23 de marzo de 2018

El Guantelete del Infinito de Jim Starlin, George Perez y Ron Lim: Épica lisérgica






















La aparición en el año 1991 de un tebeo como El guantelete del infinito (Infinity Gauntlet, 1991) podría considerarse casi un milagro si echamos un vistazo al material que la editorial publicaba por aquel entonces. Sus series estrellas del momento eran las relacionadas con la franquicia mutante y arácnida. Fue el año de los récords de ventas, tan estratosféricos como engañosos. El año de los X-Men de Jim Lee, Los X-Force de Rob Liefeld y el Spiderman de Todd McFarlane. Pero Marvel decidió que su gran aventura y evento anual fuera la reacción, algo tardía en el tiempo, de lo que pudo suponer Crisis en tierras infinitas para el universo DC seis años antes. El guionista encargado de la misma era el ya clásico Jim Starlin, que llevaba un tiempo devolviendo, en la serie regular de Silver Surfer, la parcela cósmica a este universo de ficción, tan olvidada desde su marcha en los años 70 de la editorial, época en la que creó todos los conceptos bigger than life que siguen siendo tan relevantes en la actualidad. 





El otro autor que volvía a la editorial tras una década gloriosa en la Distinguida Competencia fue George Perez, el autor perfecto del cómic de superhéroes de grandes masas, capaz de dibujar en una sola viñeta casi cientos de personajes, con una planificación tan épica como meticulosa. No es casualidad que Marvel quisiera al dibujante de la ya mencionada Crisis para un evento que prometía espectacularidad y grandeza. Pero este El guantelete del infinito escondía una carta debajo de la manga, en concreto la de Jim Starlin. Aunque el recuerdo y la publicidad de la época, al igual que la adaptación parcial de la misma de la que seremos testigos en un mes con Vengadores:La guerra del infinito (Avengers Infinity War, 2018), prometiera la reunión de los más grandes héroes de la tierra contra una amenaza imbatible, Thanos el titán loco, los superhéroes más icónicos y famosos de la editorial no eran los verdaderos protagonistas del asunto. 





La realidad es que Thanos y su periferia son los verdaderos protagonistas del relato. Los héroes Marvel nunca han sido tan vilipendiados como en este trabajo de Starlin. Son mera carne de cañón que protagonizan una fastuosa batalla contra Thanos en el ecuador de la miniserie, pero nada más que eso. El conflicto, como no puede ser de otra manera en manos de Starlin, tiene una escala que va más allá del continuo espacio tiempo. Es quizás por eso que El guantelete del infinito sea un título tan recordado en su calidad de gran evento multitudinario. Porque era y sigue siendo una rara avis, donde el villano se convierte en una especie de antihéroe, además de protagonista absoluto de la función. Un villano con la debilidad más grande que puede tener cualquier personaje, el amor obsesivo. En este caso hacia su adorada Muerte. Pero esto es lo que hace también tan interesante y shakesperiano a un personaje como Thanos. Y es por eso que la escala de la obra, cósmica y grandilocuente, sobre todo a través de los lápices primero de Perez y luego de un esforzado pero irregular Ron Lim, pone los pies en la tierra, gracias a esas inquietudes internas de Thanos. Es posible que el lector se sienta atraído en un primer vistazo a esta obra ya clásica dentro de la cosmogonía del universo Marvel, por su atractivo superficial de gran evento. Pero quedará prendado, no solo por la escala de este y sus visiones lisérgicas del origen del universo, sino sobre todo por la dual personalidad de un gran villano y personaje como es Thanos.

21 de marzo de 2018

The Divided States of Hysteria de Howard Chaykin: Una obra visceral y descarnada
























Howard Chaykin parece querer ver el mundo arder. O por lo menos, el revolucionario autor siempre ha ido un paso por delante de sus contemporáneos y ha sabido entregar obras que transmiten muy bien el espíritu nihilista de nuestras últimas décadas. Porque si la guerra fría y las tensiones entre Reagan y Gorbachov dieron origen a su American Flagg a mediados de los ochenta y le sirvieron para reescribir la segunda guerra mundial en su particular reinvención de un tebeo tan propagandístico como Blackhawk, el terror islamista, el auge de la ultraderecha, la crisis del neoliberalismo y el conflicto entre razas y géneros es el germen de The Divided States of Hysteria






El estilo tanto gráfico como narrativo de Chaykin siempre ha sido complejo y muy peculiar. Su manera de estructurar las historias, semejante a lo que hace James Ellroy en el ámbito literario, es , con perdón de la expresión, como si el autor escupiera aquello que quiere contar. En esta nueva obra, Chaykin lleva dicho estilo a su paroxismo. Cada página de esta miniserie de seis ejemplares está asfixiado de información, gracias al trabajo de rotulación de Ken Bruzenak, colaborador habitual de Chaykin y una parte muy importante del acabado final de sus trabajos como autor completo. Bruzenak satura cada página y viñeta de onomatopeyas, transmisiones de servicios de inteligencia, tweets y posts de facebook, abrumando la mente del lector y convirtiendo la obra en metáfora de unos tiempos sobrecargados de información y escasa reflexión. 






