26 de febrero de 2018

Peter Parker Spiderman de Chip Zdarsky y Adam Kubert: Poniendo los pies en la tierra






















Dan Slott, por mucho que le pese a una parte del fandom arácnido, es y será uno de los autores fundamentales en la historia del personaje, junto a Stan Lee, Gerry Conway o Roger Stern. Pero también es cierto que sus ya diez años en la franquicia arácnida le están pasando factura, sobre todo por la concatenación de grandes eventos cuyo punto de partida era siempre más interesante que sus resultados finales. 






Pero quizá el mayor problema de su etapa, sobre todo en sus últimos compases ha sido el sacar a Parker y a sus fieles lectores de su zona de confort, convirtiendo al anteriomente mileurista Parker en un nuevo Tony Stark y hacerle moverse por todo el mundo como si fuera un nuevo James Bond. Y al sacarle de sus entornos familiares, la franquicia también ha perdido a aquellos secundarios que enriquecían su universo. 






Por ello, el resurgimiento de la segunda cabecera arácnida, titulada Peter Parker Spiderman, es un soplo de aire fresco para el personaje. Su guionista, Chip Zdarsky, conocido por ser el dibujante de Sex Criminals, entiende al Peter Parker más urbano, el que sale con sus amigos, el que es un incompetente en cuestiones amorosas… en definitiva, el humano y falible. 






A los lápices tenemos de vuelta a Adam Kubert, que de nuevo entrega un trabajo que oscila entre lo interesante y lo irregular, con páginas de una narrativa impecable, con otras donde se plasma la pesadilla de los plazos de entrega. Pero son peros menores en unos primeros seis ejemplares, donde nos reencontramos con el Spiderman del que nos enamoramos, con sus chistes malos, su fantástica verborrea y el reencuentro con viejas caras como Mary Jane, Johnny Storm o Jameson y la llegada de nuevas presencias femeninas que prometen un futuro prometedor para el serial.

24 de febrero de 2018

Black Panther de Ryan Coogler: Brillante sociológicamente, correcta cinematográficamente






















Convertida en rotundo éxito comercial y absoluto fenómeno sociológico de este año 2018 que acaba de comenzar, Black Panther, el nuevo trabajo del director Ryan Coogler tras su interesante Creed, es un trabajo que debería ser abordado desde dos puntos de vista completamente diferentes, al igual que pasó con la Wonder Woman de Patty Jenkins. 






Desde el punto de vista sociológico hay que quitarse el sombrero. Por fin, la comunidad negra tiene un héroe, unos personajes y un universo. Sus propios mitos, su propia cultura, en una obra en la que se pueden identificar. Sobre todo en una industria del espectáculo que solo ha mirado a la comunidad blanca, sobre todo la del género masculino. En eso, Black Panther se mira cara a cara con la ya mencionada Wonder Woman de Jenkins y su reivindicación de la figura de la mujer. Sin olvidar, que más allá de cuestiones de género o de raza, son dos obras que son un ejemplo de presentación de personajes y universo propio. Pero lo que si es cierto es, que dichos triunfos ideológicos y sociológicos, que ambas películas son, tampoco deberían taparnos los ojos y buscar aquello que no hay en ambas películas. Palabras como obra maestra, mejor película de superhéroes jamás hecha, se han dicho de ambos títulos y lamentablemente, ambos trabajos distan mucho de ser dignas de esos apelativos. 






Black Panther, al igual que Wonder Woman el pasado año, son dos películas de acción y superhéroes más que correctas, incluso podría decirse que están por encima de la media de un género que se ha adocenado en esta última década. Pero son cintas que aunque correctas en su conjunto, no llegan a alcanzar la cima de sus pretensiones. El motivo más evidente, un tercer acto apresurado y repleto de lugares comunes. Centrándonos en Black Panther, los mayores aciertos de la película se encuentran en su primera mitad. El excelente prólogo que nos pone en situación, su habilidad para ir a diferentes momentos en el tiempo sin que el espectador se pierda, el mundo de Wakanda y sus artilugios tecnológicos y ese mash-up entre drama shakesperiano y universo de acción bondiano entregan una primera hora memorable. En concreto, destacaría la primera aparición de Black Panther que aúna al Hombre Enmascarado de Lee Falk con La Sombra de Walter Gibson. Y que decir de toda la secuencia que transcurre en Busan, Corea del Sur, desde la escena del casino -donde Coogler nos deleita con otro plano secuencia marca de la casa- y la consiguiente persecución, tan frenética como heróica. 






