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22 de febrero de 2019

La importancia de la Doom Patrol de Grant Morrison






















El final de la década de los 80 coincidió con la llegada de la segunda oleada de autores británicos al territorio del comic book americano. Autores como Peter Milligan, Neil Gaiman, Jamie Delano y por supuesto, Grant Morrison, entraron al mercado americano de la mano de Karen Berger, para continuar una revolución iniciada por Alan Moore y que cambiaría para siempre el panorama del tebeo de superhéroes norteamericano. Grant Morrison aterrizó en DC Comics con tres proyectos muy diferentes entre si, pero que servirían no solo para presentar en sociedad internacional al autor más atrevido de la nueva hornada de autores que romperían el medio, sino para preconizar unas ondas expansivas que alcanzarían a la industria, incluso hasta la actualidad. 

Esas tres obras fueron las siguientes: Batman Arkham Asylum (1989), novela gráfica en la que le acompañaba un pletórico Dave McKean y que fue la primera aproximación de Grant Morrison a la figura del señor de la noche, a través de un relato de terror gótico orgánico, introspectivo y pesadillesco que no pudo ser llevado hasta las últimas consecuencias que pretendía el guionista, por censuras editoriales. En segundo lugar Animal Man (1988-90), la primera de las revisitaciones del escocés a sus amados tebeos de la Silver Age y que redefiniría como nadie, tanto anterior como posteriormente, la frágil membrana que separa la delgada línea entre ficción y realidad. Un trabajo de estructura y conceptualización brillante y que sigue siendo el tebeo más accesible del autor para adentrarse en su particular universo, capaz de poner de acuerdo tanto a los incondicionales del autor, como a aquellos lectores más conservadores y menos atraídos por los excesos del escocés.

El tercer proyecto que aparecería poco después del inicio de su etapa al frente de Animal Man y Arkham Asylum fue su reinterpretación de la Doom Patrol o Patrulla Condenada, un tebeo, al igual que Animal Man, aparecido en la Silver Age y creado por el guionista Arnold Drake y el dibujante Bruno Premiani. Un equipo de misfits, de outsiders alejados y marginados de la sociedad debido a accidentes o mutaciones que les separaban de lo normativo y que coincidiría en el tiempo con dos tebeos de la recién nacida Marvel Comics, La Patrulla X (1963) y Los 4 Fantásticos (1961). Tebeos, donde el primero introducía también el amor y la defensa por el diferente y el segundo, el concepto de familia disfuncional, donde el Robotman de la Doom Patrol y La Cosa de los 4F coincidirían emocionalmente, a través de su dolor cuasi shakesperiano al estar ambos atrapados en cuerpos que no les pertenecían. 

Esa condición “fuera de norma” es lo que atrajo en un primer momento a Grant Morrison, que fue reclutado por DC Comics para revolucionar un serial y unos personajes que tras Crisis en Tierras Infinitas (1985-86) había sido retconeado por Paul Kupperberg junto al dibujante Steve Lightle y poco después con un primerizo Erik Larsen, sin que hubiera llamado mucho la atención, ni del público, ni la crítica especializada. Grant Morrison tenía carta blanca y libertad absoluta para reconstruir y redefinir a unos personajes que habían sido olvidados y enterrados por sus émulos de los 60, una Patrulla X, que en manos de Chris Claremont, se habían convertido en las estrellas y símbolo de los misfits de los 80. Una Patrulla X que el propio Grant Morrison, en entrevistas concedidas en dicha época, criticaba por la falta de frescura y riesgo que había acabado destilando el serial, convertido en una máquina de hacer dinero y que el escocés consideraba que debía haber terminado tras la saga “Días del Futuro Pasado”, canto del cisne de la mejor época del serial, obra de Chris Claremont y John Byrne. 