Esa teoría de la sobreinformación sobrevuela un relato distópico de un futuro demasiado cercano, 2020 y una representación de Estados Unidos y su política interior y exterior tan macabra y tan real que se entiende como visión magnificada del día de hoy. Y en tiempos donde la figura de la alt right, personificada en Donald Trump es vilipendiada por artistas y liberales, pero sin querer entender o reconocer el porqué de su victoria, Chaykin dispara sus balas tanto a dicha ultraderecha como a esos democratas neoliberales que amamantaron a la bestia. El autor no se queda ahí y presenta a una América cuya apariencia civilizada solo fue un espejismo, entregando un certero y atroz relato de las cloacas del país de la libertad y la igualdad. 






No es casual que sus antihéroes, revisión de su reinterpretación de los Challengers of the Unknown de DC Comics que realizó hace ya más de una década, sean un equipo de ex-convictos, criminales y asesinos, parias de una sociedad por su condición racial, sexual o de género, comandados de nuevo, por ese héroe chaykiniano y dondraperiano marca de la casa, que bajo su apariencia del exitoso americano, esconde un alma atormentada, cínica y turbia, pero que en una incorrección política más y tan necesaria en estos tiempos tan políticamente correctos, se acaba convirtiendo en la mejor solución de este mundo convulso y desgarrado. 






Este entorno y estos personajes se desenvuelven de nuevo en un mundo sexual y violentamente explícito. Y si en Black Kiss, tanto en la historia original como sobre todo en su secuela, Chaykin cargaba las tintas de lo sexualmente explícito, aquí lo hace en una violencia desaforada, espejo distorsionado pero tremendamente real de aquello que bulle en el interior de una sociedad malograda, para entregar un ensayo de la historia de un país abonado por la violencia y el sufrimiento. 






En definitiva, uno de los trabajos más redondos y representativos de ese autor contracorriente que es Howard Chaykin. Una obra que ahonda con ferocidad en todo aquello que la corrección política no se atreve o quiere decir y que es más necesaria que nunca, aunque muchos de aquellos que se acerquen puedan salir malheridos u ofendidos. Si esto no lo consiguiera, Chaykin no habría hecho bien su trabajo. Y menos mal que el enfant terrible del cómic americano sigue, a sus 67 años, en plena forma.

20 de marzo de 2018

La casa junto al mar de Robert Guédiguian: Hermosa fábula moral



















A lo largo de toda su carrera, Robert Guédiguian ha basado su filmografía en las vicisitudes de las relaciones familiares y generacionales, en concreto las relacionadas entre padres e hijos y los conflictos sociales relacionados con la lucha de clases, sobre todo esas revoluciones socialistas de la Francia de Mayo del 68 y las consecuencias de la misma. 






En su nuevo trabajo, La casa junto al mar (La villa), Guédiguian aúna los aciertos y los temas de trabajos previos como Lady Jane (2008), Mi padre es ingeniero (Mon père est ingénieur, 2004)  o Las nieves del Kilimanjaro (Les neiges du Kilimandjaro, 2011) , para situarnos de nuevo en los conflictos generacionales y los nuevos retos de una Francia que tiene que lidiar, además de con una crisis económica que sigue dejando cadáveres, literales y simbólicos, por el camino, con la paranoia terrorista y el miedo al inmigrante. 






Pero Guédiguian lo plasma a través de una bella y optimista historia, no carente de elementos desgarradores, donde unos hermanos vuelven a reunirse tras años separados por la enfermedad de su progenitor. El domicilio familiar de una familia que oscila entre la lucha obrera y su transformación en la misma burguesía que ellos mismos rechazaron en el pasado, le sirve al director, mediante una puesta en escena que de nuevo recuerda al cine de Eric Rohmer en su aparente pureza y sencillez formal, para ahondar en el perdón y la solidaridad como único método para sobrevivir en una sociedad cada vez más depredadora e inhumana, rodeado de nuevo por su elenco de actores fetiche, unos diálogos y situaciones tan inteligentes como frescos y una historia que alcanza el corazón del espectador y le hace mirarse en un espejo tan real y cuestionarse aquellas preguntas que la cinta propone, de una manera directa, sencilla y noble.

19 de marzo de 2018

Doomsday Clock 3 y Dark Nights Metal 5: ¿Por qué uno triunfa donde el otro fracasa?




