Lo mismo podemos decir del villano de la función, Killmonger, cuya motivación tiene una lógica inherente e interesante desde el punto de vista racial, entregando algo más que un villano sin carisma que quiere conquistar el mundo porque si, una debilidad en la que ha caído Marvel Studios en la mayoría de las ocasiones. El problema, que tras una primera mitad repleta de emociones y giros atrevidos e interesantes, la segunda mitad comienza a languidecer y volverse mucho más previsible y conservadora. Todas esas irregularidades desembocan en un tercer acto, donde la obsesión de los estudios por una gran batalla anabolizada de CGI, hace perder a este Black Panther la fisicidad de sus primeros compases y las capas y sutilezas del villano dan paso a una conclusión prototípica, que sin ser deficiente en ningún momento, dista mucho de la brillantez de sus primeros pasos. 






En definitiva, Black Panther es una más que correcta muestra de cine de acción y superhéroes, con un casting excelente, sobre todo en lo que respecta a sus figuras femeninas y que abre nuevos caminos, sobre todo sociológicos y de igualdad en el momento que más lo necesitamos, pero que cae presa, en especial en su tercer acto, en los mismos defectos que el 99% de la producción de cine comercial y de franquicias de este siglo XXI.

22 de febrero de 2018

Todo el dinero del mundo de Ridley Scott: Ampulosa nadería




















Comenzar con una película homenajeando/emulando en las formas a La dolce vita de Federico Fellini es un riesgo y un atrevimiento que predispone al espectador a valorar el trabajo que se presenta ante sus ojos. Ridley Scott lo hace, en un plano secuencia que arranca en blanco y negro que se transforma inmediatamente al color e introducir al espectador en la ciudad de Roma en los años 70. Esta secuencia demuestra no solo el conjunto de lo que entregará el filme, sino en lo que se sustenta la casi totalidad de la obra de Scott. Estilismo preciosista, voluntad de epatar en el apartado técnico y una voz impersonal ahogada bajo destellos de producción de alta factura. 






La historia de la familia Getty, en especial la del fundador J. Paul Getty, interpretado in extremis por un Christopher Plummer que rodó sus escenas a un mes del estreno en salas, debido a la eliminación de la misma de un Kevin Spacey ahogado en un escándalo de abusos sexuales, es quizá lo mejor del filme. Plummer, en su interpretación de Getty, se convierte en un émulo del Tyrell de Blade Runner o el Commodus interpretado por Joaquín Phoenix en Gladiator: un hombre que lo tiene todo, pero que en realidad no tiene absolutamente nada. 






Pero esto no es una biografía de Getty, sino una porción de su vida, que le sirve a Scott para entregar un trabajo que nunca se define en qué quiere ser: una historia de secuestros o una crítica del nihilismo de la sociedad capitalista más desacerbada. Poco ayuda la poca química de la pareja formada por un Mark Whalberg que es escasamente convincente como ex-agente de la CIA o una Michelle Williams que quizá por un libreto denso y excesivamente grandilocuente, nunca llega a emanar ningún hálito de humanidad. 






Posiblemente esto es debido a la dirección de Scott. Un director que en casos muy puntuales, en concreto en los inicios de su carrera, entregó tres grandes obras como fueron Los duelistas, Alien y Blade Runner. A partir de ahí, su carrera ha ido dando tumbos, con leves momentos de discutible admiración. En esta ocasión, Todo el dinero del mundo se encuentra en la zona media. Un trabajo, que como El consejero o American Gangster, tiene escenas y momentos que pueden ser rescatados, pero que acaban ahogados por la ostentosa e impersonal puesta en escena de un director que sigue creyendo que rodear de preciosismo cada uno de los planos de su obra, la acaba convirtiendo en una obra maestra. 






