Mostrando entradas con la etiqueta Steve Yeowell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Steve Yeowell. Mostrar todas las entradas

22 de febrero de 2019

La importancia de la Doom Patrol de Grant Morrison






















El final de la década de los 80 coincidió con la llegada de la segunda oleada de autores británicos al territorio del comic book americano. Autores como Peter Milligan, Neil Gaiman, Jamie Delano y por supuesto, Grant Morrison, entraron al mercado americano de la mano de Karen Berger, para continuar una revolución iniciada por Alan Moore y que cambiaría para siempre el panorama del tebeo de superhéroes norteamericano. Grant Morrison aterrizó en DC Comics con tres proyectos muy diferentes entre si, pero que servirían no solo para presentar en sociedad internacional al autor más atrevido de la nueva hornada de autores que romperían el medio, sino para preconizar unas ondas expansivas que alcanzarían a la industria, incluso hasta la actualidad. 

Esas tres obras fueron las siguientes: Batman Arkham Asylum (1989), novela gráfica en la que le acompañaba un pletórico Dave McKean y que fue la primera aproximación de Grant Morrison a la figura del señor de la noche, a través de un relato de terror gótico orgánico, introspectivo y pesadillesco que no pudo ser llevado hasta las últimas consecuencias que pretendía el guionista, por censuras editoriales. En segundo lugar Animal Man (1988-90), la primera de las revisitaciones del escocés a sus amados tebeos de la Silver Age y que redefiniría como nadie, tanto anterior como posteriormente, la frágil membrana que separa la delgada línea entre ficción y realidad. Un trabajo de estructura y conceptualización brillante y que sigue siendo el tebeo más accesible del autor para adentrarse en su particular universo, capaz de poner de acuerdo tanto a los incondicionales del autor, como a aquellos lectores más conservadores y menos atraídos por los excesos del escocés.

El tercer proyecto que aparecería poco después del inicio de su etapa al frente de Animal Man y Arkham Asylum fue su reinterpretación de la Doom Patrol o Patrulla Condenada, un tebeo, al igual que Animal Man, aparecido en la Silver Age y creado por el guionista Arnold Drake y el dibujante Bruno Premiani. Un equipo de misfits, de outsiders alejados y marginados de la sociedad debido a accidentes o mutaciones que les separaban de lo normativo y que coincidiría en el tiempo con dos tebeos de la recién nacida Marvel Comics, La Patrulla X (1963) y Los 4 Fantásticos (1961). Tebeos, donde el primero introducía también el amor y la defensa por el diferente y el segundo, el concepto de familia disfuncional, donde el Robotman de la Doom Patrol y La Cosa de los 4F coincidirían emocionalmente, a través de su dolor cuasi shakesperiano al estar ambos atrapados en cuerpos que no les pertenecían. 

Esa condición “fuera de norma” es lo que atrajo en un primer momento a Grant Morrison, que fue reclutado por DC Comics para revolucionar un serial y unos personajes que tras Crisis en Tierras Infinitas (1985-86) había sido retconeado por Paul Kupperberg junto al dibujante Steve Lightle y poco después con un primerizo Erik Larsen, sin que hubiera llamado mucho la atención, ni del público, ni la crítica especializada. Grant Morrison tenía carta blanca y libertad absoluta para reconstruir y redefinir a unos personajes que habían sido olvidados y enterrados por sus émulos de los 60, una Patrulla X, que en manos de Chris Claremont, se habían convertido en las estrellas y símbolo de los misfits de los 80. Una Patrulla X que el propio Grant Morrison, en entrevistas concedidas en dicha época, criticaba por la falta de frescura y riesgo que había acabado destilando el serial, convertido en una máquina de hacer dinero y que el escocés consideraba que debía haber terminado tras la saga “Días del Futuro Pasado”, canto del cisne de la mejor época del serial, obra de Chris Claremont y John Byrne. 






Morrison llevó a la Patrulla Condenada, a lo largo de una etapa que duraría cuatro años, a cotas jamás imaginadas por un tebeo de superhéroes. Si Animal Man era una oda, homenaje y ensayo teórico acerca de los límites de la ficción en general y del medio del cómic en particular, casi un arte místico que permitía abrir fronteras entre mundos y dimensiones, en la Doom Patrol hace lo mismo, pero reflejándose e inspirándose en el arte de las vanguardias, en especial el surrealismo, el dadaísmo y el futurismo. Este último en concreto es homenajeado en la primera página de su etapa -casi una declaración de principios- concretamente en la reproducción del accidente que convertía a Cliff Steele en Robotman. Una página compuesta por nueve viñetas, donde el movimiento cinético, el dinamismo, la velocidad representada a partir de líneas diagonales y el amor por las máquinas, reproducían con las formas del arte secuencial, los preceptos del arte futurista y definían perfectamente aquello que el escocés pretendía integrar al lenguaje y al universo de las viñetas. 