Paralelamente en el tiempo, DC Comics está publicando dos grandes eventos: Doomsday Clock y Dark Nights: Metal. Ambos provienen de diferentes momentos y estilos de la historia del cómic americano, en especial de la casa que vio nacer a Batman y Superman. Y en ambos, estos dos grandes iconos son parte fundamental de la historia que están intentando narrar. Igualmente, ambas historias pretenden traer de vuelta el sense of wonder y la apariencia de gran historia que se ha ido perdiendo en las últimas décadas, en un medio que casi se ha acabado convirtiendo en la excusa para un imperio de franquicias multimedia. 






De idéntica manera, ambas obras están a cargo de algunos de los mejores y más exitosos talentos que tiene la editorial a su disposición. En Doomsday Clock, Geoff Johns y Gary Frank. El primero, autor que consiguió, en los albores del siglo XXI, entregar dos tebeos tan emblemáticos y tan conseguidos como su JSA o su etapa al frente de Green Lantern. Dos tebeos, que más allá de su gran éxito, conseguían trasladar esa sensación de legado e historia compartida que siempre ha acompañado al universo DC. Dark Nights: Metal surge de la mano de Scott Snyder y Greg Capullo. Dos autores que consiguieron su mayor éxito de crítica y público con su etapa al frente de la serie regular de Batman en los infames Nuevos 52, siendo este, uno de los pocos tebeos que pasarán a la historia de dicha línea editorial. 






Ahora, con la coincidencia en el tiempo del tercer número de Doomsday Clock y el quinto de Dark Nights: Metal, se puede analizar con mayor profundidad el camino que debería seguir la editorial para no volver a caer en los errores del pasado. Y ya en su tercer ejemplar, se puede afirmar que el camino no debería ser el de Doomsday Clock. El motivo: el género de superhéroes muere si continúa la senda de la oscuridad y la trascendencia formal, que no de contenido, de la obra de Moore y Gibbons. Este tercer ejemplar es un buen ejemplo. Johns y Frank continúan su enfermiza y detallista reinterpretación de los valores formales de la obra crepuscular definitiva del género de superhéroes. Pero el trabajo de Moore equilibraba de manera milimétrica la forma y el fondo, con ese juego de reflejos y simetrías que ahondaba, a través de la forma, en las dobleces de la identidad superhéroica y sus personajes torturados. En Doomsday Clock, Johns y Frank, en una tarea encomiable, ofrecen un trabajo que formalmente demuestra el esfuerzo y la dedicación que ambos autores realizan para estar a la altura de un tebeo tan excelente como magnificado, casi piedra filosofal que ha hecho estancarse al género, más que llevarle un paso adelante. Es por ello que hay algo que no funciona en Doomsday Clock y que se hace evidente en su tercer ejemplar. La composición de nueve viñetas por página, la obsesión por el detalle y la rigidez formal choca indefectiblemente con escenas tan prosaicas y que podrían resolverse de una manera mucho más honesta, como por ejemplo, el enfrentamiento entre el Comediante y Ozymandias. O en la entrega del diario de Rorschach a Batman por parte del nuevo y misterioso Rorschach. Pero Johns y Frank lo representan con excesiva trascendencia. Unos momentos que deberían ser mucho más orgánicos y no tan impostados. 






En cambio, Dark Nights: Metal, que se acerca a su próxima y excitante conclusión es totalmente contraria a ese trascendentalismo en sus formas, pero mucho más interesante en su trasfondo. Ambos trabajos quieren devolver la semilla del heroísmo perdido a un universo que las excesivas iteraciones y cambios de rumbo lo había dejado casi irreconocible. Ambas persiguen descubrir de donde proviene su legado y cuales son las teclas que hay que tocar para que este funcione. Snyder y Capullo plantean una obra, cuya forma podría ser vista a través de una mirada esquiva como aquellos horrendos y excesivos tebeos de principios de los 90, influenciados por la cuadrilla de Image con Todd McFarlane y Rob Liefeld a la cabeza. Ruido, furia y vulgaridad. Pero Snyder y Capullo utilizan esos elementos para demostrar que esos excesos son la oscuridad de un universo DC que necesita recuperar las raíces del heroísmo sometiendo y subyugando a unas reinterpretaciones oscuras que han hundido al universo DC en las tinieblas, tanto directamente en el argumento de la historia que nos presentan, como metafóricamente en las últimas décadas de la editorial. No es casual que Snyder y Capullo estén recuperando a personajes maltratados o desdibujados en las últimas décadas por la editorial, tales como Plastic Man, Hawkman o el Detective Marciano. Esos personajes son parte fundamental de un universo tan rico en personajes, tonos y mundos. Y es lamentable que los editores y autores contemporáneos hayan rascado solo la superficie, utilizando una mínima parte de lo vasto de un universo que es tan memorable por la cantidad de géneros que abarca y que Snyder ha sabido reunificar convirtiéndolo en un todo que es mejor que dichas partes convertidas en compartimentos estancos. Si el trabajo de Johns y Frank solo sirve para rememorar desde una nostalgia perdida aquellos tebeos que fueron vanguardistas pero que han dañado el camino que vino después por una falta de comprensión de los mecanismos que los hacían funcionar, Snyder y Capullo han entendido la raíz del problema y a través de sus errores, están construyendo el camino que debe seguir la editorial y el género de superhéroes para volver a ser esa fábrica de fantasía y mundos imposibles que nos encandiló hace ya mucho tiempo.