La cinta funciona como espectáculo olvidable pero ligeramente disfrutable en su primer acto. Pero a partir de ahí, la redundancia, el estancamiento y los finales en falso acaban provocando la desidia de un espectador que crea a su alrededor una barrera de distanciamiento y frialdad, que sirve como espejo de la gelidez de una película y unos personajes que aunque su discurso y su visión cínica del mundo contemporáneo pueda ser compartida, las maneras y las formas de ponerlo en pantalla, acaban ahogando un trabajo que al igual que Getty, rodeado de oropeles y lujos, en su interior se encuentra la nada y la soledad más absoluta.

20 de febrero de 2018

Barbara de Mathieu Amalric: Bienvenidos al antibiopic



















El cine es el arte del engaño y la representación, haciendo creer al espectador a través de dos horas de proyección, que aquello que está observando es la “realidad”. El biopic, es decir, el traspaso a la pantalla de una figura histórica, ya sea Jim Morrison, Ghandi, Oskar Schindler o Jackie Kennedy, rodea al trabajo de una aureola de realidad, de que aquello ocurrió tal cual es proyectado en la pantalla. Es un acuerdo tácito entre realizador y espectador, que da como resultado una tergiversación y manipulación de la realidad, consiguiendo incluso que las formas entre representador y representado se diluyan. 






Mathieu Amalric, director de Bárbara, da un salto al vacío con una nueva manera de trasladar a la pantalla la biografía de Barbara, una chanteuse francesa que consiguió convertirse en referente de una nueva generación de cantantes, dentro del movimiento Nouvelle Chanson. La forma, romper el artificio en la propia ficción proyectada ante el espectador y convertir la obra en un ejercicio metalingüístico, donde el director enseña las tripas de su adaptación de la vida de la cantante, su obsesión hacía ella y los motivos por los que realiza la obra. 






No es casualidad que el primer plano de una obra tan interesante en principio, como irregular en su resultado final, nos descubra el reflejo en la superficie del piano de la cantante: original y representación. Un juego de espejos que oscila entre lo memorable -la interpretación de Jeanne Balibar- y lo repetitivo, una vez el truco es presentado sin trampa ni cartón ante el espectador, Amalric, al igual que su representación en el filme, no sabe transmitir al espectador aquello que está intentando formular a través de sus imágenes, quedando un filme irregular que no se define ni como ejercicio metalingüístico, ni como biopic, ni como reflejo de las obsesiones del creador, finalmente fallando en cada una de sus partes.

18 de febrero de 2018

Dark Nights Metal 4 de Snyder y Capullo y Dark Nights: Hawkman Found de Lemire y Hitch






Tras un mes de sequía en la serie regular del mejor evento superheróico -al menos por el momento- que ha salido de la factoría de DC Comics en estos últimos años, llegan a las librerías dos ejemplares de la misma: El cuarto ejemplar de la serie central y un número especial, dedicado al desaparecido Hawkman, que junto a Batman, son las principales piezas del evento. 






En relación a la serie central, Snyder de nuevo voltea lo que el lector conoce del universo DC, adentrándose hasta el fondo de su mitología, consiguiendo, con otra pirueta que en manos menos capaces acabaría en el fondo de las buenas intenciones malogradas, sorprender de nuevo al lector con su puesta a punto del origen del Multiverso, El Monitor y su némesis el Antimonitor, entremezclándolo con el Morfeo salido de la brillante mente de Neil Gaiman. 






Si este acontecimiento presenciado por los dos iconos de DC llena la gran parte del ejemplar, el resto sirve para que Snyder, acompañado por un muy inspirado Greg Capullo, esboze las múltiples líneas paralelas formadas por un conjunto de team-ups que le sirven de nuevo a Snyder para demostrar las grandes posibilidades que el universo DC sigue atesorando en su interior. Solo hacía falta un escritor con talento e imaginación. Scott Snyder ha demostrado que las tiene. 