Dicha revolución en las viñetas fue introducida por el autor de Los Invisibles de manera gradual, de la misma manera que lo hiciera en Animal Man. Si Animal Man arrrancaba como una revisitación de un personaje de los años 60 con la mentalidad posmoderna y con conciencia ecológica de finales de los 80, para acabar convirtiéndose en un ensayo acerca del concepto de realidad y creación, la Doom Patrol se iniciaba como una recreación cercana a los trabajos de reconstrucción iniciados por Alan Moore en dicha década con La Cosa del Pantano. Pero donde Moore destacaba por el desarrollo de estructuras narrativas férreas, el tebeo de Morrison destacaba por un mirar hacia delante donde la locura que impregnaban sus relatos, iban parejos al atrevimiento de Morrison para convertir un tebeo de superhéroes conservador en una oda a la imaginación, a la revolución (ya fuera mental, política, social, sexual o de género) que serviría además como campo de pruebas para su obra magna, Los Invisibles. No es casual que los personajes más relevantes de la larga etapa - cuatro años de historias en 44 ejemplares desde diciembre de 1988 hasta noviembre de 1992- fueran un veterano del serial, Larry Trainor AKA Negative Man, que ya en su primer ejemplar era transformado en un ser omnigenérico y multirracial, que rompía y se elevaba de su prisión carnal, que Morrison aprovechaba para desarrollar un discurso acerca de las limitaciones impuestas por una sociedad temerosa de todo aquello que amenazara el sofocante establishment, representado en esos tenebrosos hombres de negro, habitantes de un Pentágono que servía como símbolo del control social, político, cultural y mental de nuestras sociedades contemporáneas. El segundo personaje fundamental de la etapa, que incluso cierra con un brillante epílogo la etapa morrisoniana es Crazy Jane, una mujer víctima de abusos, cuya incapacidad para aceptar el maltrato de su padre biológico, provoca la fractura y escisión de su mente en 62 personalidades diferentes. Un personaje que surgió en la mente de Morrison tras leer el libro “When Rabbits Hole” (1987), transcripción de las conversaciones reales de Truddi Chase -una mujer con 92 personalidades diferentes- con su psicóloga. A través de ella, Morrison transmite su visión de la figura femenina, los límites impuestos por la sociedad hacia las mujeres y la represión sexual fruto de los condicionantes culturales. 






A lo largo de sus cuatro años de publicación -que ahora puede ser disfrutada del tirón, gracias a la magnífica reedición recopilada en cuatro volúmenes en cartoné, que ha publicado recientemente ECC Ediciones en España- se puede vislumbrar perfectamente las revoluciones de un tebeo que ha sido imitado (sin conseguir igualarlo) hasta la extenuación, a lo largo del siglo XXI. Desde los ejercicios de retcon, iniciados con el descubrimiento de las verdaderas causas del origen de la Doom Patrol original, utilizado como elemento argumental y punto de giro fundamental en futuras narrativas superheróicas contemporáneas, tales como el trabajo de reconstrucción de Scott Snyder con Batman para su etapa en los nuevos 52 o incluso la saga de Onslaught en la Patrulla X de Scott Lobdell de finales de los 90, hasta el pasado de Jessica Jones y el Hombre Púrpura en el Alias de Brian Michael Bendis; pasando por la representación formal de los tebeos de los años 60, pero desde una perspectiva contemporánea, tan cínica como reconstruccionista: la saga de Flex Mentallo o el número 53, donde el artista Ken Steacy reconstruye a partir de la emulación de las formas de Jack Kirby un relato del pasado, que luego estará a la orden del día en trabajos posteriores de Alan Moore, como su trabajo para una primigenia Image Comics, e inédito en nuestro país, titulado 1963 (1993) o sus relatos tanto para Tom Strong como para su antología Tomorrow Stories hasta la introducción del surrealismo, el pop art y las vanguardias como base y eje del discurso, influenciando a autores de tanta relevancia contemporánea como pueden ser Matt Fraction (Sex Criminals, Casanova, Ody-C), Kieron Gillen (Jóvenes Vengadores, Phonogram, The Wicked and the Divine), Jeff Lemire (Black Hammer), o Gerard Way (The Umbrella Academy), por poner solo algunos ejemplos. Ejemplos que sin las transgresiones de Grant Morrison y su Patrulla Condenada, nunca hubieron tenido lugar. 