Morrison llevó a la Patrulla Condenada, a lo largo de una etapa que duraría cuatro años, a cotas jamás imaginadas por un tebeo de superhéroes. Si Animal Man era una oda, homenaje y ensayo teórico acerca de los límites de la ficción en general y del medio del cómic en particular, casi un arte místico que permitía abrir fronteras entre mundos y dimensiones, en la Doom Patrol hace lo mismo, pero reflejándose e inspirándose en el arte de las vanguardias, en especial el surrealismo, el dadaísmo y el futurismo. Este último en concreto es homenajeado en la primera página de su etapa -casi una declaración de principios- concretamente en la reproducción del accidente que convertía a Cliff Steele en Robotman. Una página compuesta por nueve viñetas, donde el movimiento cinético, el dinamismo, la velocidad representada a partir de líneas diagonales y el amor por las máquinas, reproducían con las formas del arte secuencial, los preceptos del arte futurista y definían perfectamente aquello que el escocés pretendía integrar al lenguaje y al universo de las viñetas. 

Dicha revolución en las viñetas fue introducida por el autor de Los Invisibles de manera gradual, de la misma manera que lo hiciera en Animal Man. Si Animal Man arrrancaba como una revisitación de un personaje de los años 60 con la mentalidad posmoderna y con conciencia ecológica de finales de los 80, para acabar convirtiéndose en un ensayo acerca del concepto de realidad y creación, la Doom Patrol se iniciaba como una recreación cercana a los trabajos de reconstrucción iniciados por Alan Moore en dicha década con La Cosa del Pantano. Pero donde Moore destacaba por el desarrollo de estructuras narrativas férreas, el tebeo de Morrison destacaba por un mirar hacia delante donde la locura que impregnaban sus relatos, iban parejos al atrevimiento de Morrison para convertir un tebeo de superhéroes conservador en una oda a la imaginación, a la revolución (ya fuera mental, política, social, sexual o de género) que serviría además como campo de pruebas para su obra magna, Los Invisibles. No es casual que los personajes más relevantes de la larga etapa - cuatro años de historias en 44 ejemplares desde diciembre de 1988 hasta noviembre de 1992- fueran un veterano del serial, Larry Trainor AKA Negative Man, que ya en su primer ejemplar era transformado en un ser omnigenérico y multirracial, que rompía y se elevaba de su prisión carnal, que Morrison aprovechaba para desarrollar un discurso acerca de las limitaciones impuestas por una sociedad temerosa de todo aquello que amenazara el sofocante establishment, representado en esos tenebrosos hombres de negro, habitantes de un Pentágono que servía como símbolo del control social, político, cultural y mental de nuestras sociedades contemporáneas. El segundo personaje fundamental de la etapa, que incluso cierra con un brillante epílogo la etapa morrisoniana es Crazy Jane, una mujer víctima de abusos, cuya incapacidad para aceptar el maltrato de su padre biológico, provoca la fractura y escisión de su mente en 62 personalidades diferentes. Un personaje que surgió en la mente de Morrison tras leer el libro “When Rabbits Hole” (1987), transcripción de las conversaciones reales de Truddi Chase -una mujer con 92 personalidades diferentes- con su psicóloga. A través de ella, Morrison transmite su visión de la figura femenina, los límites impuestos por la sociedad hacia las mujeres y la represión sexual fruto de los condicionantes culturales. 






A lo largo de sus cuatro años de publicación -que ahora puede ser disfrutada del tirón, gracias a la magnífica reedición recopilada en cuatro volúmenes en cartoné, que ha publicado recientemente ECC Ediciones en España- se puede vislumbrar perfectamente las revoluciones de un tebeo que ha sido imitado (sin conseguir igualarlo) hasta la extenuación, a lo largo del siglo XXI. Desde los ejercicios de retcon, iniciados con el descubrimiento de las verdaderas causas del origen de la Doom Patrol original, utilizado como elemento argumental y punto de giro fundamental en futuras narrativas superheróicas contemporáneas, tales como el trabajo de reconstrucción de Scott Snyder con Batman para su etapa en los nuevos 52 o incluso la saga de Onslaught en la Patrulla X de Scott Lobdell de finales de los 90, hasta el pasado de Jessica Jones y el Hombre Púrpura en el Alias de Brian Michael Bendis; pasando por la representación formal de los tebeos de los años 60, pero desde una perspectiva contemporánea, tan cínica como reconstruccionista: la saga de Flex Mentallo o el número 53, donde el artista Ken Steacy reconstruye a partir de la emulación de las formas de Jack Kirby un relato del pasado, que luego estará a la orden del día en trabajos posteriores de Alan Moore, como su trabajo para una primigenia Image Comics, e inédito en nuestro país, titulado 1963 (1993) o sus relatos tanto para Tom Strong como para su antología Tomorrow Stories hasta la introducción del surrealismo, el pop art y las vanguardias como base y eje del discurso, influenciando a autores de tanta relevancia contemporánea como pueden ser Matt Fraction (Sex Criminals, Casanova, Ody-C), Kieron Gillen (Jóvenes Vengadores, Phonogram, The Wicked and the Divine), Jeff Lemire (Black Hammer), o Gerard Way (The Umbrella Academy), por poner solo algunos ejemplos. Ejemplos que sin las transgresiones de Grant Morrison y su Patrulla Condenada, nunca hubieron tenido lugar. 