En cambio, Jeff Lemire y Bryan Hitch no están muy inspirados en el especial Hawkman Found, que como el anteriormente dedicado al hombre murciélago, Batman Lost, no son meros tie-ins, sino que son fundamentales para entender la historia central. Lemire entrega un tebeo que se apoya demasiado en el anteriormente espectacular Hitch, que cada día está menos inspirado y más vago, para contarnos que ha ocurrido con Carter Hall tras su desaparición y su sorprendente aparición al final del cuarto ejemplar de Dark Nights Metal, sin conseguir transmitir la epicidad, misterio y magia que por ejemplo Batman Lost o cualquiera de los ejemplares aparecidos de Metal, en un tebeo importante para la lectura del evento, pero artísticamente prescindible.

16 de febrero de 2018

La forma del agua de Guillermo del Toro: Fallida alegoría política bajo la forma de un cuento de hadas




















Los monstruos en el mundo real existen. Pero no son iguales que los monstruos de la ficción. Quizá si lo sean cuando se es un niño -más como mecanismo de defensa que otra cosa- para poder mantener una visión inocente de un mundo que no lo es tal. Así lo vislumbró Guillermo del Toro en su excelente El laberinto del fauno(2006), una película que guarda muchos parecidos con esta La forma del agua (The Shape of the Water, 2017) que nos ocupa. 










El laberinto del fauno, continuación apócrifa de ese estimable El espinazo del diablo (2001), se servía del relato de horror gótico para enseñar al espectador los horrores del totalitarismo en una España presa de la dictadura de Francisco Franco. A través de los ojos de una niña, el relato -que mezclaba ficción y realidad- nos presentaba a unos personajes que en otro momento -el villano unidimensional protagonizado por Eduardo Noriega en El espinazo del diablo- serían mera caricatura o sátira, representado en el personaje interpretado por Sergi López. 










En La forma del agua, Del Toro nos habla de la nueva era de las tinieblas que viven los Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump -al igual que Spielberg nos habla de la era Nixon para lo mismo en su excelente Los archivos del pentágono (The Post, 2017)- a través de la américa paranóica del senador McCarthy, su caza de brujas y el miedo al comunismo y al terror “rojo”. Del Toro, partiendo de una de las cult movies más míticas de ese período histórico -La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954, Jack Arnold)- nos enseña una américa donde el diferente, ya sea por raza, sexualidad, pensamiento o especie es perseguido y reprimido, mientras los wasp, representado en el tan histriónico como carismático personaje interpretado por Michael Shannon, viven un sueño americano que solo lo es en la superficie. 










El problema, que Del Toro no tiene las habilidades para ir más allá de un estimable discurso y que sus intentos de satirizar quedan muy por debajo de aquello que pretende denunciar. Y así, este relato de amor entre dos outsiders, queda dilapidado por un guión algo peregrino, donde la por otra parte fastuosa puesta en escena de Del Toro, comienza a convertirse en un deja vú constante, en una película manierista -esa excelente pero caprichosa huída al cine musical- y donde Del Toro acaba siendo presa, al igual que el actual Tim Burton, presa de su propio estilo, algo que ya se veía venir en la correcta pero algo repetiviva, La cumbre escarlata(Crimson Peak, 2015).

13 de febrero de 2018

Guardianes de la Galaxia de Gerry Duggan: Perfecta fusión de clasicismo y modernidad


























Durante la larga y poco inspirada etapa de los Guardianes la Galaxia aparecida en los albores de Marvel Now! y que fue escrita por Brian Michael Bendis, ocurrió lo inesperado: su adaptación cinematográfica, a manos de James Gunn, fue un éxito rotundo, convirtiéndose sus personajes en ídolos más allá de sus fronteras de papel e iconos de un universo cinemático que estaba engullendo a marchas forzadas a sus contrapartidas originales. Casualmente, la marcha de Bendis y la llegada de Gerry Duggan en tareas de escritura coincidió en el tiempo -en su edición original- con la llegada de la secuela cinematográfica, una vez más, de la mano de James Gunn.