Incluso para el propio Morrison, su etapa en la serie regular de Doom Patrol fue el punto de arrranque para su explosión como autor. No solo porque en este serial trabajó por primera vez con una plétora de artistas que se convertirían con el paso de los años en leales compañeros de armas, tales como Steve Yeowell o Duncan Fegredo, que le acompañarían en trabajos posteriores como Los Invisibles, sino que además, le dio las herramientas a Morrison para desarrollar los dos ejes en los que se moverían sus trabajos futuros: el primero, en tebeos más dirigidos al mainstream, gracias a su habilidad para reconstruir tanto el presente como el pasado de personajes canónicos y que sería reflejado en todo su esplendor en trabajos posteriores como su etapa al frente de los X-Men entre los años 2001 y 2005 o su largo arco argumental al frente de Batman, entre el 2006 y el 2013. En segundo lugar, el tema central que anida dentro de sus trabajos más personales, revolucionarios y alternativos: las fronteras entre imaginación y realidad, entre libertad y coerción, que se vislumbraría a lo largo y ancho de toda su obra, pero que destacaría especialmente en sus dos trabajos más crípticos pero también más apasionantes: la ya mencionada Los Invisibles (1994-2000), su obra maestra y compendio de todos los elementos esparcidos a lo largo y ancho de una extensa obra y El Asco (2002-03): escisión, apuntes a pie de página y (r)evolución de los preceptos en los que se basaban Los Invisibles, pero tamizados por una capa de purulenta degradación y hermetismo que la acabaría convirtiendo casi en el Inland Empire lynchiano de Grant Morrison. 






Por todos estos elementos temáticos, formales y estructurales, y por muchos más que por extensión no pueden ser desarrollados como se merecen en este humilde post, la Doom Patrol de Grant Morrison se merece un puesto de honor entre las grandes obras del arte del cómic. Un trabajo fundacional, vanguardista, revolucionario y sanamente desquiciado que al igual que su propio autor, trajo un soplo de aire fresco y libertad a un medio muchas veces sometido a las leyes del mercado y la dictadura de unos editores y audiencias excesivamente conservadores. Pero cuando alguien como Karen Berger aparece en el medio y se atreve y arriesga a probar lo diferente, nos encontramos con regalos tan inesperados, diferentes, arriesgados y provocadores como Grant Morrison y su Patrulla Condenada.

13 de diciembre de 2016

Zenith Fase 3 y 4 de Grant Morrison y Steve Yeowell: Conclusión de la irregular génesis del talento de Morrison






































Zenith es a Grant Morrison lo que Miracleman es a Alan Moore. Ambas obras son la génesis de las ideas y el talento que luego ambos autores han transmitido y compartido a lo largo de 30 años y que les sirvió a ambos para dar el salto al cómic americano y ser conocidos internacionalmente y conseguir cambiar un medio anquilosado en su vertiente estadounidense.



 La diferencia estriba en que el Miracleman de Moore aún siendo uno de los primeros trabajos del inglés, mantiene el tipo en el año 2016 y sigue siendo una de las obras cumbres de Moore. En cambio, el Zenith de Morrison es un trabajo cuyo valor es realmente arqueológico y aunque hace vislumbrar el talento que eclosionaría poco después, se queda como ópera prima con algunos aciertos pero deficiente resultado.



Estos dos últimos volúmenes de esta nueva reedición de ECC del material original editado en 2000 AD entre 1987 y 1992 son una buena prueba de ello. La Fase 3 es la particular Crisis en Tierras Infinitas de Morrison, con un punto cínico que luego pulió en trabajos como Animal Man o en la conclusión de la reciente El Multiverso, pero que queda lastrado por el dibujo de un principiante Steve Yeowell y donde el sinfín de ideas del escocés, no son desarrolladas como debieran, primero por la inexperiencia de Morrison y segundo, porque el formato de cinco páginas por capítulo, flaco favor le hacía a la ambición de Morrison.



 El cuarto volumen y final, donde Morrison riza el rizo de la colección, es levemente superior al tercer volumen, un remedo de lo contado por Moore en el final de su etapa al frente de Miracleman, con tintes Lovecraftianos que posteriormente ha elevado a los cielos en tebeos como Los Invisibles o el menos conocido El Asco, pero que queda muy lejos de las intenciones y resultados de Alan Moore y que aunque hay que reconocerle que sabe cerrar todas las incógnitas y secretos en los que había ahondado en los tres volúmenes anteriores, no consigue esa sensación de maravilla que el escocés conseguiría en el futuro cercano con Animal Man, por poner un ejemplo.



