30 de enero de 2018

Molly's Game de Aaron Sorkin: Estimable pero moralizante ópera prima























El primer trabajo como realizador de Aaron Sorkin, uno de los guionistas más prestigiosos del cine actual, dramaturgo de origen y responsable de guiones tan excelsos como el de La Red Social de David Fincher, sorprende en su traspaso tras las cámaras, demostrando una habilidad más que para la puesta en escena e imprimir de un toque personal su mirada, en la labor de un montaje vibrante que entrega a la obra un ritmo, por lo menos en sus dos primeros actos, endiablado.






La historia real de Molly Bloom -una ex-atleta y niña prodigio que abandonó todo por hacerse a si misma desarrollando timbas ilegales de poker entre la flor y nata de Hollywood, empresarios de éxito y mafiosos rusos- le sirve a Sorkin de excusa para entregar un trabajo, que más allá del ruido y las luces del exceso que atrapa al espectador en sus primeros compases, gracias de nuevo a un excelente trabajo de montaje que representa la agilidad y el ritmo endiablado de la mente de una Molly Bloom espléndidamente representada por una soberbia y atractiva Jessica Chastain, nos habla sobre la difícil relación entre padres e hijos y las consecuencias de ello.








Es ahí quizás donde la película tropieza en hueso. Porque si su relación con el que es su nueva figura paterna, el abogado interpretado por Idris Elba, entrega los mejores momentos del Sorkin guionista, con diálogos ágiles y certeros, la relación con su padre biológico, interpretado por un Costner que se está habituando a su papel como padre castrante, no es resuelto con la brillantez esperada y nos entrega al Sorkin más dogmatizante. Ese es el gran error de la obra, al aleccionarnos Sorkin en su último acto y no dejando al espectador que los matices y las interpretaciones salgan del propio espectador, como si hicieron Sorkin y Fincher en la magistral La Red Social. Esto provoca a su vez, que el ritmo de la obra languidezca en sus compases finales, no consiguiendo rematar un trabajo que hasta ese momento podía calificarse de sobresaliente.

27 de enero de 2018

X-Men Grand Design de Ed Piskor: Reformulando narrativa y formalmente el universo mutante






















La Patrulla X siempre fue un tebeo de superhéroes alternativo, al menos desde el punto de vista del mainstream. En su primera aparición en los años 60, dentro de una hornada de iconos creados por Stan Lee y Jack Kirby, los hijos del átomo fueron una rara avis dentro de la génesis de iconos como Los 4 Fantásticos, Spiderman, Hulk o Los Vengadores. Cancelados tras 66 ejemplares y traídos de vuelta una década después -esta vez con gran éxito- de la mano de Len Wein, Dave Cockrum y sobre todo Chris Claremont, los homo superiores del universo Marvel se convirtieron en un tebeo que se atrevía a ahondar en el racismo y la intolerancia, a través de un serial donde los sentimientos, las emociones y las relaciones, eran casi más importantes que sus épicas batallas.






Convertidos en el tebeo más vendido de los años 80 y parte de los 90, los mutantes llevan 50 años de historia, donde las incoherencias editoriales y autorales hacen muy complicado el concatenar unas historias con otras y poder aparentar una verdadera sucesión de continuidad. Es ahí donde entra un autor tan ajeno a Marvel Comics como podría ser Ed Piskor.






Ed Piskor, autor proveniente del cómic alternativo y underground, heredero y admirador de autores como Robert Crumb o Harvey Pekar, fue también en su infancia seguidor de los superhéroes Marvel, en especial de Spiderman. Pero Piskor no solo admira a los padres del cómic alternativo o los superhéroes made in Kirby, sino como buen autor posmoderno, sus influencias también se encuentran en el manga, la historieta franco-belga o los grandes clásicos del cómic americano como Windsor McCay. Como bien dice el propio autor, le interesa hacer tebeos pastiche.