Incluso para el propio Morrison, su etapa en la serie regular de Doom Patrol fue el punto de arrranque para su explosión como autor. No solo porque en este serial trabajó por primera vez con una plétora de artistas que se convertirían con el paso de los años en leales compañeros de armas, tales como Steve Yeowell o Duncan Fegredo, que le acompañarían en trabajos posteriores como Los Invisibles, sino que además, le dio las herramientas a Morrison para desarrollar los dos ejes en los que se moverían sus trabajos futuros: el primero, en tebeos más dirigidos al mainstream, gracias a su habilidad para reconstruir tanto el presente como el pasado de personajes canónicos y que sería reflejado en todo su esplendor en trabajos posteriores como su etapa al frente de los X-Men entre los años 2001 y 2005 o su largo arco argumental al frente de Batman, entre el 2006 y el 2013. En segundo lugar, el tema central que anida dentro de sus trabajos más personales, revolucionarios y alternativos: las fronteras entre imaginación y realidad, entre libertad y coerción, que se vislumbraría a lo largo y ancho de toda su obra, pero que destacaría especialmente en sus dos trabajos más crípticos pero también más apasionantes: la ya mencionada Los Invisibles (1994-2000), su obra maestra y compendio de todos los elementos esparcidos a lo largo y ancho de una extensa obra y El Asco (2002-03): escisión, apuntes a pie de página y (r)evolución de los preceptos en los que se basaban Los Invisibles, pero tamizados por una capa de purulenta degradación y hermetismo que la acabaría convirtiendo casi en el Inland Empire lynchiano de Grant Morrison. 






Por todos estos elementos temáticos, formales y estructurales, y por muchos más que por extensión no pueden ser desarrollados como se merecen en este humilde post, la Doom Patrol de Grant Morrison se merece un puesto de honor entre las grandes obras del arte del cómic. Un trabajo fundacional, vanguardista, revolucionario y sanamente desquiciado que al igual que su propio autor, trajo un soplo de aire fresco y libertad a un medio muchas veces sometido a las leyes del mercado y la dictadura de unos editores y audiencias excesivamente conservadores. Pero cuando alguien como Karen Berger aparece en el medio y se atreve y arriesga a probar lo diferente, nos encontramos con regalos tan inesperados, diferentes, arriesgados y provocadores como Grant Morrison y su Patrulla Condenada.

20 de abril de 2017

Kill or be Killed de Brubaker y Philips: Eisner, Bronson y nihilismo contemporáneo






























El duo formado por Ed Brubaker y Sean Philips tienen unas señas de identidad muy claras para todos aquellos que hemos disfrutado de obras tan excelentes como Sleeper, Criminal, Fatale y en menor medida Incognito o The Fade Out. El noir, los perdedores, las mujeres fatales y el gusto por los géneros menores y la literatura y el cine exploitation han dado a los lectores del siglo XXI unos trabajos que en líneas generales solo pueden calificarse de sobresalientes.



Por eso siempre es bienvenida una obra de dos autores como Brubaker y Philips, porque los lectores sabemos que mínimo tendremos un tebeo notable y que merece la pena, y en el mejor de los casos un tebeo brillante. Su nuevo trabajo, Kill or be Killed, tras un primer volumen recopilatorio que aúna los cuatro primeros ejemplares de su nuevo trabajo para Image Comics, da como resultado un tebeo notable que promete, pero que por el momento no sorprende como trabajos anteriores como Fatale o Sleeper.



Nuestro protagonista es Dylan, un clásico perdedor made in Brubaker que lleva una vida mediocre, lleno de complejos y resentimientos en la Nueva York actual. Una decisión que casi le hace perder la vida le convierte en un vigilante sangriento a la Charles Bronson que vive dos realidades que pueden ser ciertas o producto de la mente escindida de nuestro protagonista.



