente surge con fuerza de manera cíclica en la historia de la humanidad. Pero más allá de las disquisiciones socio-culturales que sirven como marco y punto de partida del relato, Taylor y Asrar entregan al lector contemporáneo un tebeo ágil y enérgico que sustenta su efectividad con un pie en el pasado pero agarrándose con fuerza a la actualidad contemporánea. 




23 de octubre de 2018

Mata Hari de Emma Beeby, Ariela Kristantina y Pat Masioni: Del mito a la realidad


























El nombre de Mata Hari evoca en primera instancia las convenciones que han sido siempre asociadas a la figura de la femme fatale. Incluso en el imaginario colectivo podría ser la precursora de dicho mito. La mujer voluptuosa, elegante, seductora, que utiliza su sexualidad para conseguir sus objetivos, casualmente malignos. Un estereotipo que ha ido transmitiéndose generación a generación. Estereotipos promovidos por una cultura heteropatriarcal que sigue intentando, ya sea consciente o inconscientemente, dividir a la figura femenina entre santas y putas. 






Mata Hari, la miniserie más interesante de la primera hornada de títulos salidos del nuevo sello de Dark Horse Comics, Berger Books y que busca la experimentación y la calidad de los primeros títulos del sello Vertigo -la línea se llama así porque la editora jefe de la línea es la gran Karen Berger- es una inteligente reivindicación del mito de Mata Hari, donde la guionista Emma Reeby, a través de las últimas horas de vida de la supuesta espía, viaja hacia atrás y hacia delante en el tiempo para reconstruir en escasos cinco comic-books las múltiples contradicciones de la vida de una de las figuras femeninas más oscuras y a la vez fascinantes del imaginario del siglo XX. Ese constante viaje en el tiempo potencia la narrativa, ya que los contrastes y símiles entre lo que acontece en el presente y lo ocurrido en el pretérito, ayudan a aportarle más fuerza al relato. 






A su vez, el arte de Ariela Kristantina, heredera del trazo etéreo y delicado de maestros como Michael Kaluta o P. Craig Russell, transporta al lector a principios del siglo XX, lugar donde la obra, de tonos ocres y dorados mérito del color de Pat Masioni, se da la mano con los artistas del período y el movimiento art decó para, a través de un arte que denota misterio y sensualidad, utilizar las mismas armas de seducción de la leyenda para entregar un relato de reivindicación y contraposición con aquello que creíamos obvio y cristalino.

18 de octubre de 2018

The Terrifics de Jeff Lemire: Recuperando el espíritu de la primera familia






















Entre la multitud de títulos salidos del final del evento Metal de Scott Snyder -bajo el sello The New Age of Heroes- un título sobresale por el resto: The Terrifics. Un tebeo que consigue emular y transmitir las sensaciones ya casi olvidadas de como eran los tebeos de los años 70 y 80, sin ser un mero pastiche de los referenciados. El triunfo hay que reconocérselo a Jeff Lemire que vive una nueva edad de oro gracias a su excelente Black Hammer bajo el sello Dark Horse y que vuelve de nuevo al universo DC tras su escasamente brillante trabajo durante The New 52






Lemire emula el sense of wonder de Los 4 Fantásticos tanto de Lee y Kirby como sobre todo de John Byrne con un supergrupo de personajes unidos a su pesar y formado por personajes tan infrautilizados como Plastic Man, Mr Terrific, Metamorpho y un personaje de nuevo cuño, Phantom Girl, tan interesante como carismática. Esta entente de héroes le sirven a Lemire para ofrecer un sentido homenaje a una edad dorada y perdida del cómic book, donde era posible entregar un trabajo sólido y adictivo más allá de eventos multitudinarios y molestos crossovers. Así, libre de de las ataduras de la mal entendida continuidad y universalidad de estos mundos de ficción corporativos, Lemire tiene la libertad para ofrecer una serie modesta que es capaz de equilibrar las grandes aventuras cósmicas con una construcción de personajes donde las interacciones entre los mismos y los problemas asociados a dichas relaciones, otorgan al relato los mejores y más inspirados momentos del serial. 






