29 de mayo de 2018

Grayson de Tom King, Tim Seely y Mikel Janin: tras la senda de Steranko

























No hace mucho tiempo, tan solo hace tres años aproximadamente, el universo DC no pasaba por uno de sus mejores momentos. Parece difícil imaginarlo a día de hoy, con la cantidad y variedad de tebeos, formatos y sellos editoriales que en líneas generales la casi centenaria editorial ha publicado y publica desde que en junio de 2016 arrancara lo que hemos venido a conocer como DC Rebirth






Antes de esto, en 2011, DC Comics intentó volver a la primera línea del mercado editorial americano con The New 52, una aventura editorial que pretendía reiniciar el universo DC de la misma manera que se hizo con mayor fortuna en el año 1986 tras la finalización de Crisis en tierras infinitas. Salvo contadas excepciones, la línea fue un rotundo fracaso artístico. Una de esas excepciones fue este Grayson que nos ocupa. 






Irónicamente, la génesis de este Grayson viene precedido de un acontecimiento salido de una de esas ideas mediocres que abundaban en la línea: Forever Evil. Un evento donde el dark and gritty era llevado al máximo exponente del ridículo y donde el lector era testigo de la “muerte” de Dick Grayson, primer Robin y uno de los personajes más queridos por editorial, autores y aficionados. Este giro barato de guión, sirvió para que dos guionistas noveles por aquel momento, dieran su primer do de pecho: Tom King y Tim Seely. 





En la actualidad, Tom King no es ningún desconocido para los lectores y aficionados. Sus incontestables triunfos con tebeos de la calidad de La Visión para Marvel Comics, El sheriff de Babilonia y Omega Men para DC Comics o sus actuales etapas al frente de Mister Miracle o la serie principal de Batman, han descubierto al aficionado a un escritor con un uso maestro de las estructuras narrativas y que sabe fusionar con absoluta excelencia la seriedad, el legado y un interesante punto distanciador e irónico. 






Todo eso ya se encontraba en Grayson, una serie regular de veinte ejemplares, donde junto al guionista Tim Seely, reintroducía y modernizaba al primigenio Robin en el siglo XXI, a través de un tebeo que gracias al trabajo de Mikel Janín, se convertía en una redefinición del Nick Furia de Jim Steranko, a través de composiciones arriesgadas de página, un ritmo vertiginoso y lisérgico y un erotismo subyacente que rodeaba a la obra de una sensualidad juguetona y lúdica. 






Pero más allá de unos aspectos formales que son llevados a la práctica por un Mikel Janín cuyo trabajo en este título dio pie a su evolución fastuosa como artista, el tebeo es una pequeña joya por la habilidad de King y Seely para introducirse en la psique de Dick Grayson, homenajear su legado e importancia y llevarle un paso más hacia el futuro, a través de un tebeo donde los puntos muertos y el estancamiento están prohibidos por ley y donde la norma es siempre estar en perpetuo movimiento. 






Si hay que achacarle un pero al conjunto de la serie regular, son las obligaciones de todo título del bat-universo de integrarse de manera orgánica o no, en los periódicos eventos sacacuartos de casi siempre baja calidad, que ralentizan y bloquean el trabajo de los autores del serial. En este caso el problema es Robin War, un evento que servía supuestamente para llamar la atención de los bat-títulos con peores ventas. Hasta ese momento, la serie había entregado una sucesión de doce ejemplares que demostraban una de las grandes cualidades de King: la capacidad de entregar un serial, pero donde cada ejemplar se entiende, argumental y estructuralmente como una unidad narrativa cerrada en su forma y autosuficiente. 






A partir de Robin War, Seely, King y Janín finalizan su etapa tres números más tarde, para dar paso a una saga final, responsabilidad de un equipo creativo de menor envergadura, que sin llegar a las cotas de excelencia y originalidad del original, cumplen con aprobado raspado la obligación de cerrar los arcos argumentales y misterios que Seely y King habían ido diseminando a lo largo y ancho de su etapa en el serial. 