Por ello, no es extraño que Duggan haya acercado, aún más si cabe, los parecidos entre la versión original y su traslación a la gran pantalla, en un intento de acercar a nuevos lectores hacia una aproximación lo más certera posible de lo que se han encontrado en la gran pantalla. Pero más allá de esas consideraciones meramente comerciales, el acierto de Duggan -al igual que ya ocurrió en sus Imposibles Vengadores- ha sido devolver al entorno cósmico de Marvel -de la que estos Guardianes es su máximo exponente- ese aroma perdido en la etapa de Bendis.






Porque Bendis perdió la oportunidad de expandir los límites cósmicos del serial, dando vueltas alrededor de una misma idea y no sabiendo explotar un área del universo Marvel más que interesante e infravalorada, hacia entornos donde el creador de Jessica Jones se encontraba más cómodo. Por lo que Duggan arranca su etapa con unos Guardianes en su momento más bajo, a punto de la disolución y que van a hacer un último trabajo para seguir cada uno con sus vidas. Y lo que parece un mero trámite, se convierte en el prólogo de un conflicto, que se retrotrae a las consecuencias, nunca bien explotadas, de las Secret Wars de Hickman, además dejando vislumbrar en un futuro cercano, lo que será el próximo gran evento Marvel, centrado en Thanos y las gemas del infinito, de la que esta vez si, Los Guardianes de la Galaxia tendrán mucho que decir.






Este primer capítulo de esta nueva etapa de los personajes se ha dividido en doce entregas quincenales, donde Duggan ha sabido equilibrar -saltando atrás y delante en el tiempo de una manera completamente orgánica- la trama principal, junto con episodios centrados en cada uno de los protagonistas de la función. Gráficamente, esto también ha servido para darle un respiro a Aaron Kuder, un artista con claras influencias de Frank Quitely mezclado con Kevin Maguire, que ha podido descansar de las responsabilidades de una serie regular con cadencia quincenal, gracias al trabajo de autores tan interesantes como Frazer Irving, Greg Smallwood o Chris Samnee, por citar a unos pocos, cuyo estilo ha servido también para demostrar la versatilidad narrativa y tonal tanto de Duggan como del serial.








Por lo que habrá que seguir con atención esta nueva encarnación de los Guardianes de la Galaxia. Un título que más allá del legado de Bendis y las influencias de su versión cinematográfica, ha conseguido convertirse en tan solo doce ejemplares, no solo en una de las series regulares imprescindibles de la actualidad marveliana, sino en un tebeo cuya humildad va pareja a un clasicismo modernizado que demuestra el camino que debe seguir la editorial para devolver la fe en un universo, que salvo casos puntuales, se encontraba en una crisis creativa y editorial ligeramente alarmante.

11 de febrero de 2018

The Florida Project de Sean Baker: Reflejos y realidades del sueño americano





















Disneyworld. La quintaesencia del american dream y el lugar aspiracional de una América que sigue persiguiendo un ideal inalcanzable, aunque todo lo que les rodea sea un lodazal del que no se puede escapar. Esa idea, se convierte en algo tangible en The Florida Project, el nuevo largometraje de Sean Baker tras Tangerine. Una obra donde la mirada inocente e infantil de unos niños que viven en unos hostales colindantes al Disneyworld del estado de Florida, le sirve al autor para entregar al espectador un drama sin moralejas.






Ese mundo infantil de niños pertenecientes a familias destruidas, navegan por un universo donde los adultos que les rodean tampoco les sirven como agarraderas emocionales para avanzar en una vida adulta que se les escapa de las manos. Pero en cambio, como el sueño americano, viven su desgracia no comprendida, al menos conscientemente, rodeados y embaucados por un mundo de colores chillones, que intentan reflejar sin éxito, las luces y supuesta felicidad del famoso parque de atracciones, tan artificial y falso como esa vida que aspiran a vivir.