Acostumbrado a trabajar con un gran reparto de personajes, como atestigua su Historia del Hip-Hop publicado en cuatro partes, su siguiente tarea fue poner orden y concierto a la extensa historia de los X-Men. El resultado en esta miniserie de dos ejemplares, con futura continuación ya anunciada, es apabullante en su concreción, bello en su reformulación formal basada en los preceptos formales del cómic alternativo y fascinante en su manera de englobar pasado y presente, infinidad de autores y épocas en un todo que parece haber sido creado así de primeras.








Piskor comienza su monumental tarea a partir de los primeros 66 números que tuvo el primer volumen de los X-Men en los años 60, aunando los trabajos de Stan Lee, Arnold Drake, Roy Thomas y el trazo de autores como Kirby, Heck o Adams, apuntalando y reconfigurando las posteriores aportaciones al canon mutante de Claremont y herederos. El resultado para el lector, una obra diferente y única, que aporta nuevas texturas y sabores a unos tebeos revisitados en múltiples ocasiones con mayor o menor fortuna y que en manos de Piskor, dan la apariencia de encontrarnos frente a una historia y unos personajes novedosos y frescos, demostrando la capacidad de estos universos de ficción para mutar una y otra vez, manteniendo su universalidad pero aportando nuevos puntos de vista, por supuesto en manos de autores tan habilidosos y brillantes como Ed Piskor.

26 de enero de 2018

Call me by your name de Luca Guadagnino: De despertares sexuales y convenciones sociales





















Las pulsiones sexuales. El despertar del deseo, de la libido. El impulso irrefrenable de un deseo que no puede parar, más allá de convenciones sociales, familiares o ideológicas. De eso trata el cine de Luca Guadagnino y de eso habla en su trilogía de el deseo, que comenzó en 2009 con Yo soy el amor, continuando con Cegados por el sol en el año 2015 y culminando con Call me by your name, quizás el título donde las intenciones y los resultados del director italiano consiguen fundirse entregando su trabajo más memorable.






Y si en Yo soy el amor, el eco de Antonioni se vislumbraba a través de unos individuos encorsetados en una Milán teñida de un grisáceo invierno, contrastando con el artificial calor de una mansión familiar con ecos de Visconti y en Cegados por el sol, el entorno idílico sugería la amenaza en la sombra en un relato gótico acerca de una estrella del rock que lucha contra sus adicciones, tanto emocionales como físicas, sugiriéndonos ecos del Bertolucci de Belleza Robada, Call me by your name se sumerge en el ambiente y tono rohmeriano de su serie de las cuatro estaciones, para entregar una obra que transpira los olores, los aromas de la región italiana en la que transcurre la obra, plásticamente cercana a las sensaciones del Verano 1993 de Carla Simón, que al igual que esta, en su apariencia sencilla, oculta una obra de profundas sensaciones en el marco de una puesta en escena orgánica.






Lo que diferencia y eleva a Call me by your name sobre sus dos anteriores trabajos, es que si en la dos anteriores, Guadadigno se servía del melodrama en la primera y el thriller en la segunda, para entregar dos obras donde el deseo creaba monstruos, en este nuevo título, el deseo, el despertar sexual y el paso de la inocencia infantil a la pubertad, sin ocultar el dolor de sus personajes -asombroso el plano fijo con el que se cierra la obra- no se hunde en los caminos del melodrama, sino que representa el dolor y el sufrimiento, como parte del crecimiento personal de cada individuo.