Para concluir, un volumen integral muy interesante para descubrir los primeros pasos de un escritor y dibujante que actualmente se encuentran entre los más importantes de la industria y un tebeo que al igual que el Furia de Steranko, aunque cortado antes de tiempo y accidentado en su publicación, acabará convirtiéndose en un título de culto y oasis de creatividad dentro de uno de los peores momentos editoriales de DC Comics.

27 de mayo de 2018

Wildstorm especial 25 aniversario: Repaso a un pasado que construyó el presente


















El universo y el sello Wildstorm -creado por Jim Lee tras su marcha de Marvel Comics en el año 1991- fue uno de los sellos que integró una primigenia Image Comics, junto a otros top artist de la década como Todd McFarlane, Rob Liefeld, Erik Larsen o Marc Silvestri. Para hacer honor a la verdad, el sello Wildstorm no se llamó así en los inicios del mismo, sino Homage Studios, donde Jim Lee y Marc Silvestri compartían estudio e incluso interacciones entre series y artistas. Pasado el tiempo, Silvestri y Lee se separarían, fundando Silvestri Top Cow y Jim Lee el sello Wildstorm




Pero más allá de condiciones editoriales -como que en 1999 Jim Lee abandonaría Image y se llevaría su sello a DC Comics, lugar donde el sello publicaría sus mejores trabajos- lo importante es desentrañar la importancia de esta línea editorial. Y el paso del tiempo ha demostrado que lo fue, y mucho, para la evolución del tebeo de superhéroes mainstream americano. Esto es lo que celebra este volumen recopilatorio de más de 200 páginas, donde se hace un repaso somero de lo que significó dicho sello.

 El volumen incluye de manera aleatoria en su estructura, pero lineal en su cronología, algunos de los hitos más importantes de la editorial, a través de ilustraciones y pin-ups donde se recogen los títulos y personajes fundamentales de Wildstorm, junto a reediciones lógicas en una antología, pero caprichosas en su presentación -el valor del primer número de Wildcats en blanco y negro es muy discutible- con otros contenidos de sumo valor para el aficionado al sello, como los dos primeros ejemplares de la etapa de Mark Millar y Frank Quitely en The Authority, sin la censura que le impuso DC Comics para publicarlos y que se reduce, comparando ambas versiones, a la eliminación de detalles que refuerzan la parodia a Los Vengadores -pero que sin ellos sigue siendo evidente- o detalles más escabrosos y explícitos de ultraviolencia. 






Aún más interesante es la reedición del primer Wildcats de Grant Morrison y Jim Lee, un reinicio que no llegó a despegar del universo Wildstorm en 2006 y del que solo salió su primer y prometedor ejemplar. La inclusión por primera vez del guión del segundo ejemplar, hace intuir que la escena de sexo entre Voodoo y dos mujeres, quizá fue demasiado para la pacata editorial. Además, el volumen incluye la propuesta global de Morrison, que leída, hace soñar con el que podía haber sido uno de los tebeos definitorios de la primera década del nuevo siglo. 






A su vez, la antología también incluye breves relatos realizados para la ocasión, de algunos de los personajes y series más emblemáticos de la historia de la editorial. Para mayor alegría del aficionado, los autores originales vuelven a acercarse a sus creaciones y así, podemos leer de nuevo un breve relato de los añorados Gen 13 por un Scott Campbell que dejó de prodigarse en el mundo del cómic para dedicarse únicamente a cobrar por portadas, a Warren Ellis y Bryan Hitch volver a introducirse en The Authority, a Jim Lee y su Deathblow o en menor medida a Brett Booth y su Backlash






Por supuesto, este volumen tendrá interés para todos aquellos que fueron seguidores del sello y sus series a partir de los años 90. Pero también puede ser interesante para estudiar la evolución de una manera de entender los cómics de superhéroes, que comenzaron siendo el arranque irresponsable pero repleto de ilusión de un joven autor y que a medida que fue madurando, el sello lo hizo con él, convirtiendo lo que no fue en sus orígenes más que un remedo de lo que venía del pretérito, a convertirse en generadores de influencia y maneras de entender un género, que quizá sin Wildstorm y los autores que se pusieron a disposición del mismo, quizá habría languidecido antes de que hubiera terminado el siglo pasado.