17 de marzo de 2018

Hellblazer: Otros Hechizos de VV.AA. Una pequeña joya para los completistas



















Para rematar la excelente y completísima edición de la legendaria Hellblazer del sello Vertigo de DC Comics, ECC ha decidido publicar un decimoctavo volumen que sirve como epílogo, recopilando unas cuantas miniseries y un especial que se habían quedado fuera del resto de la colección, ya fuera porque no encajaba dentro de la selección por autores de la recopilación o porque las series no fueran protagonizadas por el carismático John Constantine o al menos en su totalidad. 

Lo interesante del volumen, más allá de la diversa calidad de las obras que contiene en su interior es que en la gran mayoría de los casos permanecían inéditas en nuestro país, exceptuando La calle del amor, publicada en un número especial en formato prestigio por Norma Editorial a principios de la pasada década y la adaptación al cómic de la película de Constantine, que creo fue editada en el momento de su estreno por Planeta de Agostini. La decisión de ECC ha sido situarlos de manera cronológica de acuerdo con su momento de publicación, exceptuando la adaptación de Constantine, que sirve como coda de un volumen irregular pero tremendamente interesante. 



Comenzando con los trabajos menos distinguidos de este volumen, nos encontramos en primer lugar con la adaptación en cómic de la película Constantine protagonizada por Keanu Reeves y dirigida por Francis Lawrence. Los encargados de llevar a cabo esta práctica común desde los años 70 a la pasada década, es un ejemplo más de un trabajo meramente alimenticio y que surge más por motivos marketinianos que por motivos artísticos. Los autores encargados de llevarla a cabo son el guionista Steve Seagle y el dibujante Ron Randall. El primero sobre todo es un autor excelente, con trabajos tan memorables como su Casa de los secretos o Es un avión, ambas para el sello Vertigo y ambas realizadas junto al inclasificable ilustrador Teddy Kristiansen. Lo que nos encontramos aquí es un trabajo que no aporta nada al medio y que ilustra de manera torpe y peregrina una obra cinematográfica ya de por si equivocada y que sigue de manera mecánica el guión y la trama de su versión en pantalla grande. 



El otro trabajo que languidece en comparación con el resto de lo publicado en el volumen es la miniserie en cuatro partes llamada La brigada de la gabardina, publicada en 1999 y realizada por el guionista John Rey Nieber y el dibujante John Ridgway. En este último se encuentra lo más atractivo de esta miniserie nacida de Los libros de la magia de Neil Gaiman. Y es que Ridgway aporta una atmósfera malsana a un guión atractivo pero ejecutado torpemente por John Rey Nieber. 



En la categoría de interesante y correcto nos encontraríamos con dos trabajos muy diferentes, pero que aúnan ambas esa decisión de expandir el universo de Constantine más allá del propio personaje protagonista del serial. La primera de ellas sería la miniserie de cinco ejemplares dedicada a Papa Midnite y realizada por Mat Johnson y Tony Akins. En ella, profundizamos en el que fue el primer villano de la serie regular de Hellblazer y creado por el guionista Jamie Delano, en un relato que juega en dos tiempos para hablarnos del racismo inherente en la sociedad occidental, en especial la americana, un tema fundamental en la obra de Johnson y que ha desarrollado con aún mejor fortuna en títulos como Incognegro



La otra miniserie que se sitúa en esa línea media es Lady Constantine, una antepasada de nuestro querido John Constantine, escrita por Andy Diggle y dibujada por Goran Sudzuka. En este último y en el carisma de la protagonista se encuentran los mayores aciertos del que fue el primer trabajo de Andy Diggle tanto del universo de John Constantine, como de su trabajo en la línea Vertigo, ampliamente superado por ejemplo en su atractivo etapa al frente de Hellblazer, que aquí comenzó a dar sus primeros pasos. 



Entre las sorpresas del volumen nos encontramos con dos miniseries, una dedicada a la adolescencia de Constantine y otra centrada en Chas, el taxista, amigo y saco de boxeo de John Constantine que se merecía una historia que le redimiera. La primera, titulada La calle del amor y englobada en un conjunto de miniseries antológicas, cuyo nexo de unión era la figura del Sandman de Neil Gaiman, va más allá de la explotación de la obra magna de Gaiman, en un relato donde los sentimientos y la emotividad están por delante del tono cínico e inhumano que el mundo de Constantine entrega habitualmente, sin dejar de lado los momentos escalofriantes, gracias al arte de Michael Zulli. 