Guadadigno, cuya mirada embellece y realza no solo el atmosférico e idílico entorno donde se desarrolla la obra, sino también a unos personajes tremendamente humanos y falibles, los cuales descubren que aquello que desean puede que no sea lo habitual y lo más común, aunque si lo más reconfortante- dentro de los estándares burgueses entre los que se mueven siempre las criaturas de Guadadigno. Pero aunque deban dejar cadáveres por el camino para alcanzar sus sueños y cumplir ese deseo irrefrenable que les paraliza la existencia, aquí los cadáveres son simbólicos y no físicos y donde al igual que de nuevo en Verano de 1993, la sensación de tragedia inmediata ronda la mente del espectador a lo largo de un metraje donde brillan con luz propia la pareja protagonista, Timothée Chalamet y Arnie Harmer, descolocan a un espectador que se deja llevar desde los primeros minutos de un metraje en la búsqueda de la identidad y la culminación de un deseo, que como en la realidad y toda la obra de Guadadigno ocurre de casualidad y cuando nadie se lo espera, rematando una obra donde la sexualidad es algo tan natural como un paseo por el parque, y donde la juventud, el deseo, el sexo y el disfrute en general de la vida, se plasma en una pantalla que no necesita de Odorama para trasladar al espectador a un entorno donde las texturas, olores y matices impregnan al público a lo largo de dos horas diez minutos que pasan como un suspiro, pero que acompañarán al público mucho tiempo después de que su visionado haya terminado.

24 de enero de 2018

Kate Bishop Ojo de Halcón: Punto de Anclaje de Thompson, Romero y Walsh: Neo-Noir Feminista




Tras pasar por múltiples y prestigiosas cabeceras de los últimos 10 años del universo Marvel -Jóvenes Vengadores de Heinsberg y Cheung u Ojo de Halcón de Fraction y Aja- Kate Bishop recoge el manto de un Clint Barton que lleva unos cuantos años sin levantar cabeza. Kate Bishop es una mujer empoderada, con capacidad de llevar por si misma el peso de un título bajo sus espaldas.






Y de las calles de Nueva York, Bishop aterriza en la soleada California, en concreto Venice Beach y la ciudad de Los Ángeles, lugar donde el género noir americano nació y que tanto influencia a este nuevo serial. No es casual que aparte de arquera, Kate Bishop haya decidido emular a la detective con mayúsculas del universo Marvel, Jessica Jones, y montar su propia agencia de detectives en el particular barrio de Venice.






Kate Bishop, la serie y el personaje, vive también del inevitable y necesario surgir de las mujeres como protagonistas absolutas de universos superheróicos que hasta la fecha eran predominantemente masculinos. Así, Kelly Thompson, la guionista de estas nuevas aventuras de Bishop, toma el relevo de otros trabajos fundamentales para entender el cómic de la última década -Ms Marvel de Wilson, Batgirl de Stewart y Tarr o el propio Ojo de Halcón de Fraction y Aja- para denunciar el abuso a las mujeres en un relato donde las mujeres pasan a convertirse de víctimas a heroínas. Todo ello envuelto en una búsqueda de los orígenes y la difícil relación paterno-filial, en un entorno de serie negra autoconsciente, plasmado gráficamente por dos autores de desigual interés, Leonardo Romero y Michael Walsh, influenciados por las tendencias del cómic alternativo que ha tomado la industria del cómic superheróico, igualmente con desigual resultado.






El problema de esta nueva Kate Bishop, es que no aporta nada nuevo a este panorama del cómic femenino con aroma indie que si que ha representado tan bien tebeos como los ya mencionados Ms Marvel o la última encarnación de Batgirl. El tebeo se deja leer con interés relativo, más por el carisma que desprende Kate Bishop que por el relato que se plantea al lector. El volumen incluye un primer arco argumental que se divide en dos partes bien diferenciadas y donde si en el primer relato, Thompson fuerza la introducción del reparto de secundarios de la colección, en el segundo, la aparición estelar de la gran Jessica Jones de Bendis, sube puntos de interés al tebeo, gracias a la magnífica química que transmiten las escenas entre las dos detectives privadas.








En definitiva, un tebeo que se deja leer con agrado, pero que no aporta nada nuevo a esta tendencia actual del tebeo de superhéroes. Leonardo Romero hace un estimable trabajo, mientras que Michael Walsh no consigue cuajar del todo, exceptuando algunas páginas brillantes como ese homenaje a Sunset Boulevard de Billy Wilder. Veremos que le depara el destino a la carismática Kate Bishop ahora que viaja sin la sombra de Clint Barton.