25 de mayo de 2018

Han Solo: Una historia de Star Wars de Ron Howard. Tan correcta y vulgar como un telefilme de sobremesa




















Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana, el estreno de cualquier Star Wars se consideraba un acontecimiento para su legión de fans y para una industria cinematográfica que se paralizaba cada vez que la creación de Lucas respiraba. Pero eso fue hace mucho tiempo, antes de Disney, antes del Imperio… Porque si Lucas estrenó en 28 años 6 largometrajes, Disney, necesitada de amortizar lo más rápidamente posible su inversión de 3000 millones de dolares, en solamente dos años y medio ya ha estrenado cuatro largometrajes de la saga, dos correspondientes a los “Episodios” centrales y un par de spin-offs, clasificados dentro de la antología “a Star Wars story”, de la que este Han Solo es su nueva entrega. 






El proyecto original de este Solo comenzó con buen pie, o por lo menos prometía al saberse la noticia de que Chris Miller y Phil Lord, los artífices de The Lego Movie o 21 Jump Street iban a poner a disposición de Disney y el personaje más famoso de la saga con perdón de Darth Vader, su carácter irreverente y juguetón. Pero diferencias irreconciliables entre el duo de cineastas y la presidenta de Lucasfilm, Kathleen Kennedy y sobre todo con el emperador Palpatine de la nueva Star Wars, Lawrence Kasdan, artífice de los guiones finales, que no de las historias de El imperio contraataca y El retorno del Jedi acabaron con el despido fulgurante del duo creativo y colocando en tiempo record a un servicial Ron Howard, cineasta de nulo estilo personal para salvar los platos rotos de una Disney que se vio incapaz de atreverse a presentar una visión personal de su franquicia más exitosa.

 
Y Ron Howard entrega lo que Kennedy y sobre todo Kasdan querían. Que “brillara” el guión de este último y de su hijo Jonathan -en una muestra flagrante de nepotismo- a través de una cinta que navega en un crucero de mediocridad, por supuesto sin estrellarse nunca, pero sin brillar en ningún momento. Cierto es que el reparto de la película -a excepción de un carismático Donald Glover como un joven Lando Calrissian o el amenazador Paul Bettany, en la piel del sádico líder de una red de contrabandistas llamado Dryden Bos- no ayuda mucho a levantar el moroso tono del largometraje. Porque aunque los Kasdan pretenden -y la intención es buena- entregar una visión más noir de la galaxia muy, muy lejana, poco pueden hacer con una pareja central formada por Alden Ehrenreich en la piel de Han Solo y Emilia Clarke como su interés amoroso Qi’Ra. El primero, no consigue, por mucho que lo intente, emular el carisma de Harrison Ford, no por dotes actorales, sino porque la presencia de Ford es inimitable y Clarke, porque posiblemente es una de las nuevas estrellas de Hollywood cuyo éxito entre los fans se me escapa. Ninguna de las escenas y arco argumental que comparten ambos personajes funcionan, por mucho que Kasdan pretenda emular y homenajear a parejas como Bogart y Bacall o los William Hurt y Kathleen Turner de Fuego en el cuerpo, su primer largometraje como director. Ni siquiera pueden acercarse a las réplicas y contrarréplicas de Carrie Fisher y Ford en El imperio contraataca. No solo por su falta de tablas y habilidades actorales, sino porque además Kasdan e hijo pretenden replicar una y otra vez, a veces de manera harto patética, aquello por lo que es recordada y laureada el episodio V de la saga. 






