6 de noviembre de 2018

El árbol de la sangre de Julio Medem: Fallida épica lírica




















Después de trabajos de encargo que se alejaban de sus constantes temáticas que no formales, tales como Habitación en Roma (2010) o Ma ma (2015), Julio Medem regresa con El árbol de la sangre a su particular y personalísimo universo que tan buenos resultados le dio a finales de los 90 o principios de los 2000 con títulos como Lucía y el sexo (2001) o Los amantes del círculo polar (1998). Universos donde lo lírico y la piel de toro se dan la mano para ahondar en las pulsiones más primitivas del ser humano. Melodramas donde el salvajismo y pureza de la naturaleza es confrontada con una civilización vil y mezquina. 






El árbol de la sangre es el súmmum y compendio de lo que se entiende como universo Medem, con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Sexo pasional con tendencia al placer lésbico visto desde una perspectiva masculina heterosexual, melodramas excesivos contados aleatoria y caprichosamente a través de diferentes tiempos y puntos de vista y metáforas aparentemente poéticas y en ocasiones sumamente burdas. Hay que sumarle a todos estos elementos el significativo detalle de que Medem, para bien y para mal, es incapaz de filtrar y dar un equilibrio al batiburrillo de tonos y formas que componen sus excesivas obras y su escaso sentido del humor hacen que las forzadas tramas argumentales y las constantes casualidades y causalidades del relato provocan el efecto contrario al deseado. Pero en honor a la verdad, aunque fallida, este El árbol de la sangre devuelve al Medem primigenio, un autor que aunque sus excesos le pasan factura, hay que reconocerle su quijotesca lucha, por entregar su particular y preciosista visión de lo que tiene que ser el arte del cine, aunque en su enconada lucha, muera en el intento.

3 de noviembre de 2018

Quién te cantará de Carlos Vermut: Retrato de mujer con gótico de fondo






















Tras un primer largometraje de escasos medios y amplísimo talento -Diamond Flash- donde Vermut aunaba su espíritu cínico con los códigos temáticos del género superheróico y el giallo y una segunda cinta -Magical Girl- donde los universos del manga introducían al espectador en un relato árido de ilusiones imposibles que derivaban en una demoledora historia de almas rotas, llega Quién te cantará donde el particular mundo de Carlos Vermut se da la mano con el espíritu de nuevo del anime bañado en giallo -Perfect Blue de Satoshi Kon en sus primeros compases- pero vaciándolo tanto de su paleta cromática como de sus fascinantes efectismos. 






A partir de largos planos secuencia, en algunos casos tan extenuantes como impecables -la escena definitiva entre Eva Llorach y Natalia de Molina, donde Vermut consigue adentrar al espectador en una mente a punto de ebullición- y una composición de los planos donde el diseño de producción repleto de aristas y basado en una verticalidad que aprisiona, desdobla y refleja a los personajes, dan como resultado un relato gótico de fantasmas metafóricos, de personalidades creadas y duplicadas, de ídolos de pies de barro, llevando un paso más allá las historias del doble y de la vampirización, tanto externa como interna, para a su vez, desarrollar una lúcida crítica acerca de los iconos de la cultura popular. Todo ello a través de una cinta donde Vermut consigue vaciar casi al máximo su trabajo de palabras -exceptuando una escena excesivamente explicativa en el tercer acto del largo y un epílogo innecesario pero que sirve para que la película conforme una estructura circular- y dejar que las imágenes y las composiciones de formas punzantes describan este melodrama de tintes almodovarianos que aúna kitsch y horror formando un todo que demuestra la evolución y pulido formal de un autor que aunque quizá no entregue un trabajo tan compacto como su anterior cinta, si que demuestra su ambición y talento para entregar una obra que es capaz de elaborar un relato compuesto por un sinfín de elementos en apariencia completamente contrapuestos pero que en su integración da como resultado un trabajo que se siente y se percibe como un todo unitario, abierto a miles de interpretaciones, cada una de ellas más fascinante que la otra.