En definitiva, un tebeo exclusivamente recomendado a seguidores acérrimos de Morrison como yo. Un tebeo que sirve más como base de estudio para el posterior trabajo del escritor, una rareza para estudiosos de su obra, con aciertos e ideas interesantes aisladas, pero que difícilmente puede ser bendecida como un "must-have" de la obra del autor.

1 de marzo de 2016

Zenith Fase Uno de Grant Morrison y Steve Yeowell: Ha nacido una estrella


















Al igual que otros guionistas británicos, el joven Grant Morrison comenzó su andadura profesional en la revista 2000 AD. Una revista que fue la precursora de la oleada de autores británicos que inició Alan Moore a principios de los 80 y que cambió el placido y acomodado ecosistema del comic book americano.

Pero Morrison, igual que sus compañeros de profesión, sorprendió en su país antes de embarcarse en la aventura americana, en la segunda oleada de autores venidos de Gran Bretaña y que iría acompañado de otra figura legendaria como es Neil Gaiman.



Zenith apareció ya a finales de los 80, concretamente en el año 1987 y las influencias del precursor de esta nueva ola del cómic de género, Alan Moore, se deja sentir en este primerizo Zenith del que ECC ha editado un primer volumen de cuatro que completarán la obra.

El primer referente que viene a la cabeza al leer este volumen es el Miracleman de Alan Moore y su visión descarnada y apocalíptica del superhéroe en el mundo real. Pero detrás de la veneración de un joven Morrison hacia una fuente de inspiración que se convertiría en enemistad con el paso de los años, podemos vislumbrar junto a esa visión negra provocada por los años de Margaret Thatcher en el poder y que es tema común de esta generación de escritores, un delirio pop y dadaísta que se ve reflejado en el nihilista protagonista de nuestra obra, un joven superhéroe/estrella del pop que no tiene ningún interés en ser un referente moral y solo quiere beber y divertirse como si no hubiera un mañana.



El otro punto en el que podemos ver el camino en el que derivarían obras más maduras y complejas del escritor escocés como Los Invisibles es el gusto de Morrison por la iconografía pesadillesca Lovecraftiana en eses seres multidimensionales que serían elemento común de tebeos posteriores y que entremezclan el horror y una subrepticia sexualidad que le entronca con autores como Clive Barker.

El joven Morrison demuestra que su arrojo, valentía y desmesura controlada, ya que en este primer volumen casi autoconclusivo, sabe como lidiar con mil y un elementos esparcidos de manera en apariencia casual, pero perfectamente medido, que servirán para actos posteriores de la obra y que una vez leídos estos, darán una nueva visión y punto de vista en posteriores relecturas.



Su compañero en el apartado artístico, es el dibujante inglés Steve Yeowell, que luego le acompañaría en los primeros pasos de la obra más ambiciosa y completa del escritor, Los Invisibles, y que aunque el dibujante original y artífice de los diseños, Brendan McCarthy era una opción más adecuada, su sustituto afronta el trabajo sin destellos de brillantez, pero con una profesionalidad fuera de toda duda.

Así que ya sabes, si eres un fan absoluto de la imaginación desbordada de Grant Morrison como yo, este es un tebeo que no puedes dejar pasar. Unos primeros pasos firmes y decisivos para su excelente y revolucionario trabajo posterior, una obra contada en tres momentos decisivos del tiempo (los años 40, 60 y 80), una reinvención de acontecimientos históricos pasados por el prisma del horror y el género de superhéroes y en definitiva una obra única y menos conocida de un autor único.

12 de septiembre de 2014

Los Invisibles de Grant Morrison: Quizás el mejor cómic jamás publicado


























Afirmar tan rotundamente que una obra es la mejor obra jamás hecha, sea en el medio que sea, es una temeridad muy grande. Sobre todo cuando existen obras que objetivamente son mucho más redondas, más cerradas y de más fácil acceso que estos Invisibles que nos ocupan. Sobre todo viniendo de un autor como Grant Morrison, amado y odiado a partes iguales por los aficionados al mundo del cómic. Un autor que es tanto escritor como estrella de rock y donde muchas veces no sabes donde empieza la persona y acaba el personaje.