En cuanto al resto del reparto, destacar que Woody Harrelson cubre el expediente, sin brillar, pero sin molestar, que al que le ha tocado vestir el traje de Chewbacca no molesta, aunque las escenas y primer encuentro entre el wookie y Han no consiguen emocionar y que a Thandie Newton, si el espectador pestañea, se la pierde. Y que decir de Ron Howard, el “director” de esta operación económica: pues que cubre el expediente sin molestar, pero sin aportar nada en la puesta en escena que merezca ser mencionado. La dirección es impersonal, incluso morosa en muchas ocasiones, en una película que pide ser imprevisible y dinámica como el protagonista a la que pretende honrar y que sus set-pieces de acción son tan vulgares como las que entregó Richard Marquand en El retorno del Jedi. A destacar un par de planos de una puesta en escena gris y monótona: El Halcón Milenario frente a frente con un Destructor Imperial. La lucha de proporciones representada en un solo plano evoca lo mejor de la saga y el Halcón Milenario siendo perseguido por una criatura heredera de los sueños más febriles de H.P. Lovecraft. El resto, pura rutina. 






Porque el resumen que define esta película puede ser el siguiente: George Lucas en su momento no inventó nada, sino que consiguió crear un mash-up de todos sus gustos y aficiones (seriales cinematográficos, el cine de Kurosawa, Flash Gordon, cine bélico de la 2º Guerra Mundial, filosofía y misticismo de andar por casa) en un todo cuyo computo global era superior a las partes que lo conformaban. El problema, que cuando autores y productores menos inteligentes y avezados que el creador de Luke Skywalker, creen que alguna de sus partes era superior al todo (Lawrence Kasdan o J.J. Abrams) lo único que hacen es vulgarizar la saga, hacerla perder su esencia y entregar un producto que es mero pastiche de algo que era ya un pastiche (brillante eso sí).

21 de mayo de 2018

Batman White Knight de Sean Murphy: El revisionismo y el homenaje sentido, al servicio de la evolución
















Tras treinta años de múltiples interpretaciones del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger, sumado a los 50 años previos a que Frank Miller y luego también el cine, potenciara la aparición progresiva de títulos, series, miniseries y reinterpretaciones del personaje más sobreutilizado de la historia del cómic, parecía difícil que ningún autor pudiera sacarle más partido al cruzado de la capa. 






Pero he aquí que Sean Murphy, tras su primera obra como autor completo para el sello Vertigo, titulada Punk Rock Jesus, se ha liado la manta a la cabeza y ha entregado una miniserie en ocho entregas, que redefine el universo de Gotham, en particular a Batman, Joker y Harley Quinn, para arrancar un fin de ciclo que se siente como el principio de una nueva iteración e universo alternativo del hombre murciélago que incluso se desearía que se convirtiera en la continuidad oficial. 






Los motivos son muchos y variados. En primer lugar, por la caracterización de espejos que consigue de Batman y el Joker, en una escala de grises que permite diseccionar a ambos iconos y donde todo lo que creíamos sabido y aprendido, se tambalea al demostrarse que es posible darle una nueva e inteligente vuelta de tuerca. Y Murphy, que ya en la mencionada Punk Rock Jesus, dio muestras de su interés por el contexto socio-político contemporáneo, aquí lo introduce con inteligencia y pericia, asociando al murciélago con el 1% y los movimientos reaccionarios y conservadores, mientras que el payaso príncipe del crimen, o su alter ego Jack Napier, se convierte en símbolo y reflejo de los movimientos indignados que pueblan nuestra sociedad actual. 






Todo esto lo engloba Murphy en un relato estructurado milimétricamente y cuya puesta en escena gráfica permite sentir y respirar una Gotham City que oscila entre los negros y grises expresionistas del Batman de Burton, junto con los colores ocres y anaranjados de la versión Nolan, consiguiendo que interpretaciones tan discordantes se sientan una. Pero el homenaje inteligente no termina ahí, ya que el fan avezado encontrará mil y un detalles e easter eggs, sobre todo del ya mencionado Batman de Burton y el animado de Bruce Timm, demostrando en que momento del tiempo quedó el autor prendado del personaje. 