Chas: El conocimiento, la miniserie en cinco episodios escrita por Simon Oliver y de nuevo ilustrada por Goran Sudzuka es la joya del volumen. Un trepidante relato de horror protagonizado por Chas, de lectura dinámica y diálogos acerados, que demuestra la importancia de una de las figuras satélite fundamentales del mundo de John Constantine, quedando este último como estupendo alivio cómico en esta historia de redención y reafirmación de un personaje subestimado. 

En conjunto, un volumen fundamental para los seguidores del personaje y la serie Hellblazer, que al igual que la serie regular, tiene momentos mejores o peores, pero que en conjunto aprueba con nota, entregando trabajos más que competentes, en un sub-universo de la línea Vertigo que ha demostrado superar el paso del tiempo.

14 de marzo de 2018

Annihilation de Alex Garland: Fascinante y alegórica ciencia ficción






















Hace ya cuatro años que Alex Garland, guionista asociado al director anglosajón Danny Boyle y artífice de los guiones de 28 días después y Sunshine, estrenó Ex-Machina. Dicha cinta, coetánea en el tiempo a otras distopías de ciencia ficción como la antología Black Mirror de Charlie Brooker, nos dio a conocer a un director elegante, de tempo lento y creador de atmósferas angustiosas a partir de elementos minimalistas y el uso del color como estado de ánimo. Por supuesto, su talento como guionista tanto en este Ex-Machina como en Dredd, demostró que estábamos ante un cineasta al que había que seguir la pista. 






Su nuevo proyecto como director y guionista, Annihilation, -adaptación de la novela del mismo título de Jeff Van der Meer- ha llegado al mercado español, al igual que al europeo, directamente a través de Netflix, tras su estreno limitado en salas americanas hace escasas tres semanas. Y una vez vista la nueva propuesta del cineasta, uno puede imaginar el porqué de la decisión de Paramount. No sabían que hacer con ella. Y no porque el título sea un desastre, todo lo contrario, sino porque Garland ha entregado un trabajo inclasificable, que bebe de muchas fuentes y que no se puede encasillar en un solo género. 






Porque, ¿qué es Annihilation? ¿un survival horror?¿ciencia ficción?¿terror?¿una cinta filosófica que podría entroncar con otros títulos como Solaris, 2001 o The Fountain? La cinta protagonizada por Natalie Portman es todo eso y mucho más. Un trabajo que en su puesta en escena, recoge ecos de las aventuras gráficas en tercera persona de la nueva generación de videoconsolas, concretamente en la inmersiva y fascinante The Last of Us, junto a una premisa que no pierde el tiempo en su arranque y que podría guardar puntos en común con obras como Depredador y demás sucedáneos, pero desde un prisma de igualdad de género, para acabar rematando en un tercer acto donde lo alegórico y los terrenos de lo onírico desembocan en un clímax donde la teología y la ciencia se dan la mano, no para aportar respuestas, sino para ofrecer múltiples preguntas, al estilo de Nameless, uno de los trabajos más interesantes del guionista de cómics Grant Morrison y del que esta obra también guarda varios puntos en común.






Garland de nuevo hace uso de una puesta en escena donde el preciosismo visual no está expuesto únicamente para fascinar al espectador, sino para aportar significado al relato, en un entorno, el Area X, donde el día es como la mejor de las ensoñaciones y la noche más terrorífica que la peor de las pesadillas. Entre el sueño y la vigilia, entre la ciencia y la religión se mueve el nuevo trabajo de Garland. Una obra diferente, innovadora y que seguirá dando que hablar durante mucho tiempo.

13 de marzo de 2018

X-O Manowar de Matt Kindt: Un relato épico y político




















Creado por Jim Shooter y Bob Layton, X-O Manowar fue la punta de lanza de la aparición del sello Valiant en 1993, justo en el momento de la explosión Image. Este universo, al igual que muchos otros como el Ultraverse de Malibú, intentó seguir la senda del éxito artificial que supuso Image Comics a principios de los 90, pero como casi todos esos experimentos, acabó durmiendo el sueño de los justos. Una nueva intentona de revitalizar la línea ocurrió en el año 1998, sin mucho revuelo, hasta que en el año 2008, se fundó un nuevo sello, llamado Valiant Entertainment, donde, entre otros y con gran fortuna, trajeron de vuelta a X-O Manowar, de la mano de Roberto Vendetti y el dibujante Cary Nord. 






Una vez instaurado el sello Valiant y demostrando en este siglo XXI que era una de las mejores apuestas de cómic de género que se podía encontrar en el mercado americano, Valiant Entertainment decidió comenzar una nueva serie regular de Aric, el soldado proveniente de la tierra, atado a una armadura con mente propia, cuyas intenciones son muy ambiguas. El guionista encargado de cambiar el tono del serial fue Matt Kindt, autor venido del cómic autoeditado e independiente, con trabajos tan relevantes como Super Spy o Mind MGMT, cuyo trabajo en el mainstream no había funcionado como debiera, siendo su participación en Los Nuevos 52 de DC Comics un buen ejemplo de ello. 






