28 de mayo de 2016

Los Hijos del Crepúsculo: Un bello relato de realismo mágico entregado por Beto Hernández y Darwyn Cooke




















La recepción de estos Hijos del Crepúsculo (gracias ECC Ediciones) ha coincidido lamentablemente con el repentino e inesperado fallecimiento de Darwyn Cooke, para mi uno de los grandes ilustradores que ha tenido la historia del cómic. Y lo que iba a ser únicamente la lectura de la nueva obra de uno de mis autores favoritos ha sido mi despedida.



En esta ocasión y acostumbrados a que Cooke en los últimos años nos entregara obras como autor completo, la autoría y la creación de esta obra editada por el sello Vertigo de DC Comics la comparte con Gilbert Hernández, más conocido por los lectores de Love and Rockets como Beto Hernández, autor de obras tan maravillosas y únicas como su Palomar.



Al igual que sus historias de "Sopa de Gran Pena", estos Hijos del Crepúsculo transcurre en una pequeña población muy parecida a la representada en Palomar, donde un extraño suceso se repite con asiduidad ante el asombro pero a la vez normalidad de los vecinos, que es la aparición de una esfera de luz y las consecuencias incomprensibles de la misma.



Pero como siempre, este realismo mágico, tan recurrente en la literatura sudamericana y en la obra de este autor, realmente es una excusa para adentrarnos en las miserias y alegrías de un elenco de personajes donde el amor, el sexo, las envidias y en general todo lo que nos hace humanos es representado en esta pequeña población.



Quizás el mayor problema de esta miniserie de cuatro ejemplares, aquí publicada en un bello tomo, es que nos quedamos con ganas de saber más de estos personajes, de su vida, de su pasado, al estilo de como conocimos de Luba, una de las protagonistas de ese fascinante reparto coral que es Palomar. Y en cuanto al componente sobrenatural, su explicación, como todo elemento sobrenatural que se precie de serlo, queda abierto a la interpretación y a la discusión, cerrando la historia con un emotivo flashback.



En cuanto a la aportación de Cooke, magistral como siempre. Apoyado y realzado por la paleta de color de Dave Stewart, Darwyn Cooke consigue un equilibrio entre su particular, limpio y brillante estilo cartoon, y el trazo caricaturesco y el ritmo de las obras de Beto como dibujante, sabiendo aportar dinamismo a la lectura, con composiciones de página más cinematográficas, junto a páginas más cercanas al tempo de los trabajos de Beto como autor completo.



En definitiva, una obra bella y melancólica, quizá algo irregular pero que sirve de perfecta despedida a un dibujante y autor único en su especie y para seguir constatando que Beto sigue estando en buena forma, aunque aún esperemos que nos vuelva a deleitar con un trabajo de la calidad de ese Palomar que ahora mismo parece inalcanzable.

27 de mayo de 2016

X-Men Apocalipsis: Singer hunde a los mutantes en los abismos de la serie Z























Que Singer no ha vuelto a ser el mismo desde que abandonara X-Men en el año 2003 y entregara ese perfecto somnífero que fue Superman Returns en 2006, es algo que todos hemos asumido. Lejano queda ese cineasta inteligente y con estilo que sorprendió con su ópera prima "Sospechosos Habituales" a mediados de la década de los 90.

Singer tuvo que volver a la saga mutante después de que Matthew Vaughn entregara un soplo de aire fresco que había sido dilapidado por las muy mediocres X-Men Decisión Final y Lobezno Orígenes, con una película que llevaba al límite de la excelencia el buen trabajo que había conseguido Singer presentando la relación entre Xavier y Magneto, convertida en una tragedia épica.








Pero Vaughn, en algo muy habitual en su carrera, abandonó el proyecto de dirigir la secuela de ese First Class y Singer, necesitado de volver a ser relevante y considerado por los grandes estudios, decidió dirigir ese Days Of Future Past, estrenado en 2014, que aunque no hizo olvidar el estilo y la clase de la obra de Vaughn, fue una muy digna secuela y adaptación de la clásica historia creada al alimón por Claremont y Byrne llamada Días del Futuro Pasado.

Por lo que la vuelta de Singer a la franquicia en esta X-Men Apocalipsis, no fue recibida con alborozo por el aquí firmante, pero si con la tranquilidad de que Singer no iba a realizar una obra maestra, pero si una nueva aventura de los Hijos del Átomo que te mantuviera entretenido a lo largo de dos horas.



