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6 de agosto de 2018

Los Increíbles 2 de Brad Bird: Una secuela rutinaria y poco inspirada


















Catorce años han pasado desde que se estrenaran Los Increíbles, el sexto largometraje de animación de Pixar Studios. Una época, principios del nuevo siglo, donde el género de superhéroes estaba comenzando a surgir levemente en la psique de una nueva generación de espectadores y cinéfilos. Sus máximos exponentes, Bryan Singer y Sam Raimi, con sus dos interesantes aproximaciones a los X-Men y Spiderman respectivamente, comenzaban a construir lo que sería una avalancha una década después. Era un buen momento para que Brad Bird, ex-animador de Disney y guionista de Los Simpsons en las primeras temporadas del inmortal show, pusiera su granito de arena en un género tan querido para él, tras su impresionante debut con el largometraje El gigante de hierro cinco años antes. 






Los Increíbles se convirtió, gracias a su perfecta fusión para todos los públicos, del concepto de familia y sense of wonder de Los 4 Fantásticos de Stan Lee y Jack Kirby y la visión crítica ante los vigilantes del Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons, en una cinta dinámica e imaginativa, gracias a un pulido guión del propio Bird y una puesta en escena dinámica, repleta de milagrosos y electrizantes planos secuencia, reforzados por perspectivas forzadas que aunaban el ritmo de las piezas de animación de Tex Avery y Warner Bros, con la elegancia y el mood del Superman de Max Fleischer y el Batman de Bruce Timm, más un toque sixties que iba de James Bond a Superagente 86. Todos estos elementos dotaban a la cinta de un tono y un estilo único, convirtiéndola en pieza clave de lo mejor que podía aportar un estudio como Pixar. 






Una década y media después, Pixar, el género superheróico y el propio Bird no están en la misma situación. Pixar, absorbida por Disney, ha puesto por encima la comercialidad ante la originalidad y la calidad, entregando secuela tras secuela de su edad dorada. El cine de superhéroes ya no es la excepción, sino la regla. Y Brad Bird, al igual que su compañero de estudio Andrew Stanton, ha tenido que pagar los platos rotos de su interesante aunque en ocasiones fallido, Tomorrowland, cinta de imagen real y último trabajo de Bird tras las cámaras previo a estos Increíbles, que al igual que el John Carter de Andrew Stanton, se llevó un enorme batacazo en la taquilla mundial. 






Así que Bird ha vuelto a una zona de confort que supo trabajar de manera excepcional, como si no hubieran pasado esos catorce años, tanto en la forma como en el fondo. La cinta arranca allá donde nos quedamos hace década y media, para contarnos el día después de la mejor familia superheróica tras los 4F. Y la idea no está mal, sobre todo si quieres aprovechar a la estrella sorpresa que fue Jack Jack y que aquí se convierte en el salvador de un trabajo donde la desidia y la falta de riesgo y garra son sus peores enemigos. El bebé de la familia aporta, casi como si fuera un Minion de Mi villano favorito, los mejores momentos de una cinta que replica sin tapujos la estructura narrativa y argumental de la primera entrega, intentado adornarla de parábola feminista que si se rasca en su superficie, sirve para entonar levemente el mea culpa de la caída en desgracia de John Lassetter (sin que nadie se lo pidiera) con un discurso post #metoo que cae en muchos momentos en la vergüenza ajena. 






Pero más allá de disquisiciones ideológicas y de género que no entraré, la cinta de Bird peca sobremanera de una desidia que le pasa factura a las dos horas de metraje, excesivo para aquello que nos está contando. Cierto es que la primera entrega duraba aproximadamente lo mismo, pero más allá de su originalidad, que esta secuela fusila sin piedad, Bird entregaba una serie de set-pieces antológicas, que sirvieron de referente para ese épico tercer acto de Los Vengadores de Joss Whedon, donde la composición y planificación de las escenas, a través del plano secuencia y las perspectivas kirbyanas, elevaban la cinta demostrando como se debían trasladar a los superhéroes al séptimo arte. En cambio, esta secuela ofrece una dirección donde Bird se olvida de todo esto, a excepción de los mencionados insertos de Jack Jack, donde volvemos a vislumbrar al director imaginativo y enamorado del medio y del género. Pero son escasos y magníficos momentos, que no consiguen elevar el conjunto de una obra donde el mínimo denominador común en todos los departamentos artísticos, dan como resultado un trabajo competentemente gris, excepcional en su técnica, pero muy pobre en el resto de sus elementos, más si cabe si miramos a las obras que la preceden. Una verdadera lástima y un nuevo ejemplo del cine clónico que abunda en el nuevo Hollywood de las grandes corporaciones.