Para terminar, destacar que la guinda del pastel es la asombrosa capacidad de Murphy para saber sacar partido de una continuidad fracturada por las mil y una reinterpretaciones y reinicios que ha tenido que sufrir el personaje a lo largo de ocho décadas, consiguiendo fundir en un relato de no más de doscientas páginas y dar una explicación lógica y con sentido de las diferentes iteraciones de personajes como Harley Quinn, los múltiples Robin que pueblan el bat-universo, no solo para entregar un festival de guiños y nostalgia, sino que partiendo de ahí, crear un universo cohesionado, que desestructura a los dos grandes antagonistas del mundo del cómic y a partir de ahí a todo su entorno, para dar un paso adelante, abriendo la puerta para una línea temporal paralela que ojalá sea continuada para saber más de un concepto que abre múltiples y apasionantes puertas, demostrando que un personaje con ochenta años de edad, todavía puede dar mucho de si, en manos de autores tan avezados e inteligentes como Sean Murphy.

19 de mayo de 2018

Deadpool 2 de David Leitch: Liberal en las formas, conservadora en el fondo




















Hace poco más de dos años, una de las grandes sorpresas de este género en el que se han convertido las adaptaciones de cómics de superhéroes, fue Deadpool. Una película que a través de la provocación, el humor y el distanciamiento irónico, adaptaba a la perfección el espíritu lúdico del personaje creado por Rob Liefeld, pero cuya adaptación realmente provenía de la interpretación que Joe Kelly y Ed McGuinness realizaron del mismo en la primera y excelente serie regular del personaje a finales de los años 90 y que ha perdurado hasta nuestros días. 






El éxito de una propuesta modesta dentro de los estándares de los blockbusters hollywodienses (60 millones de dólares) se convirtió en una agradable sorpresa dentro del adocenado y serializado género superheróico cinematográfico. El carisma de Ryan Reynolds, las brillantes y originales escenas de acción del debutante Tim Miller (proveniente de la dirección de segunda unidad de cine de acción) y las rupturas de la cuarta pared junto a su irreverencia satírica, dio como resultado una película honesta y muy divertida. 






Dos años después llega su secuela. Esta vez ya convertida en uno de los títulos fuertes del verano hollywodiense y con un presupuesto de título triple A (150 millones de dólares). El director original, Tim Miller, abandonó la producción por diferencias creativas con Ryan Reynolds y en su lugar, se contrató a David Leitch, co-director no acreditado de John Wick y autor de otro título de acción estrenado el pasado verano, Atómica. Un director que ha entregado algunas de las mejores escenas de acción de los últimos años, donde la planificación, intensidad y originalidad de las mismas eran algunos de sus mayores alicientes. Parecía que el proyecto estaba en buenas e incluso mejores manos.

 Pero no ha sido así, sino que Deadpool 2 se convierte en un nuevo ejemplo del concepto de secuela peor que el original. El mayor problema, la máxima de duplicar e incluso quintuplicar todo aquello que funcionó en la obra original, pero sin aportar ni un ápice de novedad. A esto hay que sumarle un guión escrito de nuevo por Rhett Reese y Paul Wernick, con Ryan Reynolds también acreditado, donde aunque consiguen algunos gags y situaciones acertadas, no es más que una dilatación y repetición de aquello que ya había funcionado en la película original. Si a eso se le suma una estructura argumental y narrativa, que no arranca nunca, con cuatro o cinco incluso arranques en falso, la sensación de caos narrativo es un hecho. 