Pero lo que no podía imaginarme es que Singer entregara no solo su peor película, sino una obra que es incluso inferior a la mediocridad perpetrada por Brett Ratner en la tercera entrega de la saga X-Men y a la altura de clásicos como el Lobezno: Orígenes de Gavin Hood.

Singer comienza la película con un prólogo que es un buen preámbulo de lo que entregará en las eternas dos horas y cuarto de una película que dura el largometraje. Un prólogo en apariencia épico pero que respira un espíritu de serie Z de baja estofa, eso sí, embadurnado en una orgía digital que hace incluso menos soportable el resultado final.

Una película que nunca consigue arrancar, que intenta tratar muchos temas sin profundizar en ninguno, desaprovechando un cast con nombres tan potentes como Fassbender, McAvoy o la propia Lawrence, completamente fuera de personaje, con evoluciones nada creíbles, no solo como adaptación de las viñetas, sino con lo planteado en las entregas anteriores.



Mucho cameo, mucho fan-service para ocultar la nada argumental, la nada narrativa. Una obra sin ningún momento memorable, repleta de momentos risibles y de verguenza ajena, con una acumulación de escenas sin ninguna evolución narrativa y estructural, donde la aparición de nuevos personajes con tanto que decir como Mariposa Mental, Tormenta o Arcangel, solo sirven como action figures en el decorado de una versión de los Power Rangers.

Y que decir del supuesto villano de la función, Apocalipsis, interpretado por un excelente actor como Oscar Isaac, que demuestra que el Hollywood más comercial no sabe que hacer con un actor que se merece mucho más. Y al final, más de lo mismo, una escena de destrucción masiva con unos efectos digitales y una corrección de color hecha deprisa, corriendo y mal, que hace aún menos soportable una pelea random salida de la peor aventura de superhéroes cinematográfica.



En definitiva, una película que destruye franquicias al estilo del Batman y Robin de Schumacher. Una muestra más de que Singer se ha quedado anticuado, que ha perdido las habilidades de su yo pasado. Una película vulgar, que sería la versión cinematográfica de los despropósitos comiqueros de la franquicia mutante de autores como Chuck Austen o los peores momentos de los X-Men de Nicieza o Lobdell. 

23 de mayo de 2016

Sunstone e Insecto: Cuando los tabúes sexuales se tratan con inteligencia y respeto






































Aunque la sexualidad nos rodea por todas partes y supuestamente somos una sociedad más acostumbrada a la sexualidad como parte integrante de nuestras vidas, seguimos rodeados de prejuicios ante según que actitudes de índole sexual.

Sunstone e Insecto de, respectivamente Stjepan Sejic y María Llovet, son dos obras muy diferentes entre ellas, pero que ambas se atreven a tratar dos temas controvertidos en materia sexual: el BDSM y el Incesto.



Sunstone, de Stjepan Sejic, conocido por el aficionado al mainstream por sus trabajos en la factoría Top Cow, en especial Witchblade, se atreve con una obra sexualmente explícita pero tremendamente romántica entre dos mujeres que se atreven a adentrarse en el terreno del BDSM. Y Sejic consigue una obra llena de candor aunque por supuesto erótica, donde intenta romper los tópicos sórdidos que en general tenemos asociados a esta práctica sexual.



Sin ningún pudor, el autor nos presenta a Lisa y Ally, dos personajes que ya en este primer volumen son perfectamente representadas en lo que en el fondo es una comedia de enredo con toques del Strangers in Paradise de Terry Moore y que sabe diseminar a lo largo de este primer volumen comedia, amor y toques eróticos con una elegancia inaudita, sin explotar el obvio componente sexual de la propuesta.



La otra obra es Insecto de María Llovet, autora nacional que tiene varias obras publicadas por Norma Editorial, pero que he descubierto con este bello volumen. Y si hablaba anteriormente del candor del Sunstone de Sejic, este Insecto de María Llovet es completamente diferente pero también muy diferente.

Con influencias venidas del cómic japonés, en especial de Suehiro Maruo, María Llovet sabe transmitir ese ambiente enrarecido del autor japonés, con toques de Paul Pope en su trazo, para adentrarse en el peliagudo tema del incesto entre hermanos.