Baker, a través de largos planos que acompañan a sus protagonistas casi de la mano y un libreto que no sigue las estructuras clásicas de la narración convencional, le sirve para plasmar un universo adulto degradado y pesimista, que al igual que Verano 1993 de Carla Simón, no está ausente de dureza, pero presentándose desde una perspectiva que no busca el sensacionalismo barato y sugiriendo a través de la puesta en escena, una gama cromática que le sirve para diferenciar y potenciar el enorme plantel de un mini universo donde los simulacros de lo real ahogan a unos individuos representados como si fueran pequeñas miniaturas que deambulan sin orden ni concierto entre todo aquello que se vendió como el sueño americano y del que solo queda una réplica de todo a cien.

9 de febrero de 2018

Wonder Woman de George Perez 2 (de 2): Estimable final de etapa como autor completo





















Si hubiera que definir la etapa de George Perez en Wonder Woman -y donde este volumen concluye su labor como autor completo- sería humana e inocente. Porque Diana mira al mundo de los hombres- e igual el lector- a través de unos ojos que no han conocido el mal, la miseria o la mezquindad. Es por ello que quizá el relato más interesante de este segundo recopilatorio sea “¿Quién mató a Mindy Meyer?”






Si ya habíamos vislumbrado que el personaje de Meyer -publicista de éxito y relaciones públicas de Diana- no era todo luces y si muchas sombras, en este episodio auto-conclusivo, Perez se atreve a llevar el relato a zonas grises que los tebeos de los 80 -a no ser que fueran Suggested for Mature Readers- no se habrían atrevido a llegar, al igual que en la historia de origen de las amazonas donde Hércules violaba a la madre de Diana, correspondiente al primer ejemplar de esta etapa.






Ese equilibrio entre lo mitológico y lo humano es quizás el mayor valor de la etapa Perez, representado en los personajes de Julia Kapatelis y su hija, tan o más protagonistas que la propia Diana. Eso no quita para que el componente fantástico y mitológico quede más que bien representado en relatos como el de la introducción de Circe, el exilio de los Dioses o la caída en desgracia de Hermes.








Quizá el mayor pero que se le podría achacar a Perez en su labor como guionista es su excesiva farragosidad en algunos pasajes. Un defecto que lógicamente proviene de su escasa experiencia como guionista, sin la ayuda de Len Wein, como ocurría en los primeros ejemplares de su etapa. Pero eso no empaña un trabajo que consiguió ofrecer un mundo compacto para un personaje que era más icono que personaje de ficción y que entre la salida de Marston en los años 40 y la llegada de Perez a mediados de los 80, había languidecido en las estanterías, sin que ningún autor supiera que hacer con ella. Sin olvidar que Perez se atrevió en los años 80, a entregar quizá el primer tebeo feminista mainstream, con perdón de los personajes femeninos de la Patrulla X de Claremont.

7 de febrero de 2018

El Hilo Invisible de Paul Thomas Anderson: Fascinante ejercicio de glamour gótico
























Paul Thomas Anderson ha conseguido, con tan solo ocho películas, convertirse en uno de los autores con mayúsculas del cine de la actualidad, además de convertir cada uno de sus estrenos en cita inexcusable para todo amante de la narrativa cinematográfica. Cineasta inusual, cuya evolución pasó de excelentes trabajos reminiscentes de Scorsese o Altman, a autor con voz propia y estilo característico a partir del nuevo siglo con títulos tan sugerentes como The Master o Puro Vicio, donde el género le ha servido a Anderson para crear un corpus cinematográfico completamente personal.






Y tras su repaso a la reciente historia americana, Anderson se traslada a la Inglaterra de los años 50 y al mundo de la moda, encarnado en un reflejo de Balenciaga y otros modistos de la época. Pero no nos equivoquemos. El mundo de la moda, su glamour y su elegancia, al igual que la puesta en escena, es solo una excusa para adentrarnos en un relato con tintes de terror gótico, encubierto como historia de amor. Porque la relación entre el traumatizado modisto interpretado por un contenido y brillante Daniel Day Lewis y su musa Alma, es representado ante una puesta en escena, donde el equilibrio, las simetrías visuales y el ritmo pausado y estable de la narración corre en paralelo a la ebullición interna de unos personajes impregnados de oscuros secretos y traumas y rodeados de relaciones de dependencia malsanas que van atrapando tanto a sus cuerpos y mentes, como a los espectadores, en una telaraña tan serena y apacible, que solo cuando es demasiado tarde, pueden darse cuenta, tanto personajes como espectadores, que ya no pueden huir de ella.