Y lo peor es que David Leitch cumple justo para el aprobado. El co-autor de las escenas del primer John Wick, repletas de inventiva o autor de ese fabuloso plano secuencia en las escaleras de un apartamento en Berlín en la Atómica de Charlize Theron, aquí cumple el expediente con corrección pero sin excelencia, exceptuando el prólogo de la cinta y su concatenación de localizaciones y la presentación de los poderes de Dominó, uno de los nuevos personajes de la cinta y quizá el mejor momento de toda la película. Porque si Dominó es un acierto, no se puede decir lo mismo de Cable, interpretado por Josh Brolin, que más allá de su excelente presentación y su poderío físico, es aprovechado de manera insulsa y para poco más que servir de pobre deus ex machina dramático. 






Ese drama es quizás uno de los elementos más disonantes de la cinta. Porque Deadpool 2 se aleja de la original, al convertirse en un conservador espectáculo que, bajo su barniz provocador e irreverente, esconde en su interior un alma conservadora, donde por mucho que Wade Wilson y su cohorte hagan y suelten improperios a la velocidad de la luz, no pueden ocultar que estamos ante una gran producción de estudio que intenta vender en el fondo de su propuesta un mensaje moralizador que choca como un tren de mercancías con las formas aparentemente anárquicas de una propuesta cuyo mayor fracaso es haber acabado convirtiéndose en muchos aspectos en todo aquello de lo que se reía y criticaba con inteligencia en su mucho más fresca y menos aparatosa primera entrega.

17 de mayo de 2018

Mindy Woodcock's The Girl who handcuffed Houdini y Quarry's War: dos nuevas propuestas de Hard Case Crime






































Mindy Woodcock the girl who handcuffed Houdini de Cynthia Von Buhler

Artista multidisciplinar, capaz de escribir, dirigir e interpretar obras de teatro, ilustrar libros infantiles, Cynthia Von Buhler es una personalidad tan única como su primer trabajo como artista completo en un cómic. Tanto es así, que Mindy Woodcock, la protagonista de esta miniserie de cuatro números publicada por el sello pulp Hard Case Crimes en su división de cómics, es casi un trasunto de la propia artista.


El misterio acerca de la muerte de Houdini, el mítico escapista de principios del siglo XX, le sirve a Von Buhler para adentrarse de nuevo en el mundo de las sociedades secretas, las elites espiritistas y la magia de la luz de gas, para recrear con aroma bondage, la relación profesional y sentimental de Woodcock con Houdini. La manera, una obra que a través de un arte que podría definirse como un naive erotizado, casi salido de las manos de un William Mourston Maulton bajo los efectos del LSD, traza una línea donde la sexualidad y el deseo están tan presentes como poco evidentes, transmitiendo una sensación de sueño de la vigilia a lo largo de todo el relato, consiguiendo sumergir al lector en una obra tan diferente como sugerente, tan erótica como inocente, donde aquello que se diluye y se obvia entre las lisérgicas viñetas y páginas es aquello que queda impregnado en el subconsciente de aquel que lo lea.


Quarry’s War de Max Allan Collins Szymon Kudrisnksy y Edu Medina 

Max Allan Collins es uno de los autores que quiso devolver a las novelas pulp su importancia y valor en una era que los había olvidado, dando lugar a un gran número de nuevos autores que han devuelto la vida al género. Por lo tanto no es de extrañar que Hard Case Crime -la editorial estadounidense que ha devuelto con más fuerza, la importancia de este subgénero, tanto en la forma como en el fondo-, se aliaran para reeditar y traer de vuelta a Quarry, el antihéroe más famoso del novelista. 

La historia de Quarry ha seguido ampliándose, tanto en el pasado como en el futuro de su creación. Así que el siguiente paso lógico ha sido traer una historia del pasado del personaje desconocida al mundo del cómic, un medio donde Collins ha jugado con obras de la envergadura e importancia de Ms. Tree o Camino a la perdición, adaptada al cine por Sam Mendes. En contraposición, el autor tuvo un gran tropiezo cuando escribió a Batman tras su relanzamiento a mediados de los 80 por Frank Miller. Su corta y accidentada etapa, nunca editada en España por cierto, fue resumida por un indignado Max Allan Collins con la siguiente frase : “Dadme a mi a David Mazuchelli y a Frank Miller a Dave Cockrum (el veterano dibujante que acompañó a Collins y que ya no se encontraba en su mejor momento) y a ver quien hace un mejor Batman”. 