21 de enero de 2018

Hellblazer de Peter Milligan 3 (de 3): Un memorable final para una cabecera mítica





Tras 25 años de historias ininterrumpidas, seguir contando relatos alrededor de la figura de John Constantine era una tarea hercúlea. Sobre todo, si tus predecesores habían sido escritores como Alan Moore -el padre de la criatura-, Jamie Delano, Garth Ennis, Warren Ellis, Brian Azzarello o Mike Carey, por nombrar a unos pocos de la caterva de grandes guionistas y estrellas que pasaron por la cabecera más longeva que ha tenido la línea Vertigo.






Pero si Peter Milligan en los dos anteriores volúmenes, descubría al lector que todavía quedaba mucho que contar acerca de Constantine, este tercer volumen final no le queda a la zaga. Dividido en cuatro sagas de entre 3 y seis ejemplares de duración, más un número unitario, Milligan continúa desarrollando e impactando al lector con esa extraña relación a cuatro entre Gemma, la sobrina de Constantine mortificada por la violación del doppelganger de su propio tío, Piffy, joven esposa de Constantine e hija de Terry Greaves, mafioso y tercera pata de esta historia a cuatro, culminando con un John Constantine al que su pasado y malas decisiones le harán sufrir lo que no está escrito.






Junto a este cuarteto donde Milligan se atreve a desarrollar asuntos tales como el maltrato e incluso la sombra del incesto, el inglés se saca de la manga, pero sin perder la credibilidad un nuevo miembro de la familia Constantine, que si quizá no es la historia más redonda del volumen, aporta sangre nueva a un título, cuya reinvención constante fue la clave de su éxito.






Milligan finaliza su fructuosa y larga etapa con una historia en tres partes, donde vuelve a enfrentar a Constantine con la sombra de la muerte. Milligan consigue engañar varias veces al lector, con un desenlace que se plantea desde las primeras páginas, pero que consigue llevar por diferentes derroteros para rematarlo con una bella página homenaje al personaje y al ingente talento que ha pasado por las páginas del mismo.








El volumen de la magnífica y completa edición que ha sacado a la luz ECC, se completa con un annual del propio Milligan e ilustrado por un atmosférico Simon Bisley y una más que interesante miniserie titulada “Ciudad de Demonios”, guionizada por Si Spencer, autor de la excelente y minusvalorada The Vynil Underground e ilustrada por el emergente y brillante Sean Murphy. La primera, una historia melancólica sobre los fantasmas y los errores del pasado y la segunda, una atrevida e irónica visión hacia los terrores del siglo XXI y sus dosis de paranoia y miedo al diferente. En definitiva, un volumen final que está a la altura de lo mejor que entregó una cabecera que se merece un puesto de honor en la historia del medio.

19 de enero de 2018

Los Archivos del Pentágono de Steven Spielberg: Oda a la integridad periodística























Con una carrera que abarca más de cinco décadas, Steven Spielberg ha demostrado con creces su habilidad como director todo-terreno al que ya no se le puede clasificar en una sola definición. Lo ha conseguido, a base de tesón y trabajo duro, convirtiéndose en uno de esos pocos directores que pueden hacer aquello que le place en cada momento y donde los éxitos y fracasos acumulados a lo largo de toda su carrera ya no influyen en sus proyectos o el desarrollo de los mismos.






Y de nuevo, como ya ha hecho otras veces, ha aprovechado el final de rodaje de una de esas superproducciones revienta taquillas basada en best-seller de éxito -en esta ocasión Ready Player One- para rodar un pequeño proyecto como es Los Archivos del Pentágono. Una película fundamental, preparada, rodada y montada en tan solo seis meses.






Fundamental, porque en una sombría época donde Donald Trump ha hecho caer a América en un pozo tenebroso de totalitarismo y fundamentalismo, no existe mejor momento que echar la vista atrás. En concreto, a otro periodo de la historia americana que no dejaba vislumbrar un futuro esperanzador: Nixon, Vietnam, el principio de los años 70 previo al Watergate.