En cambio, Kindt bajo el sello Valiant, ha conseguido equilibrar con acierto sus trabajos más personales con los imperativos comerciales del género. Y si en Divinity aunaba el género de los superhéroes con una ciencia ficción cuyos referentes más evidentes eran Stanislaw Lem o Arthur C. Clarke, aquí Kindt nos entrega un tebeo donde Robert Heinlein o las novelas de Burroughs, en concreto John Carter de Marte son sus antepasados más evidentes. 






Ese componente de la novela pulp fantástica, se hace palpable en la decisión de los ilustradores que acompañan los guiones de Kindt y que van rotando a medida que acaban los cortos pero intensos arcos argumentales de tres números en los que está estructurada la colección. Desde Tomás Giorello a Clayton Crain, pasando por Dough Braithwaite, imprimen a las páginas del serial de una atmósfera frazzetiana consiguiendo una experiencia inmersiva dentro del rico universo que ha creado Kindt. Este por su parte, a través de la clásica historia de extraño en tierra extraña, entrega un tratado acerca de la guerra y la política, inteligente en su trasfondo, abrupto y épico en su plasmación y pesimista en sus conclusiones, en una magnífica obra, que debajo de su emocionante apariencia, esconde una visión nihilista y muy negativa de aquellos individuos que gobiernan las vidas de la masa, deconstruyendo al héroe campbelliano en el proceso.

11 de marzo de 2018

Bug! The Adventures of Forager de Lee, Michael y Laura Allred: Fabuloso homenaje al legado pop de Kirby






















El quinto título salido de esa excelente factoría pos-modernista que es el sello Young Animal -dirigido por el guionista y músico Gerard Way-, es una excelente sorpresa, porque se aleja del tono neo-Vertigo de las cuatro series regulares hasta el momento, para entregar una oda a la imaginación desbordante de Kirby, en una miniserie de seis ejemplares titulada Bug! the adventures of Forager






El encargado de devolver al personaje de Forager a primera línea de actualidad, el cual apareció por primera vez en el noveno ejemplar de Los nuevos dioses de Jack Kirby -dentro de su épico y lisérgico Cuarto Mundo- es ni más ni menos que Michael Allred, acompañado por su hermano Lee y su esposa Laura Allred, en las tareas respectivas de guionista y colorista. Así, la familia Allred entregan seis ejemplares que transpiran la loca libertad de los tebeos del Cuarto Mundo de Kirby, trayendo de vuelta no solo la ingente cantidad de personajes que creó para Apokolips y Nueva Génesis, sino también a muchas otras de las creaciones que Kirby desarrolló tanto en los 50, como en los 70 para DC Comics, como Omac, The Losers, o The Sandman






Por ello, para el disfrute absoluto de la lectura de esta miniserie, es tener presente en la memoria, la obra del autor más importante del cómic de superhéroes. Porque cada ejemplar es un repaso con mirada contemporánea de los trabajos del Rey, llevando Allred un paso más allá sus preceptos, en una odisea pop que es quizá el trabajo más cercano de Allred -en intenciones y resultados- a Madman, su odisea pop y obra magna. 






Siendo un tebeo donde las paradojas y viajes temporales son la base del relato, quizás la historia en su conjunto transmita la sensación de ser más redonda en los detalles que en su conjunto. Pero la lectura, tanto de cada ejemplar, como de cada página y viñeta es tan absorbente, tan imaginativa, que los pequeños flecos que quedan sueltos no empañan la lectura de un tebeo que, como toda la obra de Allred, es un canto a la imaginación en gloriosa cuatricomía.

10 de marzo de 2018

Escuadrón Suicida Prueba de Fuego de John Ostrander y Luke McDonnell: Un tebeo tan clásico como adelantado a su tiempo






































La primera encarnación del Escuadrón Suicida apareció en el año 1959, en concreto en la serie antológica The Brave and the Bold, en su número 25. En esa iteración, el comando dirigido por Rick Flagg se hacía llamar Task Force X. Pero este grupo de aventureros pasó sin pena ni gloria, hasta que el guionista John Ostrander les diera nueva vida dentro de Legends, el segundo evento multitudinario del universo DC, tras Crisis en tierras infinitas, en su tercer ejemplar. En dicho número, Ostrander y el guionista Len Wein, bien acompañados por el dibujante John Byrne -el artista estrella del género superheróico en los 80- nos presentaron a una dura y despiadada Amanda Waller y a un supergrupo formado por algunos de los peores villanos del universo DC, comandados por el único superviviente del escuadrón original, Rick Flagg. Estos villanos debían trabajar en misiones encubiertas para el gobierno norteamericano. La alternativa, la prisión incondicional o la muerte. 