Con un ataque directo y furibundo hacia la hipocresía y convencionalismos de una clase media que vive de las apariencias y de su falsa y doble moral, Llovet se adentra en una historia de amor que escandalizará y hará pensar, en un trabajo bellamente ilustrado y compuesto, con una historia y unos personajes protagonistas cuya pureza es el eje en el que se adentra un trabajo que merece ser leído y valorado por el atrevimiento de su propuesta y el notable resultado de la misma.

19 de mayo de 2016

Repasando la historia contemporánea a través de Marvel y DC






























La relación entre realidad y ficción superheróica ha sido una constante desde que Jerry Siegel y Joe Shuster crearon a Superman en 1938. Los dos jóvenes autores, inmigrantes judíos y testigos de primera mano de la crisis económica que padeció Estados Unidos tras el crack del 29, idearon a un personaje que representaba la imagen idealizada de nuestros mayores sueños y que sirvió como catarsis para reprender y ajusticiar a todos aquellos individuos que provocaron y salieron impunes de una crisis económica y social que llevó a una generación entera al borde de la catástrofe.



Superman arrancó su andadura deteniendo a políticos, banqueros y empresarios sin escrúpulos que sabían escurrirse de una justicia comprada o con las manos atadas y que sirvió para que aquellas personas afectadas por una crisis que no se merecían, recibieran una ligera compensación aunque fuera a través de una ficción impresa en cuatricomía.

Pero ese vigilante social duró muy poco cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a Superman y al resto de héroes míticos que publicó la editorial DC Comics en los años venideros, en meros instrumentos y marionetas del poder, transformando las fantasías infantiles en instrumentos propagandísticos de control a una audiencia fácilmente manipulable.






De ese instrumento de propaganda surgió el Capitán América en Timely Comics, la editorial que se convertiría en Marvel Comics y que, en 1941 y de la mano de Joe Simon y Jack Kirby, presentaron en sociedad al Centinela de la Libertad con una imagen que quedaría como uno de los ejemplos más característicos de la propaganda bélica norteamericana, el Capitán América golpeando y noqueando a Adolf Hitler.

A lo largo de los fatídicos años de la 2º Guerra Mundial, las portadas de estos tebeos y su publicidad adjunta se llenó de mensajes por y para la maquinaria bélica made in USA. No contentos con eso y tras la derrota del Eje del Mal formado por Alemania, Italia y Japón, la propaganda americana siguió aprovechando las impresionables mentes de los infantes, para continuar su particular enfrentamiento con el nuevo enemigo a batir, el comunismo, representado por la U.R.R.S. Una Timely que languidecía se sacó una nueva versión del Capitán América que perseguía el “virus” del comunismo en un olvidado Centinela de la Libertad que le hizo ganar la injustificada fama de fascistoide.






No sería hasta la llegada de Stan Lee y su revolución en los años 60, que los tebeos volverían a reflejar las inquietudes y el “zeitgeist” social que comenzaba a bullir en la revuelta sociedad americana de los 60. El miedo nuclear y radioactivo se podía percibir en los orígenes de esta nueva mitología que llegaba para quedarse. Desde la radiación Gamma que convertía al pusilánime doctor Bruce Banner en una bestia que sacaba la rabia interna de su mente reprimida, hasta la aparición del gen mutante provocada por la fisión del átomo, que originaría la primera banda de proscritos del mundo superhéroico, La Patrulla X.

Pero las inquietudes de Stan Lee eran muchas y variadas y más atrevidas que la simple y eterna batalla entre el bien y el mal. Si en 1971 el joven y contracultural guionista Denny O’Neil y el dibujante Neal Adams renovaron a dos figuras de DC Comics con poco atractivo para la juventud de principios de los 70 como Green Lantern y Green Arrow -a través de una corta pero intensa etapa, donde las viejas glorias de DC Comics se daban un baño de realidad en una road movie que les llevaba a un viaje por una América inundada de drogas, intolerancia, corrupción y racismo- Stan Lee se atrevía a enfrentarse con el Comics Code Authority, representando la caída a los infiernos de Harry Osborn, el amigo y compañero de piso de Peter Parker en su etapa universitaria. 