Spielberg, que consigue una pieza de cámara, rodada casi exclusivamente en interiores, dejando de lado sus grúas grandilocuentes y sus miradas al infinito, se adentra en la redacción del Washington Post y su encrucijada entre el crecimiento y la quiebra, lo que tendría que hacer y lo que moralmente está obligado a hacer. Con el espíritu de los héroes morales de Capra y el estilo del cine de Pakula como Todos los Hombres del Presidente, Spielberg deja toda la fuerza de su oda a la integridad personal y profesional en su elenco de actores, liderado por unos espléndidos y contenidos Hanks y Streep y rematado por un elenco que es un quién es quién de los mejores interpretes que han salido de los mejores seriales televisivos de la actualidad. Y si en Todos los Hombres del Presidente, el interés recaía en la reconstrucción minuciosa de la información que Woodward y Bernstein iban recopilando y que hicieron caer a un presidente, en Los Archivos del Pentágono, el interés no recae en aquello que los informes de la guerra de Vietnam incluyen, sino en la importancia del periodismo de información, que no debe nunca caer presa de entidades o instituciones.








Es tal la fuerza de aquello que respira este último trabajo del director de Munich, que incluso el score de Williams queda en un segundo plano, entregando Spielberg una película cuya fuerza está en los acerados diálogos y un montaje clásico pero frenético al mismo tiempo, que aunque en sus compases finales derive levemente hacia algunos de los excesos sensibleros de Spielberg, estos no estropean una experiencia cinematográfica tan clásica como necesaria en estos momentos donde la libertad de los medios y su responsabilidad moral son más necesarios que nunca en estos oscuros tiempos que nos ha tocado de nuevo vivir. Como decía el comienzo de otra fundamental pieza de cine político como es JFK de Oliver Stone, el pasado es prólogo.

17 de enero de 2018

El Cuarto Mundo Volumen 3 de Jack Kirby: Dando un pasado y un sentido a un inmenso universo





















En el tercer volumen recopilatorio de la tan fascinante como irregular saga de El Cuarto Mundo de Jack Kirby, la fabulosa reedición supervisada por Mark Evanier, experto en Kirby y previamente ayudante del maestro, llega a un punto clave en su historia editorial. Para empezar, el trabajo de una de las cuatro series que englobaban el Cuarto Mundo, llega a su fin. Concretamente la serie dedicada a Jimmy Olsen, quizá la serie menos redonda de las cuatro publicadas, motivado por dos razones. La primera, las injerencias editoriales al tocar Kirby dos iconos de la editorial que anquilosados en una época pasada, lo que cortaba las alas al visionario autor. En segundo lugar, y entroncando con lo anterior, la incomodidad del autor originario de Brooklyn para desarrollar historias y personajes que no eran de cosecha propia.






Pero también este volumen contiene las que quizás son las dos mejores historias de la colección. La primera, un viaje a los orígenes del Cuarto Mundo, publicada dentro de la serie Los Nuevos Dioses y que entrega un background absolutamente perfecto para la multiplicidad de conceptos que exudaban todas y cada una de las páginas de su Cuarto Mundo y que, en palabras del autor, debía haber sido publicado mucho antes, para conseguir arraigar sus ideas en una gran parte de un público que estaba perdido en una obra muy adelantada a su tiempo.






Lo mismo ocurre en Mister Miracle, que contiene otro de esos ejemplares básicos para comprender la cosmogonía de El Cuarto Mundo y que cuenta los orígenes de dos de los personajes más atractivos del universo: Scott Free y Big Barda. En cambio, el cuarto y último título en liza, The Forever People, continua su errática trayectoria, con ejemplares que saben conectar con el movimiento hippie de la época y representado en estos jóvenes de Nueva Génesis que representan el futuro de la humanidad, por supuesto desde el punto de vista de la época, junto con otros que sin considerarse malos, lastran la historia que Kirby quería contar. Es el caso de la historia en dos partes, donde los jóvenes rebeldes de Nueva Génesis se encuentran con Deadman, el personaje creado por Arnold Drake y popularizado por un Neal Adams en los inicios de su carrera. De nuevo, Kirby, que no sabía decir que no a los mandatos editoriales, sufría por dentro el tener que trabajar con personajes ajenos con los que no sentía ninguna conexión.