Brubaker mezcla con acierto -de la mano de un Sean Philips que ha alcanzado por el momento el climax de su habilidad artística y su compenetración con Brubaker- la suciedad y la oscuridad de una Nueva York actual barnizada con el ambiente de los peligrosos años 70 con el slice of life nihilista propio de un Daniel Clowes, más el coqueteo con elementos sobrenaturales propios de una novela pulp "under the counter" que ya trasladó con brillantez en obras como Fatale.



Philips plasma el guión de Brubaker con páginas que entremezclan con acierto el estilo clásico del dibujante con ilustraciones a toda página y textos de apoyo de novela ilustrada que traen al recuerdo el trabajo de Will Eisner en su trilogía de Nueva York sin que el contraste entre ambos estilos choque al lector.



Por lo tanto, tenemos un primer volumen escrito con pericia e ilustrado con acierto por ambos autores, que quizás no sorprenda y deje con la boca abierta como los primeros trabajos con los que nos deleitaron en la primera década del siglo XXI, pero que invita al lector a seguir desentrañando el misterio planteado por ambos artistas en futuros volúmenes de la nueva obra de uno de los equipos artísticos más estables y redondos del cómic contemporáneo.

4 de diciembre de 2016

Hellblazer de Jamie Delano 3 (de 3): Miscelanea de contenidos irregulares


























ECC termina de recopilar la etapa de Jamie Delano en un tercer volumen que es mucho más que eso. De su etapa inicial, incluye los últimos cinco ejemplares y para completar el volumen, incluye dos trabajos posteriores en el tiempo del escritor, la miniserie Bad Blood y la novela gráfica Pandemonium, de los años 2000 y 2010 respectivamente, una historia corta aparecida en el número 250 de la serie regular y como complemento la corta etapa de Eddie Campbell al frente del personaje, que coincide en el tiempo con el fin de la etapa Ennis y antes de la llegada de Paul Jenkins al serial.



A Delano hay que reconocerle su atrevimiento al coger un personaje de Alan Moore e insuflarle mucha más vida, pero leídos 25 años después de su publicación, se antojan densos, pedantes y repletos de palabrería, quedando muy por detrás de obras coetáneas como el Animal Man de Morrison, La Doom Patrol de Morrison o el Shade de Milligan.



Delano termina su etapa con tarot, misticismos y palabrería vacua, con un Constantine desvirtuado y tebeos de ardua lectura. Tras este epílogo, el volumen incluye la etapa de Campbell, una rara avis dentro de la colección, con buenas intenciones pero endeble resultado, solo salvable por el siempre solvente Sean Philips.

De ahí pasamos a la miniserie Bad Blood, donde Delano nos lleva a un futuro que ya es presente para nosotros, con un Constantine septuagenario que se ve envuelto en una historia paródica influída por la llegada de los laboristas al gobierno inglés y con el fondo de la muerte de Diana de Gales para llevar a cabo una irregular parodia de la aristocracia inglesa y el auge de los reality shows, ilustrada adecuadamente por Philip Bond.



Y el volumen concluye con el mejor trabajo incluído en el tomo, Hellblazer Pandemonium, una novela gráfica escrita por Delano e ilustrada con mucho estilo por Jock que nos devuelve de nuevo al mejor Delano, con una obra de terror político, con el terrorismo islamista y la guerra de Irak como telón de fondo, convirtiéndose en el mejor relato de Constantine escrito por Delano, junto a los primeros ejemplares aparecidos en el año 1988.



 En definitiva, un volumen para el completista. La etapa Delano, aunque importante por ser la primera, ha envejecido mal y queda muy por debajo del trabajo de autores posteriores como Ennis, Jenkins o Carey.

28 de junio de 2016

Hellblazer de Paul Jenkins 2 (de 2): El tramo final del Constantine más melancólico

























Si como yo, eres de aquellos que crees el Hellblazer de Garth Ennis es el modelo de todos los Constantine que han venido después de él, seguramente piensas lo mismo que yo acerca de la etapa de Paul Jenkins. Una etapa que vino justo después que la del autor irlandés y que fue el primer trabajo profesional de Paul Jenkins.