31 de octubre de 2018

La Noche de Halloween de David Gordon Green: Vaciando y desnudando el slasher
























Cuarenta años han pasado desde que John Carpenter cambiara el terror norteamericano y el término slasher inundara el género de terror hasta nuestros días. El medio para conseguirlo fue reinterpretar las formas y maneras del giallo italiano con la idiosincrasia del american way of life de capa caída post-Nixon y post-Vietnam. Así, de las clases altas y la rancia aristocracia proveniente del viejo continente, el género mutó a las tranquilas avenidas y localidades de la clase media norteamericana que acabaría convirtiéndose en espejo y reflejo del mundo occidental. Además, Carpenter le sumó a las perspectivas subjetivas del cine giallo el uso de largos y parsimoniosos planos secuencia de una película que hizo de la sutileza y el tempo pausado el arma más mortífera para aterrorizar a toda una generación de espectadores. La cinta no solo creó un sub-género sino toda una franquicia que dio lugar a una gran cantidad de secuelas aparecidas a lo largo de las siguientes décadas e incluso a un atrevido reboot que dio pie a dos películas de un incomprendido Rob Zombie.

Ahora en 2018 vuelve Halloween sin aditivos. Una reformulación de la cinta original, homenaje a la misma y también secuela. En el fondo, un ejercicio parecido al elaborado por J.J. Abrams con el universo galáctico lucasiano, con el mismo respeto y sumisión pero con una mayor inteligencia. El encargado del proyecto, David Gordon Green, entrega un bello y reverencial homenaje a la cinta original, sobre todo en el arco central del mismo, con idénticas herramientas que el propio Carpenter. Pero aunque la cinta en ese arco central quede lastrada por su sumisión en la forma hacia la cinta original, apunta en este arco ideas y conceptos sugerentes que consiguen elevarla del mero calco/homenaje que inunda la cinematografía blockbusteriana contemporánea. Ejemplo de ello es la conversión especular entre víctima y verdugo, entre Laurie, el personaje interpretado por Jamie Lee Curtis y Michael Myers, el asesino kabuki. Green sitúa argumental y formalmente a Laurie en el lugar que Myers era situado por Carpenter en la obra original, entregando no solo un guiño al aficionado y seguidor fiel de la saga, sino que a su vez introduce en el subtexto de unos personajes que son meros arquetipos, unas capas de profundidad -las justas eso sí- como para que la cinta tenga entidad por si misma y a su vez, adelantando con esas decisiones estilísticas el desarrollo argumental por el que discurrirá la cinta. 






Pero todos estos elementos tan artísticos como comerciales dejan un cadáver por el camino: el primer acto de la obra. Un punto de partida donde la saga abre sus horizontes, con la aparición del asilo donde está internado Michael y la aparición de un grupo de periodistas que bien podrían haber salido de una cinta de David Fincher -entroncando la obra con propuestas contemporáneas más complejas como Zodiac o el serial Mindhunters- pero que le sirven a Green para incluso ofrecer una crítica al trabajo de Zombie, en concreto su primera entrega de Halloween. La profundización en los arquetipos y la obsesión por las historias de origen de unos personajes que funcionan cuanto menos se sepan de ellos están abocadas al fracaso, ya que como bien refleja la magnífica escena que transcurre en la estación de servicio, en el vaciado y la sencillez está el éxito: a Michael Myers solo le hace falta su rostro impávido y anónimo y un mono de obra azul. El resto es accesorio.

25 de octubre de 2018

Patrulla X Roja de Tom Taylor y Mahmud Asrar: Intolerancia contemporánea



Tras los mediocres resultados de las nuevas iteraciones mutantes conformadas por Patrulla X Oro y Patrulla X Azul, llega la tercera serie regular que conforma las nuevas series principales del maltratado cosmos mutante: Patrulla X Rojo. Esta nueva serie, guionizada por Tom Taylor e ilustrada, al menos en su primer arco argumental, por el dibujante Mahmud Asrar, surge como reintroducción de la nuevamente resucitada Jean Grey, tras la irregular miniserie aparecida previamente titulada La Resurrección de Fénix guionizada por Mathew Rosenberg e ilustrada por un conjunto de dibujantes entre los que encuentran Leinil Francis Yu o Carlos Pacheco. Afortunadamente, Patrulla X Roja, aunque no puede considerarse por el momento un título imprescindible de la Marvel actual, si que consigue, en sus primeros compases, situarse, al igual que La Increíble Patrulla X de Charles Soule, muy por encima de lo realizado con los hijos del átomo en los últimos tiempos. 