En cuanto a la edición, de nuevo un ejemplo perfecto de restauración y diseño, donde el espíritu y el alma de Kirby se respira en cada página, junto a artículos previos y posteriores a la lectura de las historias, que complementan y alimentan aquello que Kirby lanzaba al lector en gloriosa cuatricomía.

15 de enero de 2018

Batman Creature of the Night de Kurt Busiek y John Paul Leon: Cuando la vida imita al arte y viceversa

En el año 2004, Kurt Busiek y un primerizo Stuart Inmonen, sacaron a la luz Superman Identidad Secreta. Una miniserie en cuatro volúmenes prestigio, donde los autores consiguieron hasta el momento el mejor trabajo de su carrera. La premisa, audaz y original, era reconstruir el mito de El Hombre de Acero -narrado y reinventado una y otra vez- y convertirlo en algo nuevo y fresco. La manera, un ejercicio donde los límites entre realidad y ficción se fusionaban y donde el personaje de la historieta veía reflejada su vida y el personaje, sus orígenes, desde dentro de las páginas del tebeo.






Ahora, trece años después, Kurt Busiek -esta vez sin Stuart Inmonen, pero con un atmosférico John Paul Leon- trata con gran éxito de reinventar el otro gran origen e icono del mundo del cómic. El resultado, con solo dos ejemplares (de cuatro), editados hasta el momento, es de nuevo magistral. Porque, ¿cuántas veces hemos visto o leído los orígenes del Hombre Murciélago? Y pocas veces, tras la lectura de estos dos primeros volúmenes de la miniserie, se ha hecho con tanta frescura, originalidad y talento.





Busiek narra la historia de un chico obsesionado con el personaje creado por Kane y Finger, y que por casualidades de la vida, vive el mismo via crucis que el huérfano millonario de Gotham. Así, tras la tragedia, este Bruce del mundo real, comienza a vivir una vida similar a la del personaje de las viñetas, con la diferencia de que comienza a recibir las visitas de un espectro con forma de murciélago al que tanto el protagonista de la historia, como el lector, duda de su verdadera existencia.







En paralelo, Busiek y Leon entregan página tras página que pueden situarse entre las mejores entre cientos de miles de páginas dedicadas al personaje, en un tebeo que se disfruta, tanto por la nueva historia que nos está contando, como por los miles de detalles y guiños que el historiador que es Busiek, integra en las páginas del tebeo, reproducidas con elegancia y atmósfera, por un autor tan brillante y tan poco valorado como es John Paul Leon.

13 de enero de 2018

The Disaster Artist de James Franco: Tragicómica oda a los perdedores




















¿Dónde está la frontera entre el genio y el excéntrico?¿Quién decide la genialidad?¿Puede un autor proteger aquello que quiere expresar, o es esclavo de la recepción del público? Todas y cada una de estas cuestiones son planteadas en The Disaster Artist, dirigida y protagonizada por James Franco, que al igual que el Ed Wood de Tim Burton, entrega una carta de amor hacia el negocio del arte y el cine, describiendo el tortuoso camino de otro “peor” director de la historia del cine.






Tommy Wiseau -la figura protagonista del biopic. estrenó en el año 2003 la película The Room, dirigida, escrita, protagonizada y producida por él. Un despropósito, que como le ocurrió en los años 50 a Ed Wood, acabó convirtiéndole de hazmerreír de la industria, a objeto de culto en sesiones de medianoche para cinéfilos con gusto por el trash. La película de Franco, rodada con un estilo documental, nos muestra sin juicios de valor, la travesía por el desierto de dos amigos, de dos outsiders de una industria que no les acepta, la posibilidad de crear de cero su sueño, quizá algo más importante que el éxito y el reconocimiento.