A partir de ahí, los tebeos dejaron de ser solo una cosa para niños, provocando una revolución en los años 70. Steve Gerber, influenciado por el movimiento underground de autores como Robert Crumb, ejemplo de la contracultura americana al nivel e influencia de Jack Kerouac o Hunter S. Thompson, presentó al mundo a Howard El Pato, un personaje antropomórfico que a través de su caricaturesca y en apariencia inofensiva apariencia, desmontaba el establishment desde dentro. O Gerry Conway, que desde las páginas de The Amazing Spiderman 129 nos presentaba a El Castigador, un oscuro y violento vigilante que provenía de los fantasmas de la Guerra de Vietnam y de antihéroes cinematográficos como Travis Bickle, el inolvidable y antológico personaje interpretado por Robert de Niro en la clásica Taxi Driver de Martin Scorsese. Sin olvidar el comienzo de la aparición de héroes urbanos y afroamericanos como Luke Cage que, además de evitar el canon del héroe rubio y de ojos azules, se enfrentaba a traficantes de drogas y criminales varios en vez de contra megalómanos excéntricos o villanos extradimensionales.



A finales de los 70 y gracias a un joven escritor llamado Chris Claremont, Marvel Comics acertó como pocas veces en su historia, al remodelar uno de los conceptos peor desarrollados por Stan Lee y Jack Kirby. En manos de Claremont, los incomprendidos y acosados hijos del átomo, se convirtieron en un reflejo y metáfora de todo aquello que era perseguido y mirado con recelo en la supuestamente libre y biempensante Norteamérica. La diversidad sexual y racial, el diferente o el marginado tenían unos nuevos héroes con los que sentirse identificados.

Incluso Claremont llegó aun más lejos, a principios de los 80, con una de sus mejores creaciones y que mejor reflejaba el miedo a una nueva enfermedad que aterrorizaría a una ignorante sociedad occidental, el Sida. Ese personaje fue Pícara, villana reconvertida en heroína en una de las mejores transformaciones de un personaje en el universo Marvel cuyo poder era también su mayor miedo, no poder tocar a alguien por temor a matarle y absorber sus recuerdos. Una alegoría del Sida que dio como resultado algunas de las mejores historias de su longeva etapa al frente de la franquicia mutante.






Pero, quitando a los mutantes y a Claremont, la editorial que más estuvo influenciada por los problemas sociales y políticos de los años 80 fue DC Comics, sobre todo por la llegada a la editorial de dos autores del calibre de Frank Miller y Alan Moore. El primero, atacando la neo-conservadora América de Ronald Reagan y su programa Guerra de las Galaxias en la épica El Regreso del Caballero Oscuro o el Thatcherismo y sus consecuencias en la distópica V de Vendetta o el miedo nuclear en Watchmen junto a Dave Gibbons. DC Comics incidió en esa vena social con tebeos tan referentes de una época como The Question de Denny O’Neil y Denis Cowan o el Hellblazer de Jamie Delano.

Los años 90 fueron un erial cultural en el mundo del cómic de las dos grandes editoriales. Autores como Jim Lee, Todd McFarlane o Rob Liefeld pocos intereses tenían aparte de representar el ruido y la furia cromados, malinterpretando los méritos de la generación de los 80. Y, las dos grandes, estaban más preocupadas de vender portadas alternativas que de ser un reflejo de la sociedad y la cultura como en décadas pasadas. Lo mismo decir de los años finales de la década de los 90. De la forma de la Modern Age con el fondo de la Golden Age, pasamos a una reinterpretación de los preceptos de la Silver y la Bronze Age pero con los medios y la técnica de la Modern Age.






Todo cambió el 11 de Septiembre de 2001. Un golpe de realidad que hizo despertar al mundo occidental y al mundo del espectáculo. Un punto y aparte en la historia de la humanidad y el año 0 de un siglo XXI que fue prólogo y precursor de 15 años donde los golpes políticos, sociales y económicos no podían no ser reflejados por los superhéroes.