Inmediatamente después de la finalización de Legends, y tras un especial de la serie Secret Origins, que rememoraba la historia pasada de Task Force X, ofreciendo un background de alguno de los protagonistas de este nuevo Escuadrón Suicida, tales como Rick Flagg o Amanda Waller, dio comienzo la serie regular de este grupo de antihéroes. Los encargados, John Ostrander a los guiones y Luke McDonell a los lápices. Ostrander entrega -en los primeros ocho ejemplares de la serie y que recopila ECC en el primer volumen que nos ocupa, junto al especial de Secret Origins mencionado anteriormente- un tebeo tan honesto y humilde en las formas superficiales, como rompedor e innovador dentro de la estructura de las series regulares de los años 80. Porque no hay que olvidar, que aunque este Escuadrón Suicida apareció en la época dorada del cómic de superhéroes “adulto”, jugaba en otra liga, provocando que en su momento funcionara relativamente y ahora se considere un trabajo de auténtico culto, mucho más interesante y revolucionario que lo que aparentaba en un primer momento. 






Dentro de los márgenes de un tebeo que estaba sometido al aún vigente Comics Code Authority, John Ostrander se atreve a criticar y burlarse del mismísimo Ronald Reagan y su política exterior, enseñando a los que eramos unos infantes por aquel entonces, las cloacas de nuestros gobernantes y supuestos protectores de la libertad. El serial arranca con un brutal ataque terrorista en un aeropuerto que de nuevo bordea los límites del Comics Code, para dar paso, en los primeros ocho ejemplares de la serie regular, a cuatro arcos argumentales que equilibran con verdadera precisión la acción que se espera de un tebeo de superhéroes, con el desarrollo de un grupo de personajes repletos de matices cuyas relaciones, enfrentamientos personales y dobles intenciones es lo que hace que el tebeo sea tan adictivo. 






Lo mismo podría decirse del dibujante regular de la colección, Luke McDonell. Aunque a primera vista su arte parezca simple y vulgar, si se presta verdadera atención, descubriremos que bajo su trazo tosco y raudo, nos encontramos con un narrador excepcional, que sabe planificar y elegir la composición correcta y el plano decisivo para que la narrativa no decaiga y aporte la mayor cantidad de información y emociones que sean posibles. 






Este primer volumen es solo el principio de un serial que nunca fue publicado en su totalidad por ediciones Zinco a finales de los años 80. Por lo tanto, hay que aplaudir y agradecer que ECC se haya lanzado a la aventura de traer al mercado español uno de los tebeos más divertidos e interesantes de la nueva DC de los 80 y que se merecía una edición a la altura de sus muchos méritos.

6 de marzo de 2018

Nightwing The New Order de Kyle Higgins y Trevor McCarthy: Un atractivo Elseworlds a descubrir























Entre el sinfín de novedades que aparecen mensualmente, es normal que algunas obras que deberían tener una mayor repercusión, acaben siendo ligeramente ignoradas debido al caudal de tebeos que se publican cada mes en el mercado americano. Nightwing The New Order de Higgins y McCarthy es un buen ejemplo de ello. 






Localizada en un futuro alternativo con ecos del Kingdom Come de Waid y Ross y el Minority Report de Steven Spielberg, el lector se encuentra en un atractivo futuro alternativo del universo DC donde el gen metahumano es una lacra que hay que extirpar y sino fuera posible, esos metaseres deberán ser puestos en hibernación hasta que esos poderes puedan ser eliminados definitivamente. Un reflejo distorsionado del panorama desolador de nuestra sociedad actual donde el diferente debería ser eliminado, en pos del auge de unos nuevos totalitarismos que promueven dicho discurso. Y aunque el tema no es nuevo en la historia de las distopías de ciencia ficción, si que lo es que el promotor de dicha represión sea Dick Grayson, quizá el héroe más puro junto al Hombre de Acero en el universo DC. 






Higgins crea un background fascinante para lo que acontece en la miniserie y hasta que se colocan las piezas de la misma, en concreto hasta la primera mitad de la miniserie, el tebeo se convierte en una de las lecturas más frescas e interesantes de la editorial en la actualidad. Tanto, que incluso el lector se llega a plantear porqué esta distopía no se ha convertido en el punto de partida no de un Elseworld más, sino de una saga evento que haga avanzar el camino de unos personajes que viven en un presente eterno. El problema, que una vez todas las piezas se colocan, la segunda mitad de la historia discurre por caminos más convencionales y su resolución es la esperada, sin giros argumentales que descoloquen al lector. 






