El Hobbit: Un Viaje Inesperado de PeterJackson (The Hobbit: An Unexpected Journey, 2012)
Once años han pasado desde que Peter Jackson estrenara la primera entrega del Señor de los Anillos y casi diez desde que finalizara su aproximación a la Tierra Media con El Retorno del Rey. Una década que la ha convertido en una de las sagas más recordadas y queridas de la historia del cine. Tres grandes entretenimientos, una hazaña portentosa, ya que la adaptación de la magna obra de Tolkien se consideraba casi imposible, y si no que se lo digan a Ralph Bahksi, que pecaban a cada entrega de una duración cada vez más desmedida, pero que en su conjunto eran casi redondas. Ahora ya solo le quedaba El Hobbit para completar el mundo de Tolkien, aunque en el momento de terminar la trilogía del Señor de los Anillos dijo que no tenía ninguna gana.
Tras pasar por las manos de un Guillermo del Toro que se apeó del proyecto sin saber bien los motivos, la obra recayó de nuevo en manos de Peter Jackson, necesitado de nuevo de un éxito de taquilla que no había alcanzado con su fallida pero estimable adaptación de King Kong (el exceso de metraje de nuevo el handicap de Jackson) y la muy mediocre "The Lovely Bones". En un principio, Jackson pretendía contar la pequeña historia que es El Hobbit (un librito infantil de apenas 300 páginas) en dos películas, complementando la historia con los exhaustivos apéndices que Tolkien tenía preparados. Hace unos pocos meses, Jackson dejó con la boca abierta a los fans y a la prensa, con una decisión ególatra y financiera, convirtiendo lo que iban a ser dos películas de tres horas (ya algo excesivo) en tres películas con esa duración aproximada.
Y el primer tercio de la trilogía ya ha llegado a las pantallas, como el gran evento de las navidades y una de las películas más taquilleras del año a priori. Y el resultado es lo que fue La Amenaza Fantasma para George Lucas y la trilogía original de Star Wars. Al igual que el paso del tiempo entre la trilogía original de Lucas (16 años desde El Retorno del Jedi a La Amenaza Fantasma), los avances tecnológicos son evidentes, aunque no tan llamativos como lo fue entre el cine de los 80 y el digital de finales de los 90. La Tierra Media luce en El Hobbit como nunca, y visualmente la película no puede defraudar a ninguno de sus seguidores. Otra cosa es la manera de contarlo.
Si en la trilogía original uno de los factores de agradecer a Jackson fue el saber cortar, reducir y adaptar al lenguaje cinematográfico las en algunos momentos espesas páginas del original, en esta precuela es al contrario, ya que Jackson estira como un chicle las páginas del original. No es de recibo que la película no arranque hasta casi la hora de proyección, con una interminable cena de enanos en casa de Bilbo Bolson en un intento de dar personalidad a ¡12! enanos, siendo únicamente desarrollado Thorin, que aquí casi se convierte en un Aragorn de menor estatura y por supuesto mucho menos peso dramático, aunque Jackson, de nuevo tirando de apéndices, nos muestre a un nuevo super-orco como némesis de esta primera entrega, que en vez de impregnarle ritmo, consigue ralentizar la trama.
Pero el mayor problema de esta entrega es intentar equilibrar el tono más ligero e infantil de El Hobbit, con la grandiosidad épica de El Señor de los Anillos. No podemos pasar de una escena tan "over the top" como ver a un goblin de gran papada cantando y minutos después intentar impregnar de aliento épico a Thorin en una batalla final anticlimática.
Por no hablar del mago Radagast, que aunque nos sirve para ver como Sauron comienza a tomar poco a poco la Tierra Media, está interpretado por un sosias de un Robin Williams en horas bajas, sobreactuado y francamente prescindible.
De lo mejor del film, Martin Freeman interpreta a un perfecto Bilbo, aunque su presencia quede diluida ante tanto enano coñón. Llama la atención que el mejor momento del film se encuentre en la grandísima escena en la que se conocen Bilbo y Gollum y donde el primero toma por primera vez contacto con el fatídico anillo. Ahí es donde el espectador se encuentra con el mejor Jackson, el que encandiló al público con la primera trilogía de Tolkien, al que en pocas partes más se le puede encontrar en una producción egocéntrica y alargada hasta la saciedad, donde Jackson intenta provocar una épica forzada, con aciertos aislados y demasiados errores, una decepción anunciada y que espero Jackson pueda ir arreglando en los dos capítulos que le quedan por estrenar, algo que conseguirá, si no se cree que es el rey del mundo.


