Dejando de lado el emotivo pero algo naive homenaje que J. Michael Straczynski y John Romita Jr. hicieron de la catástrofe del World Trade Center en The Amazing Spiderman vol.2 nº 36, el autor que mejor supo reflejar los miedos y la inseguridad que el atentado de Al Qaeda provocó en el mundo occidental fue Mark Millar. Y, si ya comenzó a despuntar en la segunda temporada de The Authority junto a Frank Quitely, elevó a la enésima potencia los preceptos apuntados en los personajes creados por Warren Ellis en la serie estrella de la línea Ultimate, Los Ultimates, unos Vengadores actualizados para el violento e inseguro siglo XXI que supo aunar el gran espectáculo hollywodiense en Dolby Digital con los miedos de una sociedad que se sentía igual de pequeña tras una tragedia indescriptible como la del 11-S que con la presencia de unos superhumanos que están por encima del bien y del mal.






El éxito de la propuesta le llevó a Millar a encargarse de la historia más atrevida que había publicado Marvel en su universo tradicional hasta el momento: Civil War. Una obra donde Iron Man y el Capitán América, el primero, reflejo de la maquinaria militar y conservadora de América y el segundo, reflejo de la representación idílica de lo que pretende ser o vender América, se enfrentaban en un duelo físico y psicológico por el alma de una América resquebrajada tras el accidente provocado por un grupo de superhéroes adolescentes, donde la muerte de inocentes es aprovechada por el gobierno americano para controlar a la población superhumana y encerrar a aquellos que no quieran registrarse y perder su anonimato, con la polémica Ley de Registro Superhumano que Stark apoya y Rogers desprecia. Un reflejo de las medidas restrictivas y antidemocráticas que el gobierno de George Bush Jr. implantó tras unos atentados que nos hicieron más inseguros y menos libres, con una Patriot Act y una prisión de Guantánamo que nos hicieron estremecer y avergonzarnos a todos aquellos que creemos en la libertad.






El mérito de Millar fue su intención de no pontificar ya que a lo largo de 7 comic books, el escocés nos plantea los dos lados del conflicto, con sus pros y sus contras, con sus ventajas e inconvenientes que demostraron que a la Marvel de Joe Quesada y del siglo XXI no le temblaba el pulso al tratar temas controvertidos y adultos, planteados para individuos que no buscan un entretenimiento adocenado, pero sin olvidar el gran espectáculo, la emoción y la intensidad que caracteriza los mejores momentos y las mejores obras de la editorial.

Tras Civil War, Marvel Comics continuó y mantuvo en paralelo tebeos y obras, como el Reinado Oscuro de Norman Osborn o la larga y aclamada etapa del Capitán América escrita por Ed Brubaker, que acercaban cada vez más los acontecimientos de nuestra realidad diaria, traspasándolos con inteligencia a su universo de ficción. Un universo que visto en perspectiva sirve como perfecto reflejo hipervitaminado de las inquietudes, problemas, sueños, ilusiones y preocupaciones de una sociedad que puede verse representada e interpretada en universos de ficción que a veces, se convierten en documentos más reales, puros y fidedignos que el mundo real.

17 de mayo de 2016

Recordando a Darwyn Cooke (1962-2016)






















El viernes 11 de Mayo, los aficionados a la historieta recibimos un mazazo con la noticia de que Darwyn Cooke estaba en cuidados paliativos combatiendo un cáncer. El sábado por la mañana, el mazazo fue mayor al saber que acababa de fallecer. No me lo podía creer.

Mi primer acercamiento a la obra de Cooke fue en el tiempo que pasé trabajando en Madrid Cómics, hace ya la friolera de 15 años. Gracias a la recomendación de Eloy Rubio, uno de los dueños de la mítica tienda madrileña, me llevé un especial prestigio de Batman llamado Ego, el primer trabajo del autor en el mundo del cómic.

Porque Cooke, aunque intentó trabajar en la industria en los años 80, no tuvo suerte y se refugió en la animación. Gracias a esto, colaboró en tres series imprescindibles para el mundo de la animación y el cómic: Batman, Superman y Batman Beyond. Junto a Bruce Timm, redefinieron como debía ser el universo DC.



Y su primer acercamiento con Batman: Ego, un ejercicio introspectivo de la mente del atormentado héroe, dejaba entrever lo mejor de Cooke, esa mezcla de tradición y respeto, con toques pulp y noir, una fusión de Dick Sprang y Will Eisner, pasado por el tamiz de la factoría de Bruce Timm, que te hacía disfrutar de un tebeo de una manera apasionada.



Muy poco después, llegó su corto pero influyente aproximación a Catwoman junto a otro nuevo talento que nos daría muchas alegrías, Ed Brubaker. Cooke redefinió la imagen de la la ladrona Selina Kyle, igualmente sensual, pero mucho más elegante que la neumática contrapartida de los años 90.