Parece que a Collins los artistas que le acompañan en su traspaso al noveno arte, habitualmente han sido una losa que no consiguen elevar sus acerados guiones. De nuevo le vuelve a ocurrir en Quarry’s War, con Szymon Kudranski y Edu Medina como artistas gráficos. Ambos dibujantes entregan un trabajo bastante mediocre y plano, donde el uso del color tampoco les potencia, desluciendo los diálogos y los estereotípicos pero perfectamente construidos personajes de Collins. 

Pero no solo se puede culpar a los dibujantes del irregular resultado de esta historia del pasado de Quarry. La decisión estructural de dividir el relato en dos tiempos: Vietnam y Los Ángeles, pasado y presente, de manera proporcionada y consecutiva, rompe el ritmo y la comprensión lectora. La idea, que en una novela funcionaría con cada capítulo para un tiempo narrativo, en un tebeo se hace confuso y muy anticlimático, ya que una página de historieta interrumpida página a página lastra el ritmo de lo narrado. Esa estructura encorsetada y limitada da como resultado un tebeo decente pero escasamente brillante. Sumémosle a eso un arte gráfico bastante mediocre, da como resultado un tebeo que solo podrá ser disfrutado por los aficionados al pulp y sobre todo por los fans de Quarry y Max Allan Collins. 





14 de mayo de 2018

Lo que más me gusta son los monstruos de Emil Ferris: Una obra orgánica y fundacional






















Muy de vez en cuando aparecen obras que son tanto punto y aparte, como revulsivo para la historia de un medio. Y otras veces, las maquinarias del marketing intentan convencer a sus consumidores que aquello que publican es un punto y aparte. Esto último es lo que ocurre en la mayoría de las ocasiones. Lo increíble es que ocurra lo primero. Pero Lo que más me gusta son los monstruos de Emil Ferris consigue el milagro. 






El mérito es de Emil Ferris -titulada en Bellas Artes y dedicada al diseño en áreas muy alejadas del noveno arte- al conseguir quebrar y evolucionar la manera de contar una historia con imágenes y palabras. La proeza es que lo consigue partiendo del legado de grandes autores de la historia del medio, ofreciendo además una obra única y original, que servirá como influencia para autores y trabajos futuros. Así, en las páginas de una obra que replica con maestría y organicidad el cuaderno de apuntes de una niña outsider de la América de los años 60, Ferris enlaza, fusiona y vertebra un discurso que es tanto un whodunit con el que atrapa en un principio la atención del lector, para dar paso a una historia que habla en profundidad de una gran diversidad de temas, ya sea el feminismo, el maltrato, la muerte y la enfermedad, el clima político e incluso la condición sexual, en unos tiempos que es más pertinente que nunca. 






Todo ello arropado por una planificación donde la mutación del estilo basado en los estados de ánimo de la narradora y protagonista de la historia, da pie a composiciones de página únicas a medida que pasan las páginas del cómic y que no solo funcionan como mero artificio visual epatador, sino que entronca con los estados de ánimo y situaciones que la protagonista, e invitados del relato, sienten en dicho momento. Gracias a eso, el tebeo pasa del feismo crumbiano, al cine de terror de la Universal, e incluso a un repaso somero de la historia de la pintura como manera de entender las emociones y los sentimientos, hasta representar el boceto apresurado pero sumamente expresivo. 






Pero Emil Ferris no solo consigue una obra que se disfruta con la mirada, sino que el relato coral y de relevos que se encuentra dentro de esta muñeca rusa formal, está a la altura en sutileza e inteligencia a lo mostrado por sus poderosas imágenes. En definitiva, una obra insólita, única, tremendamente inmersiva, que se sitúa en ese lugar de imprescindibles y recomendaciones seguras que todo amante de la historieta debe leer y poseer de manera casi obligatoria.
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