Partiendo de la base de la idea de Claremont de servir como metáfora y magnificación de las cuestiones sociológicas y políticas existentes en el mundo contemporáneo, este regreso de Jean Grey sitúa al icono en un universo Marvel muy cercano a la realidad contemporánea, donde los conflictos de raza y la intolerancia exacerbada por una ultra-derecha emergente, están consiguiendo deshacer todo el camino andado en la lucha por las libertades. A partir de ese contexto sociocultural, necesario en los tiempos vividos, Taylor conforma un equipo mutante que sirve como nexo entre pasado y presente -no es casual que el arranque del serial comience de idéntica manera que el clásico Giant Size X-Men 1 que iniciaba la gran etapa de gloria de los personajes- donde podemos encontrarnos caras tan míticas como la mencionada Jean Grey o Rondador Nocturno junto a personajes de nueva hornada tales como Lobezna y Gabby, salidas de la serie de la primera y cuyo destino lo ha dirigido Tom Taylor. A su vez, Taylor, acostumbrado a lidiar con un universo completo como puede verse en su Injustice para DC Comics, acerca a los últimamente escindidos mutantes al conjunto del universo Marvel con la introducción de Namor y Pantera Negra y sus respectivos entornos y ecosistemas. 






Este equilibrio entre pasado y presente se sustenta con la introducción de un personaje que no proviene ni del añorado pretérito ni del más inmediato presente, sino de la innovadora y revolucionaria etapa de Grant Morrison que apareció en los albores del siglo XXI, Cassandra Nova. Némesis y reverso tenebroso del Profesor Xavier -su hermana gemela- que aquí es la incitadora de una semilla de la discordia que lamentablemente surge con fuerza de manera cíclica en la historia de la humanidad. Pero más allá de las disquisiciones socio-culturales que sirven como marco y punto de partida del relato, Taylor y Asrar entregan al lector contemporáneo un tebeo ágil y enérgico que sustenta su efectividad con un pie en el pasado pero agarrándose con fuerza a la actualidad contemporánea. 




23 de octubre de 2018

Mata Hari de Emma Beeby, Ariela Kristantina y Pat Masioni: Del mito a la realidad


























El nombre de Mata Hari evoca en primera instancia las convenciones que han sido siempre asociadas a la figura de la femme fatale. Incluso en el imaginario colectivo podría ser la precursora de dicho mito. La mujer voluptuosa, elegante, seductora, que utiliza su sexualidad para conseguir sus objetivos, casualmente malignos. Un estereotipo que ha ido transmitiéndose generación a generación. Estereotipos promovidos por una cultura heteropatriarcal que sigue intentando, ya sea consciente o inconscientemente, dividir a la figura femenina entre santas y putas. 






Mata Hari, la miniserie más interesante de la primera hornada de títulos salidos del nuevo sello de Dark Horse Comics, Berger Books y que busca la experimentación y la calidad de los primeros títulos del sello Vertigo -la línea se llama así porque la editora jefe de la línea es la gran Karen Berger- es una inteligente reivindicación del mito de Mata Hari, donde la guionista Emma Reeby, a través de las últimas horas de vida de la supuesta espía, viaja hacia atrás y hacia delante en el tiempo para reconstruir en escasos cinco comic-books las múltiples contradicciones de la vida de una de las figuras femeninas más oscuras y a la vez fascinantes del imaginario del siglo XX. Ese constante viaje en el tiempo potencia la narrativa, ya que los contrastes y símiles entre lo que acontece en el presente y lo ocurrido en el pretérito, ayudan a aportarle más fuerza al relato. 






A su vez, el arte de Ariela Kristantina, heredera del trazo etéreo y delicado de maestros como Michael Kaluta o P. Craig Russell, transporta al lector a principios del siglo XX, lugar donde la obra, de tonos ocres y dorados mérito del color de Pat Masioni, se da la mano con los artistas del período y el movimiento art decó para, a través de un arte que denota misterio y sensualidad, utilizar las mismas armas de seducción de la leyenda para entregar un relato de reivindicación y contraposición con aquello que creíamos obvio y cristalino.

18 de octubre de 2018

The Terrifics de Jeff Lemire: Recuperando el espíritu de la primera familia






















Entre la multitud de títulos salidos del final del evento Metal de Scott Snyder -bajo el sello The New Age of Heroes- un título sobresale por el resto: The Terrifics. Un tebeo que consigue emular y transmitir las sensaciones ya casi olvidadas de como eran los tebeos de los años 70 y 80, sin ser un mero pastiche de los referenciados. El triunfo hay que reconocérselo a Jeff Lemire que vive una nueva edad de oro gracias a su excelente Black Hammer bajo el sello Dark Horse y que vuelve de nuevo al universo DC tras su escasamente brillante trabajo durante The New 52