Tras este corto trabajo y pequeños trabajos como la deliciosa miniserie para Marvel, Lobezno y Doop, guionizada por Peter Milligan, se embarcó en su obra más ambiciosa, DC The New Frontier, donde reinterpretó con mucho respeto y plásticamente inmejorable los cimientos de la DC Comics de la Silver Age. Una obra capital del cómic de superhéroes de los últimos 20 años, que dejaba entrever en su inteligencia e inocencia, que los superhéroes debían representar las utópicas aspiraciones del ser humano, convirtiéndoles a la vez en unos personajes tremendamente humanos pero también tremendamente icónicos.



Y si este tebeo no fuera suficiente y una obra de compra obligada para todo fan de los héroes enmascarados, su Spirit no se queda corto. Y aunque la sombra de Eisner es alargada, los 12 ejemplares que dedicó a la creación más famosa de Will Eisner son una pequeña joya que seguramente Eisner habría disfrutado.



Estas dos últimas obras aunaban los intereses y gustos de Cooke: tanto la aproximación a esa América utópica y bella donde Frank Lloyd Wright, los Martinis y Madison Avenue se daban la mano con los claroscuros del noir más Chandleriano. Por lo tanto no es de extrañar que desde finales de la década pasada, Cooke se embarcara en la ambiciosa tarea de adaptar al noveno arte las novelas noir de Parker, el detective creado por el escritor Donald Westlake con el alias de Richard Stark. Un homenaje al género absolutamente magistral, donde el trazo y el uso del color en la obra de Cooke, evoluciona a la utilización de los mínimos recursos para entregar su trabajo más maduro, y la eclosión de su talento como narrador.





A su vez, fue capaz de entregar la mejor miniserie salida del fatídico proyecto llamado Before Watchmen. Porque si la mayoría de series no eran malas, sino francamente prescindibles, Minutemen, la serie escrita y dibujada por Cooke era la única que aportaba elementos que hacían crecer la obra magna de Moore. No fue el mejor trabajo de Cooke, pero si lo mejor que salió de ese experimento comercial.



Lamentablemente, su última obra ha sido Los Hijos del Crepúsculo junto a Gilbert Hernández. Una obra que todavía no tengo el placer de leer, pero que con la triste muerte del autor, la convierte en la última oportunidad de disfrutar de un talento inmenso. 



Con 54 años, Darwyn Cooke deja una suficientemente extensa obra para el mundo del cómic contemporáneo. Un autor que trabajó contracorriente, en contra de las modas imperantes de la época, pero que era tan grande su talento, que lo que no era moda, se convirtió casi en un movimiento que poco a poco y seguramente más tras su muerte, hará que muchos lectores se aproximen a un autor y a una obra que supuraba amor por el medio y por los personajes que tocaba en cada una de sus maravillosas páginas. 









9 de mayo de 2016

Savage Sword of Criminal y Deadly Hands of Criminal: El regalo de Brubaker y Philips a los seguidores de su antología pulp






































Si en los últimos años ha habido una pareja creativa que ha conseguido el éxito unánime de público y crítica, esos han sido Ed Brubaker y Sean Philips. Una entente perfecta, donde el uno al otro consiguen explotar y exprimir al máximo los talentos de cada uno de ellos y que han entregado a los aficionados obras tan influyentes y magistrales como Sleeper, Fatale o la más reciente The Fade Out. 

Y si Sleeper fue la obra que les puso en la órbita de los lectores, con ese tebeo que aunaba lo mejor de los superhéroes y el noir, fue la antología de relatos Criminal la que les encumbró. En seis historias, recopiladas en seis volúmenes, Brubaker y Philips homenajeaban el trabajo y el tono de autores noir como Hammet, Chandler, McCain o la más reciente Christa Faust, para entregarnos las historias de unos perdedores y sus mediocres pero a la vez apasionantes vidas.



La fórmula la fueron mezclando con otros ingredientes, como el terror Lovecraftiano en la magistral Fatale y eso nos hizo descubrir que Brubaker y Philips no solo eran unos autores eminentementes noir, sino que les gustaba redefinir todos los subgéneros literarios que un siglo después están teniendo el reconocimiento popular.