James Franco y su hermano Dave, interpretan a Wiseau y Greg, dos parias del Hollywood de los 90, con más ganas que talento, que pretenden convertirse en alguien en la ciudad de las estrellas. El primero, en un auteur. El segundo, más preocupado de ser una estrella. Una pareja que de nuevo guarda parecidos con la formada por Ed Wood y Bela Lugosi en la película de Burton. Y si Depp y Landau bordaban sus interpretaciones, lo mismo puede decirse de los hermanos Franco, sobre todo de James, que consigue un asombroso trabajo al transformarse tanto interpretativa como físicamente en ese nuevo Ed Wood que es Tommy Wiseau.





Franco disecciona, al igual que Burton, la meca del cine, transformando formalmente la película en una radiografía del Hollywood de finales de los 90, pero sobre todo cargando las tintas en la tragicómica vida y amistad entre dos individuos que se dejaron cegar por los neones de Hollywood, uno queriendo convertirse en un nuevo Orson Welles y el otro creyendo que las leyendas como James Dean nacen únicamente deseándolo.








Canto a los perdedores, pero también a los soñadores, Franco mima a sus criaturas, entregando pequeños momentos intimistas, donde el espectador es capaz de entender que aunque patéticos y risibles, tanto los protagonistas como su intento de proeza, merecen la pena ser reconocidos. De nuevo, como nos mostraba con emoción y acierto Tim Burton en Ed Wood, entre el genio (Welles) y el excéntrico (Wood) existe una delgada línea en la que a veces, es difícil encontrar la diferencia.

11 de enero de 2018

Marvel Legacy de Jason Aaron, Esad Ribic y VV.AA.: Intentando devolver el brillo al universo Marvel




Si hay algo que se le debe achacar al universo Marvel actual es, quitando casos puntuales, la intención de crear historias que pasen a la posteridad. El motivo: decisiones editoriales que acometen reinicios y nuevos puntos de partida cada nueve meses/un año y que no permiten desarrollar conceptos a priori interesantes, pero que quedan dilapidados por pasos atrás y nuevos comienzos que tienen la misma fecha de caducidad que los que les precedieron. 






Y así lleva el universo Marvel muchos años. Iniciativas, Edades Heróicas, Marvel Now, All New Marvel Now…. y así hasta el infinito. Y han habido muy buenos tebeos, muy buenos puntos de partida y muy buenos equipos creativos, pero al final todo ha quedado en agua de borrajas, con los tan repetidos coitus interruptus narrativos y editoriales, cuya única razón de ser ha sido entregar nuevos números uno, e intentar inundar el mercado para acabar con una competencia que hacía exactamente lo mismo. 






Pero el mercado ha hablado y a Marvel no le van tan bien las cosas como hace 10 años, al menos en su sector de las viñetas. Parece que al mirar atrás, en apariencia se han dado cuenta, que los tebeos que mejor han funcionado, han sido aquellos que no han recibido vaivenes editoriales cada nueve meses. Y el mejor ejemplo de esto ha sido el Thor de Jason Aaron, en una etapa que lleva ya más de cinco años y que quizá sea la mejor serie regular que ha tenido el universo Marvel en estos tiempos editoriales convulsos. 






Por lo tanto, quien mejor que Aaron -autor que sabe aunar riesgo, modernidad y respeto por los clásicos- para dar comienzo a un nuevo punto de partida que mire al futuro, pero con la intención de crear clásicos perdurables y no meros artefactos de mercadotecnia. Y así, Aaron plantea en las cinco primeras páginas de este nuevo punto de partida, uno de los conceptos más atrevidos, originales e interesantes de los últimos tiempos Marvelianos: Los Vengadores de la Prehistoria. Un equipo, del que no desvelaré sus integrantes, pero cuyas raíces provienen de la mitología más ancestral del universo Marvel y que abarca los distintos géneros que la Casa de las Ideas ha tocado a lo largo de más de seis décadas. 