Anderson, con una bella que no preciosista puesta en escena, bebe de un sinfín de referencias cinéfilas, pero sin caer en el burdo homenaje, consiguiendo que sean estímulos y reverberaciones, más que guiños y necesidades, dotando a su obra de un aura fantasmagóricamente bella, tan delicada como peligrosa. Una obra que solo tras caer seducido ante ella y con el paso de las horas y los días, descubrirá a su espectador embaucado, que todavía no ha sido capaz de escapar de su hechizo.

5 de febrero de 2018

Generaciones de Vv.Aa.: Un buen ejemplo de las luces y las sombras de la Marvel actual




El desarrollo y final de Imperio Secreto, el último macroevento del universo Marvel, ha demostrado, tanto en su ejecución como en su conclusión, que este mundo de ficción necesita reenfocarse y olvidar en algunos aspectos esa contemporaneidad tan pesimista que lo ha caracterizado en los últimos años. Cierto es que la Civil War de Mark Millar fue una propuesta atrevida y arriesgada en el momento de su aparición en el mercado, pero el aficionado tiene un límite en el número de veces que sus anteriormente heróicos protagonistas pueden enfrentarse entre ellos por diferencias ideológicas, sobre todo en el último año, donde tres eventos han partido de la misma premisa, con escasas diferencias entre ellos. 




De ahí parte Marvel Legacy, el nuevo arranque del universo Marvel, que quiere aunar tradición y modernidad y dar un paso adelante de un universo que su problema no ha sido solo el estancamiento, sino la sensación de intrascendencia de un presente que ni la propia editorial ha confiado en él, de ahí sus múltiples puntos de partida. Pero si algo hay que aplaudirle a la editorial ha sido su exitoso salto generacional, mal que les pese a algunos, con algunos de los mejores personajes que ha creado la editorial en toda su historia, reflejado en Miles Morales, Kamala Khan, la joven Jean Grey o Laura, la heredera de Lobezno. 





Y así, como si unas Secret Wars fueran, los herederos de los grandes iconos desaparecían en el último ejemplar de Imperio Secreto, para reaparecer en la viñeta siguiente, dejando la sensación en el lector, de que una nueva luz les había alumbrado el camino, dejando atrás las tinieblas que había formado el Capi Hydra, Tony Stark o Carol Danvers. Ese impass en el tiempo es lo que cuenta Generaciones, diez one-shots publicados a lo largo de dos meses -durante la finalización de Imperio Secreto y la publicación de Marvel Legacy One-Shot- que aquí Panini ha decidido publicar en un robusto y bello volumen en tapa dura, realzado por una doble cubierta del legendario Alex Ross, quizá el autor contemporáneo que mejor sabe sacar a la luz el componente mitológico de estos héroes de ficción. 






Por supuesto, en diez especiales de diferentes autores, la calidad es irregular, con tebeos tan poco conseguidos como el especial de la Capitana Marvel y el Capitán Marvel, o ejemplares correctos pero sin nada que destacar, como el dedicado a los Ojos de Halcón o los Hulk. Un punto más arriba, sin ser nada del otro mundo, serían los especiales dedicados a las Jean Grey o el emotivo reencuentro entre Logan y Laura, sobre todo por el dinámico arte de Ramón Rosanas. 