Eso si, gracias al trabajo artístico de Trevor McCarthy, que no falla ni un ejemplar a su cita, el tebeo se convierte en una de esas pequeñas joyas de la editorial, que sin mucho ruído, dejan un poso en el lector y en futuros creadores, que puedan ser capaces ,en los próximos años, de sacar partido a un tebeo que quizá el poco convencimiento de la editorial en sus posibilidades, ha imbuido del mismo a autores y creación, en una obra de planteamiento atractivo que acaba desembocando lamentablemente en lugares comunes que sin ser deficientes, dejan un sabor agridulce pensando lo que podría haber sido.

3 de marzo de 2018

En la sombra de Fathi Akin: Ella es la venganza






















El cine de venganza es casi un género en si mismo, dentro del cine de Hollywood. Desde la serie de películas de Charles Bronson a los últimos trabajos comerciales de Liam Neeson, pasando por El cuervo (The Crow, 1994) de Alex Proyas o las dos partes del Kill Bill de Quentin Tarantino, la historia del hombre o mujer coraje que se decide a tomarse la justicia por su cuenta no es algo que sorprenda a un espectador avezado.






Pero Fathi Akin, el director alemán de este En la sombra que nos ocupa intenta darle una vuelta de tuerca, en un envoltorio que intenta aparentar ser algo más que lo que realmente es. El problema, que por muchos primeros planos que nos entregue de una entregadísima Diane Kruger o que su discurso acerca de los peligros de ese neo-fascismo que puebla las ciudades de Europa occidental sea necesario, el resultado final se queda en una historia de venganza, con giros de guión, protagonistas y antagonistas prototípicos. Y encima, sin el placer culpable de las escenas de acción y tortura con las que nos hacen pasar el rato esas obras anteriormente mencionadas y que no pretenden ser algo que no son. 






Aún más allá, el discurso de Akin es tan fascista como aquellos neo-nazis que son los villanos de la función. Porque hacia donde desemboca el filme, quitándole la visión nihilista que adellanta el destino de nuestra protagonista, nos lleva a un cúmulo de tópicos del cine más comercial de Hollywood, del que Akin pretende huir a través de su puesta en escena -primeros planos, cámara inquieta, ausencia casi absoluta de música incidental- pero que cae en los defectos de ese mismo tipo de cine, en especial esos villanos caricaturizados, juicios típicos y tópicos y personajes en apariencia complejos pero que son meros estereotipos para que el guión avance a trompicones. 






El resultado, una obra que molesta por sus ínfulas de importancia, al entregar una obra forzada y que subraya aquello que ya no es necesario subrayar y pasa de lado por aquellos conceptos y temas -la semilla de la xenofobia, el dolor de la pérdida inesperada- que habrían hecho que la obra tuviera algo que decir sin recurrir a lugares comunes, los cuales se intentan ocultar a través de una puesta en escena artificiosa y arrogante.

1 de marzo de 2018

Lady Bird de Greta Gerwig: Fresca y novedosa muestra del género coming of age





























Musa del director Noah Bambuch e icono del cine independiente americano gracias a la genial Frances Ha (2012), Greta Gerwig arranca su andadura como directora en solitario -tras ser codirectora de Nights and Weekends(2008) junto a Joe Swanberg- con la excelente Lady Bird, una historia de crecimiento y madurez bajo la sombra del 11-S y el arranque de la segunda invasión a Irak. 






Lady Bird, nombre autoimpuesto por la protagonista del relato, es una joven nihilista que quiere huir de Sacramento y su estricta mentalidad católica, dando pie a una historia de salto de la juventud a la vida adulta mil y una vez vista, pero que de la mano de Gerwig se convierte en un trabajo fresco, inteligente y altamente emocional, sin tropezar en ningún momento con los sentimentalismos baratos propios de este tipo de subgénero. La cinta acierta también en la descripción psicológica tanto de la protagonista como de su entorno y familia, esta última un ejemplo más de como los más débiles e inocentes deben pagar los excesos del neoliberalismo, en una América cuyas diferencias sociales son el marco de una guerra que solo puede cerrar sus heridas y avanzar, a través de la humildad y la compasión. 






Con una dirección que hace uso de un montaje que sabe equilibrar lo dinámico con lo contemplativo, trata temas que en manos menos avezadas serían desarrollados alrededor de infinidad de tópicos, como la sexualidad, la homosexualidad, la familia o la influencia de la religión en la América del siglo XXI, pero que en manos de la protagonista de Frances Ha, se convierten en apariencia en algo nunca visto, o por lo menos nunca vistos desde su gracias a su particular punto de vista ajeno a enjuiciamientos morales de ningún tipo.

En definitiva, un excelente trabajo. Una película de aparente sencillez formal, con un personaje protagonista inmediatamente icónico, gracias a la labor actoral de una soberbia Saorsie Ronan y un guión que engloba de manera orgánica la nueva y la vieja dramedia, en un título que tiene la habilidad de saber satisfacer tanto al público de multisala, como a aquel que busca algo que se salga de lo estrictamente acomodaticio.


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