Este especial denominado Alpha, no se queda solo en eso, sino que plantea, como todo especial de arranque de nueva etapa, pequeños fragmentos de aquello que les espera a los lectores en los próximos meses. Resurrecciones, búsquedas de los orígenes del universo editorial, preponderancia de personajes secundarios u olvidados que se sitúan en primera línea del frente y en conjunto, una sensación de trascendencia e importancia que da pie a buenas sensaciones para este Legacy. 






Por supuesto, esto solo es un especial y un punto de partida atractivo. El resultado final lo veremos en la caterva de equipos creativos y editoriales que se harán cargo de cada uno de los títulos de una Marvel que necesita entregar de nuevo, el tipo de historias que hacen vibrar y emocionar a sus fieles lectores para que cada mes vayan a la búsqueda de su nueva dosis a las librerías especializadas. Eso lo conseguirán no solo con grandes historias, sino con grandes editores que sepan desarrollar estas historias y no se quede en un evento estacional que explota en sus primeros ejemplares y acaba languideciendo en los últimos, sino en tebeos que creen afición y que el paso de los años los convierta en leyendas. Esa es la única manera de construir un legado.











9 de enero de 2018

Perfectos Desconocidos: Un De La Iglesia menor























Escasos ocho meses después del estreno de El Bar -uno de los trabajos más equilibrados de De La Iglesia en relación a sus pretensiones, ambiciones y resultados- llega Perfectos Desconocidos, un nuevo trabajo producido por la maquinaria mercadotécnica de Mediaset y que está convirtiéndose en uno de los mayores éxitos del director, puede que el mayor desde La Comunidad.






Si en El Bar, Alex de la Iglesia diseccionaba la mezquindad humana en un entorno cotidiano y de extraños, que se transformaba en una absoluta pesadilla que daba lugar a la aparición de lo que todos esconden bajo una superficie civilizada, aquí el experimento se convierte en una humilde y pequeña pieza de cámara, donde el móvil, el fin de la privacidad y las mentiras, se plasma en un grupo de amigos de la infancia, que llevan una adultez repleta de hipocresía y falsa felicidad, cuyo epicentro se plasma en esos aparatos que han esclavizado a la mayor parte del mundo civilizado, caja de pandora de los secretos más vergonzosos de la intimidad humana.





De La Iglesia saca el mejor partido de algunas de las caras más conocidas del star system español, como Ernesto Alterio, Belén Rueda, Pepón Nieto o Eduardo Noriega, a través de la exageración de los rasgos que el público mayoritario conoce de ellos y con los que han construido dichos intérpretes su carrera artística, creando una sensación de falsa seguridad al espectador medio, reforzado por una puesta en escena que evita los geniales excesos del director y que como resultado es capaz de alcanzar a una mayor parte de los espectadores posibles, espantados en muchos casos, con trabajos más rompedores como Balada Triste de Trompeta. El problema, que De la Iglesia, aunque en algunos momentos mantiene su conocida mala baba y su visión pesimista de la condición humana, no consigue en su acto final llevar al extremo su particular punto de partida, entregando una resolución que puede descolocar al público general y dejar insatisfecho a sus incondicionales, máxime cuando de nuevo introduce su obsesión del fin del mundo global, en paralelo a la descomposición de un entorno privado, que esta vez nunca llega a casar o integrarse en la trama principal.








Por lo que estos Perfectos Desconocidos se acaba convirtiendo en un correcto trabajo menor en la carrera del cineasta. Un juguete que no será recordado como una de las cumbres de su excelente carrera, pero cuyo rédito comercial le permitirá al cineasta seguir acometiendo sus proyectos más arriesgados y costosos y que lamentablemente, debido a su visión tan personal y desgarradora, en los últimos años no han conseguido llegar a una gran mayoría del público, como si lo consiguieron en su momento, títulos como El Día de la Bestia o La Comunidad.
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