Lemire emula el sense of wonder de Los 4 Fantásticos tanto de Lee y Kirby como sobre todo de John Byrne con un supergrupo de personajes unidos a su pesar y formado por personajes tan infrautilizados como Plastic Man, Mr Terrific, Metamorpho y un personaje de nuevo cuño, Phantom Girl, tan interesante como carismática. Esta entente de héroes le sirven a Lemire para ofrecer un sentido homenaje a una edad dorada y perdida del cómic book, donde era posible entregar un trabajo sólido y adictivo más allá de eventos multitudinarios y molestos crossovers. Así, libre de de las ataduras de la mal entendida continuidad y universalidad de estos mundos de ficción corporativos, Lemire tiene la libertad para ofrecer una serie modesta que es capaz de equilibrar las grandes aventuras cósmicas con una construcción de personajes donde las interacciones entre los mismos y los problemas asociados a dichas relaciones, otorgan al relato los mejores y más inspirados momentos del serial. 






Lemire consigue que cada uno de los personajes, ya sean principales o secundarios, tengan su razón de ser dentro de la narrativa central. Todo ello sin necesidad de infinitos arcos argumentales, entregando tramas principales que se resuelven en dos o tres ejemplares máximo -rompiendo la regla del futurible paperback- sin olvidar que existe una trama global que se va desarrollando de manera firme pero pausada a lo largo de los seis primeros ejemplares de la colección y que seguramente no será del agrado del genio de Northampton.

En cuanto a su apartado gráfico, la serie arranca fuerte en sus tres primeros ejemplares. Nada más y nada menos que Ivan Reis que complementa perfectamente los guiones de Lemire, bordando tanto los momentos más espectaculares y bigger than life de escala cósmica, como las pequeñas interacciones interpersonales de los protagonistas. Su marcha al Superman de Brian Michael Bendis es paliada por un atractivo trabajo de Doc Shaner, completamente opuesto en sus formas y estilo al de Reis y al algo menor Joe Bennet que pretende igualar las habilidades de Reis sin conseguirlo. Pero en honor a la verdad, la habilidad de Lemire como guionista consigue que aún con el baile de dibujantes, la serie mantenga una unidad narrativa. 






En definitiva, uno de los tebeos más frescos de la nueva DC, quizá algo enterrado bajo la gran cantidad de bombazos y títulos estrella que este último año está entregando la anciana editorial, pero que bien merece un lugar en la biblioteca de cualquier buen aficionado.

15 de octubre de 2018

La casa del reloj en la pared de Eli Roth: De Gordon Lewis a William Castle




























De émulo del espíritu exploitation de Herschell Gordon Lewis (2000 maníacos y padre del gore) con Hostel y su secuela, heredero o imitador del gore cartoon de Sam Raimi (trilogía Evil Dead) con Cabin Fever o replicador de algunas de las peores decisiones del género terrorífico como fue Holocausto canibal de Joe D’amato en Green Inferno, Eli Roth se adentra en los senderos del cine de terror/fantástico familiar con La casa del reloj en la pared, primera adaptación de una serie de libros juveniles aparecidos en los años 70, de la mano de Steven Spielberg y su sello Amblin. El resultado, una cinta que bebe del espíritu gamberro del mejor Joe Dante e incluso del gótico posmoderno de Tim Burton, entregando el mejor trabajo de su director que se deja ver con agrado pero que por supuesto no deja ningún poso en el espectador, una vez finalizada su proyección. 






Lo más interesante de un trabajo que respira el tono del cine de William Castle -no debe ser casualidad que la ficción transcurra en 1955, fecha de estreno de House on Haunted Hill- es el contraste entre el goticismo clásico de la mansión que da título a la película y la América rockwelliana que rodea el exterior de la casa y que tiene como ejemplo el colegio al que acude el protagonista de la cinta, arropado por dos pesos pesados como Jack Black -cuyos excesos no se encuentran fuera de lugar en este tren de la bruja inocente- y sobre todo una carismática y espléndida Cate Blanchett que se merecía muchos más minutos de metraje. Estos elementos, más la inquietante presencia de un recuperado Kyle McLachlan, aderezado por un diseño de producción atmosférico y cuidado y un pasado que entremezcla la magia de los años 20 junto a un primer acto cuyo tempo pausado entrega los momentos más intrigantes del relato, gracias a su habilidad para pasar del terror gótico a la aventura mágica, sin perder el componente y el espíritu lúdico juguetón y gamberro, queda perjudicado por un acto final donde toda la atmósfera se pierde en pos de unos compases finales que la emparentan con el conjunto vulgar y poco inspirado del cine fast food contemporáneo.
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