Lemire consigue que cada uno de los personajes, ya sean principales o secundarios, tengan su razón de ser dentro de la narrativa central. Todo ello sin necesidad de infinitos arcos argumentales, entregando tramas principales que se resuelven en dos o tres ejemplares máximo -rompiendo la regla del futurible paperback- sin olvidar que existe una trama global que se va desarrollando de manera firme pero pausada a lo largo de los seis primeros ejemplares de la colección y que seguramente no será del agrado del genio de Northampton.

En cuanto a su apartado gráfico, la serie arranca fuerte en sus tres primeros ejemplares. Nada más y nada menos que Ivan Reis que complementa perfectamente los guiones de Lemire, bordando tanto los momentos más espectaculares y bigger than life de escala cósmica, como las pequeñas interacciones interpersonales de los protagonistas. Su marcha al Superman de Brian Michael Bendis es paliada por un atractivo trabajo de Doc Shaner, completamente opuesto en sus formas y estilo al de Reis y al algo menor Joe Bennet que pretende igualar las habilidades de Reis sin conseguirlo. Pero en honor a la verdad, la habilidad de Lemire como guionista consigue que aún con el baile de dibujantes, la serie mantenga una unidad narrativa. 






En definitiva, uno de los tebeos más frescos de la nueva DC, quizá algo enterrado bajo la gran cantidad de bombazos y títulos estrella que este último año está entregando la anciana editorial, pero que bien merece un lugar en la biblioteca de cualquier buen aficionado.

15 de octubre de 2018

La casa del reloj en la pared de Eli Roth: De Gordon Lewis a William Castle




























De émulo del espíritu exploitation de Herschell Gordon Lewis (2000 maníacos y padre del gore) con Hostel y su secuela, heredero o imitador del gore cartoon de Sam Raimi (trilogía Evil Dead) con Cabin Fever o replicador de algunas de las peores decisiones del género terrorífico como fue Holocausto canibal de Joe D’amato en Green Inferno, Eli Roth se adentra en los senderos del cine de terror/fantástico familiar con La casa del reloj en la pared, primera adaptación de una serie de libros juveniles aparecidos en los años 70, de la mano de Steven Spielberg y su sello Amblin. El resultado, una cinta que bebe del espíritu gamberro del mejor Joe Dante e incluso del gótico posmoderno de Tim Burton, entregando el mejor trabajo de su director que se deja ver con agrado pero que por supuesto no deja ningún poso en el espectador, una vez finalizada su proyección. 






Lo más interesante de un trabajo que respira el tono del cine de William Castle -no debe ser casualidad que la ficción transcurra en 1955, fecha de estreno de House on Haunted Hill- es el contraste entre el goticismo clásico de la mansión que da título a la película y la América rockwelliana que rodea el exterior de la casa y que tiene como ejemplo el colegio al que acude el protagonista de la cinta, arropado por dos pesos pesados como Jack Black -cuyos excesos no se encuentran fuera de lugar en este tren de la bruja inocente- y sobre todo una carismática y espléndida Cate Blanchett que se merecía muchos más minutos de metraje. Estos elementos, más la inquietante presencia de un recuperado Kyle McLachlan, aderezado por un diseño de producción atmosférico y cuidado y un pasado que entremezcla la magia de los años 20 junto a un primer acto cuyo tempo pausado entrega los momentos más intrigantes del relato, gracias a su habilidad para pasar del terror gótico a la aventura mágica, sin perder el componente y el espíritu lúdico juguetón y gamberro, queda perjudicado por un acto final donde toda la atmósfera se pierde en pos de unos compases finales que la emparentan con el conjunto vulgar y poco inspirado del cine fast food contemporáneo.
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