4 de junio de 2015

Tomorrowland de Brad Bird: Walt Disney se sentiría orgulloso

























Hubo un tiempo, no muy lejano, entre finales de los años 40, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y principios de los años 60, hasta la muerte de Kennedy, que los seres humanos mirábamos al futuro con asombro e ilusión. Imaginábamos un futuro de ciudades brillantes y luminosas, de edificios que rozaban el cielo y seres humanos que desafiaban la ley de la gravedad con artilugios que solo habíamos visto en las novelas de ciencia ficción. Un mundo donde el hambre, la pobreza, los conflictos y las enfermedades habían sido un mal sueño. 

Y fue en ese periodo de tiempo, donde las ferias de ciencia que se celebraron en Nueva York a finales de los 40 y principios de los 60, sirvieron para que soñadores como Walt Disney fantasearan con ese mundo utópico que fue reflejado en la atracción Tomorrowland, estrenada a principios de los 60 en Disneyland y que todavía podemos disfrutar. Pero nuestro pesimismo y nuestra codicia nos llevaron por el camino contrario y la sociedad y nuestra cultura reflejó ese cambio, haciéndonos creer que el destino de la humanidad estaba abocado al fracaso y la desolación.



El cine no ha sido ajeno a ese cambio de percepción en nuestra cultura y entre los cientos de obras que reflejan esos mundos distópicos y apocalípticos, a veces aparece una obra luminosa y positiva que intenta hacernos recordar que el futuro es nuestro y que también nuestro estado de ánimo y nuestra manera de percibir nuestra realidad es causante de ese ambiente negativo que nos rodea.

El problema, que esas obras siempre son recibidas con displicencia y con la ceja arqueada, tachándolas de infantiles, inocentes y tontas. Ejemplos hay varios, y este Tomorrowland es el último ejemplo de ello. Una película a contracorriente de lo que se lleva en la actualidad, optimista, imaginativa, diferente y maravillosa.



Su realizador, Brad Bird, ha demostrado con creces tras sus tres obras en el cine de animación (El Gigante de Hierro, Los Increíbles y Ratatouille) que es el director que mejor ha sabido transmitir el "sense of wonder" del cine de animación original, heredero absoluto de la magia que tenían las cintas de animación comandadas por Walt Disney, pero que también se ha sabido nutrir del cine de ciencia ficción de los años 50 y 60, la animación de Tex Avery y las producciones Amblin amparadas por Steven Spielberg.

Pero su primera obra de imagen real, Misión Imposible: Protocolo Fantasma, fue una gran decepción, ya que todo su estilo había quedado ahogado por la franquicia y hacía dudar que la magia que Bird había sabido imprimir en sus obras de animación no iba a ser capaz de transmitirlo en la imagen real.



Tomorrowland, es el ejemplo de que estaba equivocado, porque su nuevo largometraje respira 100% el espíritu de su cine de animación. Una obra que se basa en esa "New Frontier" de la que hablaba Kennedy en su inspirador discurso y que el paso de las décadas la humanidad ha olvidado y que consigue devolver a las salas de cine ese cine para todos los públicos, disfrutable tanto por un niño como por un adulto y que consigue devolver la inocencia y la maravilla a un espectador cada vez más cínico.

El punto más criticado de la obra es su guión, escrito a cuatro manos por Brad Bird junto al temido Damon Lindelof, odiado con la misma velocidad que fue adorado y que siempre es recibido, no por mi, que apreció su obra, sino por un público que sigue sin aceptar que el final de Lost no fuera como ellos hubieran querido. Y es que este trabajo es un 50% Lindelof, y aquel que haya sido seguidor de su trabajo, verá elementos afines a su trabajo, como ese Tomorrowland que funciona muy bien en el terreno de la metáfora si no esperas que te den una respuesta masticadita y prefieras que sea interpretable desde muchos puntos de vista, sus magníficos personajes y el desbordante torrente de imaginación y maravilla que transmite cada línea de diálogo, cada plano y cada detalle.



En un mundo que nos ha tocado vivir tan negro y pesimista, donde el futuro parece cada vez más desesperanzador, es necesario y obligatorio que aparezcan obras como Tomorrowland, una película que nos hace mirarnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, replantearnos supuestas verdades que hemos dado ya por absolutas y que nos devuelve la esperanza en nosotros mismos y la humanidad, aunque sea solo durante dos horas maravillosas en la oscuridad de la sala de cine.