En cambio, la cosa comienza a mejorar con el especial de Jane Foster y Odinson realizado por el guionista del título en la actualidad, Jason Aaron, sobre todo sus páginas finales, que enlazan con esos Vengadores de la Prehistoria que se ha sacado de la manga, con excelente acierto, Jason Aaron. Lo mismo decir de los dos ejemplares guionizados por un inspirado Brian Michael Bendis. El de los Iron Man, dedicado a plantearnos un fascinante futuro que ojalá llegara algún día para el Universo Marvel y otro, dedicado a los Spidermen, que entronca con el pasado clásico de la editorial con ese encuentro de Miles con un joven y frágil Peter Parker de la época Ditko. Desde el punto de vista de la diversión y la cercanía con el marvel way clásico, habría que destacar el especial de Ms. Marvel donde Kamala se encuentra con una Carol Danvers editora de la revista Woman para el Daily Bugle. 






Pero la joya de la corona de este volumen la encontramos en el especial de Sam Wilson y Steve Rogers. Un tebeo que nos devuelve al mejor Nick Spencer y que le sirve para entregar un epílogo brillante para su etapa al frente del Capitán América, donde de nuevo demuestra su habilidad para entregar ejercicios de retrocontinuidad y mezclar pasado y futuro de manera brillante, reivindicando al verdadero Capitán América de su etapa, que no es otro que Sam Wilson. 






En conjunto, un buen intento por parte de Marvel de reunificar presente y pasado, pero que choca con los diferentes talentos de la Marvel actual. Estos especiales demuestran que dentro de la editorial hay conceptos, tanto pasados y presentes, que en manos de profesionales capacitados, como Bendis, Aaron o Spencer, que no importa realmente si miran hacia el futuro o evocan un pasado que ya no volverá, sino que se puede confiar en el aquí y el ahora. 



1 de febrero de 2018

Doomsday Clock 2 de Geoff Johns y Gary Frank: de la obra autoconclusiva al serial infinito




















Tras un primer ejemplar que planteaba y mostraba sin pudor el atrevimiento u osadía, dependiendo del punto de vista de aquel que lo mire, de DC, Johns y Frank de emular no solo narrativa y gráficamente, sino también conceptualmente, una obra tan única e importante como Watchmen de Moore y Gibbons, nos adentramos en un segundo ejemplar que continúa demostrando la habilidad de Johns y Frank para entregar un más que atractivo tebeo de superhéroes y a su vez, un fan fiction de la obra de Moore y Gibbons.






Watchmen es un tebeo que solo puede entenderse como obra cerrada. Un trabajo de orfebrería que Moore y Gibbons elaboraron cual ingenieros, que cerraba 50 años de un género, demoliendo sus cimientos y que servía como coda del mismo. Otra cosa es que su recibimiento, su éxito y su legado fuera malinterpretado por una gran parte de lectores, autores e industria, como podemos seguir observando treinta años después de su publicación.





Este segundo ejemplar ahonda en ese esquizoide punto de vista que ha tomado este gran evento DC, que afecta tanto a la obra en si, como al lector que la lee. Johns y Frank mimetizan de nuevo a la perfección la estructura de la obra original, entregando además una versión watchmeniana de Harley Quinn y el Joker en el proceso, más como juego interno, que como una reflexión del medio, además de reunir ya por primera vez a algunos de los personajes creados por Moore y Gibbons con sus contrapartidas del universo DC. El lector se encuentra en la tesitura del voyeur que no puede parar de mirar aquello que plantean los autores, por el puro morbo de ser testigos de hacia donde va a continuar el sacrilegio, mientras en su interior su mente lucha por comprender como tamaña herejía puede ser tan entretenida.








Por supuesto, el segundo ejemplar termina con un cliffhanger que remueve y revuelve el concepto de la obra original, convirtiendo lo que fue un trabajo fundamental en el principio de un serial que se basa no en el fondo que subyacía en la obra original, sino quedándose en los aspectos superficiales de la misma. Quién mató al Comediante era el mcguffin que servía meramente para ahondar en las interioridades de un género. Ahora, “¿Dónde está el Doctor Manhattan?” se convierte en un fin por si mismo. No busquemos coincidencias de esta secuela apócrifa de Watchmen más allá de sus reflejos formales. Su intencionalidad, tanto autoral como comercial son bien distintas. Y comprendiendo y aceptando esto, podrá ser disfrutada como lo que es.
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