Y si las novelas pulp era la cultura de unos lectores y una parte de la sociedad que disfrutaban con obras que llevaban al extremo de por entonces aquello que la sociedad bienpensante quería ocultar, los cómics en formato magazine fueron en los 70 esa parte de la subcultura que muchos de nosotros seguimos atesorando y adorando con nostalgia.



Y he aquí que Brubaker y Philips se sacaron de la manga un especial en 2015, donde no solo homenajean el trabajo de autores como Roy Thomas y dibujantes como Tony de Zuñiga en la Espada Salvaje de Conan, sino que imitan el formato en una edición especial que emula los magazines de los 70 con todo lujo de detalles, sino que integran dos historias en una, la de un bárbaro sosias de Conan y un nuevo relato de Tracy Lawless, el criminal de poca monta que ya tuvo dos historias en anteriores entregas de Criminal.

El resultado de este especial es mejor en forma que en fondo. Ni es la mejor historia de Tracy Lawless, ni la manera de integrar la fantasía y la realidad funciona más allá del mero homenaje, quedando muy por debajo del que para mi es la mejor historia de Criminal, "El Último de los Inocentes" donde mezclaba la falsa inocencia de Archie con la brutalidad de su realidad noir, para traer de vuelta unos recuerdos de infancia que no eran tan puros como intentan aparentar.



Aprovechando que este año han cumplido 10 años de la publicación del primer Criminal, repiten la hazaña, pero esta vez homenajeando los tebeos de terror de los 70 con la exploitation del Kung Fu gracias a la fama de Bruce Lee. Y aquí el experimento si que funciona a la perfección, donde en el tebeo del Hombre Lobo, Brubaker sabe sacar punta al contexto sexual ligeramente atisbado en las obras originales y Philips emulando a autores como Sal Buscema. Y todavía más, porque aquí si que la historia principal, la historia de un hijo y su padre asesino de poca monta, fluye perfectamente como historia de inocencia perdida y primer desencuentro con la triste realidad del mundo adulto, además de establecer una historia de amor y amistad infantil desgarradora.



En definitiva, dos especiales que merecen la pena para todos los seguidores no solo de la mal llamada baja cultura, sino a todo aquel que quiera disfrutar de dos tebeos inteligentes y con un formato a atesorar en los años venideros.

7 de mayo de 2016

Secret Wars Apéndices (Parte 2): El fin del universo Ultimate, spin-offs de Masacre y una Capitana Marvel con aroma retro






































Con cierto retraso, finalizo las tres miniseries que quedaban pendientes de las Secret Wars hickmanianas. Y ya se que en este mundo del cómic que avanza a pasos agigantados, repleto de reboots y nuevas puestas a punto, lo que hace solo un par de meses era la comidilla de los aficionados, ahora solo es un leve recuerdo, sepultado por la cantidad de información que nos bombardea. 



Comenzamos con Ultimate End, que pone punto y final a la línea editorial, de la mano de sus originadores, Brian Michael Bendis y Mark Bagley. Y flaco favor le hacen a una línea moribunda exceptuando su Spiderman, porque aquí tenemos al peor Bendis y al peor Bagley. Bendis demuestra que cuando lo hace mal lo hace peor, en un tebeo que se pasa por el forro todo lo que plantea Hickman y el resto de autores implicados en el mismo, en un tebeo que es más cercano en su estupidez a las Secret Wars originales de Shooter, que al interesante trabajo de Hickman.



El siguiente tebeo me reafirma en mi posición de que Gerry Duggan no es un buen guionista. Un tebeo que aúna a la mujer de Masacre y al plantel de monstruos clásicos de la Universal remozados al universo Marvel, en un tebeo que intenta ser divertido sin conseguirlo y donde el apartado gráfico de Salva Espí, siendo lo mejor del mismo, no me acaba de cuajar con ese estilo amerimanga propio de finales de los 90 que a mi parecer se ha quedado muy oxidado.



Finalizamos con la única buena miniserie de este conjunto de tres. Algo que no es una sorpresa si eres seguidor de la Capitana Marvel de DeConnick y López. Un tebeo con regusto retro, que quizás se queda algo corto en su resolución, pero que se disfruta sobre todo por la caracterización de personajes de DeConnick y sobre todo por el fabuloso arte de David López, realzado por el color de Lee Louridghe.
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