17 de diciembre de 2011

Misión Imposible: Protocolo Fantasma de Brad Bird


Misión Imposible: Protocolo Fantasma de Brad Bird (Mission Impossible: Ghost Protocol, 2011)

Que Brad Bird es uno de los mejores directores de animación de los últimos años es incontestable y ahí están películas como El Gigante de Hierro, Los Increíbles o Ratatouille para demostrarlo. Eso sin olvidar que era parte del equipo de Los Simpsons en sus primeras y extraordinarias primeras temporadas. Lo que no había demostrado todavía era si era capaz de dar el salto a películas de imagen real y ser igual de bueno en ellas.

J.J. Abrams, en calidad de productor, le daba la oportunidad, tras haber sido el propio Abrams el responsable de la dirección de la mejor Misión Imposible junto a la original de DePalma, donde Abrams le dio el toque de espías de su serie Alias dándole un impulso que necesitaba la saga tras la desastrosa segunda entrega del director John Woo.


Y la pregunta importante para el fan de la saga es si este Protocolo Fantasma está más cerca de las misiones de DePalma o Abrams o del desastre estruendoso de Woo. Y a mi pesar he de decir que se acerca más a la de este último.

Cierto es que no llega a los niveles de desastre de la segunda parte de las aventuras de Ethan Hunt, pero Brad Bird ha fracasado en su primer aporte al cine de imagen real. Las razones son muchas. La primera de todas es un guión de derribo que primero utiliza un concepto ya pasado y anticuado cuando Roger Moore hacía películas de 007 (por dios, robo de códigos de seguridad de cabezas nucleares rusas y el fantasma de la guerra fría en pleno siglo XXI es lo más demodé que he visto en mucho tiempo) y lo peor del caso, que una trama que se debería presuponer sencilla, en la primera media hora de proyección el espectador no tiene claro hacia donde va a ir, lo que provoca que el propio personaje de Tom Cruise la vuelva a repetir a sus agentes (aunque realmente se dirige al espectador) a la media hora de comenzado el largometraje.


La película comienza a arrancar tras el incidente en Moscú (horribles efectos especiales en ese segmento) y parece que remonta el vuelo a partir del segmento en Dubai, donde Bird entrega tres set pieces de acción alucinantes(la escalada de Cruise al rascacielos más grande de Dubai, la escena del traspaso de información a dos bandas en dos habitaciones del hotel y la persecución en la tormenta de arena), demostrando su pasado en la animación, ya que las tres escenas están montadas y ejecutadas de manera brillante no, brillantísima.

Así que tenemos un primer acto insulso y caótico y un segundo acto excelente, pero de nuevo el tercer acto cae en la repetición y el homenaje chusco a otras escenas brillantes de la saga. Pero a lo largo del filme siguen habiendo elementos disonantes que te sacan del largometraje. Lo primero, que lo que funciona en el cine de animación no tiene porqué funcionar en imagen real. Así, tenemos golpes y caídas que harían las delicias del Coyote o Roger Rabbit, pero que personificadas en Tom Cruise o Jeremy Renner quedan ridículas y te sacan del filme. Pero también el exceso de chistes y gracietas (sobre todo del personaje protagonizado por Simon Pegg que tiene excesivo protagonismo) o un villano con tan poco carisma del que ahora ni me acuerdo el nombre, hacen que el espectador eche de menos a villanos como Philip Seymour Hoffman en MI3 (el mejor de todos), Jon Voight en la primera e incluso el excesivo y sobreactuado pero por lo menos carismático Dougray Scott del desastre que fue MI2.


Y llegamos a Tom Cruise, una estrella que como muchas que llegan a cierta edad no saben envejecer con dignidad. No se que es peor, si el lifting que se ha hecho y le ha hecho perder toda la expresividad que tenía o su intensivo uso de los esteroides para esta película que le ha dejado un cuerpo que da grima, mucha grima. Eso, y que los encargados de vestuario le han comprado dos tallas menos de pantalones, camisas y chaquetas, dan la impresión de que nuestro querido Tom va a estallar sus ropas como Lou Ferrigno en el serial de Hulk de los años 70 en las muchas y repetitivas carreras que tanto le gustan a la estrella de Hollywood.


Una pena, porque Bird es un director con mucho no, muchísimo talento. Pero esta película le ha quedado rana, tonta y rancia. Hay elementos y escenas que están por encima de la media en materia de cine de acción, pero el conjunto flojea sobre todo por un guión horrible, unas caracterizaciones planas y una estrella que debería comenzar a plantearse el jubilarse como action hero.
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