Grant Morrison llegó al mundo del cómic con la ambiciosa intención de ser el mejor escritor de cómics de la historia del medio y revolucionar el medio y su manera de sentirlo y contarlo como nunca se había visto antes. Muchos han visto en el escocés un remedo pop de Alan Moore, pero quitando que los dos son aficionados a la magia, poca relación puedo ver entre la obra del uno y el otro, obviando que las de ambos son dos excelentes trayectorias profesionales y que ambos nos han entregado a los aficionados algunos de los mejores tebeos jamás escritos.



Y Los Invisibles es su gran obra. Una evolución de los planteamientos con los que nos deslumbró en trabajos anteriores como Animal Man o su Doom Patrol y que ha influido posteriormente en trabajos personales suyos como The Filth u obras más mainstream como su larga etapa de Batman, Crisis Final o su trabajo más reciente para DC Comics, The Multiversity.



En Los Invisibles, Morrison aúna todas sus filias y fobias, todos sus intereses y su manera de ver el mundo, además de incluir en la misma todos aquellos acontecimientos, por bizarros que sean, que le han ocurrido al excéntrico autor. En cada uno queda el creer en lo que le ha ocurrido o no. Si es un charlatán o realmente cree que le han ocurrido o le han ocurrido todas esas experiencias extrasensoriales y "paranormales" que todo aquel que haya seguido su trayectoria conocerá.



Y todas esas experiencias forjan Los Invisibles. Una obra dividida en tres volúmenes, cada uno de ellos diferentes tanto en forma como en estilo, pero que unidos forman un canvas enorme donde el sentido de la vida, la definición de realidad, las conspiraciones, fenómenos extrasensoriales, paranormales e inexplicables se dan la mano para formar todos ellos juntos un trabajo que intenta dar explicación a la pregunta más importante que todos los seres humanos nos hacemos: ¿Cuál es el sentido de la vida?



Personalmente creo que Morrison lo consigue. Por supuesto con su particular estilo. Y advierto, este tebeo no está hecho para aquellas personas que quieren explicaciones masticaditas y de manual. Leer Los Invisibles requiere de esfuerzo, de concentración. Pero es un esfuerzo que queda recompensado a medida que avanzas en la lectura de una obra que no te suelta y que cuando acaba te deja una extraña sensación de vacío.



Pero no os penséis que el tebeo es una disertación aburrida sobre que es la realidad, cual es nuestro lugar en el universo, etc... No, Morrison crea una ficción donde un grupo de individuos subversivos organizados en grupos de 5 miembros en diferentes lugares del mundo, se enfrentan a fuerzas ocultas que controlan el mundo, un mundo que no es real y que ha sido manipulado para esclavizar sin que nos demos cuenta, a todos los humanos. Y si, se parece mucho a Matrix, pero eso es un tema para otro post... Solo una pista, Los Invisibles apareció en 1994 y Matrix se estrenó en 1999...que cada uno saque sus propias conclusiones.



La división en 3 volúmenes tiene su sentido, tanto en la manera que Morrison planteó la obra (basado en las etapas de la vida de Buda) como por la irregular trayectoria comercial que tuvo el título cuando apareció publicada por primera vez. Y si que es cierto que la lectura mensual de este título es complicada. Cada ejemplar y cada página del mismo, e incluso muchas veces cada viñeta aportan tal cantidad de información y conceptos, que si no lo lees de manera continuada, puede confundir y frustrar al lector ocasional. Pero si te adentras en el particular estilo narrativo de Morrison, estás perdido.



Cada volumen tiene una estructura narrativa y un estilo diferente. El primer volumen arranca de manera pausada, con un tono más gris, más inglés, presentando a los participantes de esta obra. El segundo volumen, ambientado en Estados Unidos, es más pop, más enérgico, más fácilmente digerible para los no iniciados en la obra de Morrison. Y el tercer volumen es el arco que devuelve a la obra el tono quizás más hermético del primer volumen, donde todos los misterios son resueltos, pero no de la manera que quizás esperamos.



Pero Los Invisibles no es una obra que se pueda contar. La tienes que experimentar. Y desde aquí os animo a todos a que lo hagáis. A que os dejéis llevar por la locura, que abandonéis vuestra parte racional y os dejéis llevar por los sentidos, porque Los Invisibles es una obra sensorial. Es posible que en su primera lectura no entendáis todo, o puede que tampoco en la segunda o tercera. Pero cada lectura de la misma abre una capa más en este crisol que son Los Invisibles. No os arrepentiréis. Os lo aseguro.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...