Si en el primer volumen publicado por ECC de la etapa Jenkins el autor nos planteaba los preceptos en los que se iba a basar su recorrido por el personaje y su entorno, este segundo volumen no hace más que reafirmar lo expuesto.



Y aunque el volumen comienza con el dibujo invitado de un por entonces desconocido Charlie Adlard -ahora ultrafamoso dibujante de Los Muertos Vivientes de Kirkman- la etapa hasta el número 120 está dibujada por Sean Philips, actualmente conocido por sus memorables trabajos junto a Ed Brubaker y que aquí demuestra que gráficamente y en cuestión de tono, la colección nunca antes o después ha estado en mejores manos artísticas.

En cambio, y aunque Jenkins tenga aciertos puntuales, personalmente la etapa no me llega a cuajar. La primera gran saga del volumen, que bebe de los mitos artúricos tiene una premisa fascinante, pero quizá no sea del todo paladeable a todos aquellos no seamos anglosajones. Si es destacable la creación de un nuevo entorno de amigos y pareja. Y si el grupo de amigos podría dar más de si, pero aumenta el rango de interacción del solitario personaje, su nueva pareja no nos puede hacer olvidar la que ha sido su gran novia, la Kit creada por Garth Ennis en su etapa.



A destacar también el número 120, especial que conmemora los 10 años de existencia del título en las librerías, donde Jenkins rompe la cuarta pared, homenajea el legado dejado por los anteriores narradores de la vida del personaje y que deja vislumbrar atisbos de lo que sería su proyecto más arriesgado, El Vigía para Marvel Comics, publicado en el año 2001.

Curiosa también es la miniserie de dos números donde Jenkins reúne de nuevo a Constantine con Tim Hunter, el joven mago presentado y creado por Neil Gaiman en Los Libros de la Magia, acompañado por el interesante arte de Paul Lee.



Y tras el ejemplar de aniversario y la miniserie junto a Tim Hunter, Jenkins afronta su recta final de la colección en nueve episodios, esta vez acompañado por el dibujante Warren Pleece. Un autor que no alcanza las cotas de Philips, pero que devuelve a la colección ese tono áspero, sucio y sangriento de autores como Steve Dillon o Carlos Ezquerra.

Jenkins remata dos líneas argumentales de sus predecesores en la colección. Lo primero, la línea argumental y los maltratos del padre de Constantine planteados por Jamie Delano y segundo pero no menos importante la trama de Lilith y Constantine que desarrolló Ennis a lo largo de su fascinante etapa y que culminó en la saga "Un Cínico a las Puertas del Infierno".



Finalmente, Jenkins deja al personaje casi en tábula rasa para que posteriores autores hagan con él lo que quieran. De nuevo un Constantine solo, menos humano y de nuevo con las llamas del infierno llamando a su puerta.

14 de junio de 2016

Hellblazer de Jamie Delano 2 de 3: La ambiciosa pero irregular etapa de Delano continúa con invitados de auténtico lujo






















Aunque parezca ayer, el final de los años 80 y principios de los 90 ya nos viene muy lejano. Yo viví ese momento tan trascendental para el cómic americano, esa eclosión de tebeos que se alejaban de lo que estábamos acostumbrados y que abrieron los ojos de toda una generación de lectores, entre los que me incluyo y nos hizo ver que los tebeos podían ser algo más que una sucesión interminable de tortazos.



El Hellblazer de Delano fue uno de esos tebeos que abrió el camino a una nueva manera de contar historias dentro de las editoriales mainstream y este volumen es una buena muestra de ello. Desde conspiraciones gubernamentales a abusos infantiles, de la pobreza de las grandes metrópolis al terror nuclear, Jamie Delano plasma en estas casi 600 páginas todo aquello que preocupaba al occidente de finales de los 80, sobre todo a la población anglosajona sometida por el gobierno de Margaret Thatcher.

Estos tebeos son una rebelión contra el conservadurismo, contra la moral castrante y una oda envuelta en tebeo sobrenatural de todo aquello que los gobiernos totalitarios querían ocultar. El problema, que el joven Delano, influenciado por supuesto por el maestro Moore, intenta plasmar todos sus intereses, miedos, angustias y pensamientos de una manera atropellada, rayando en la pedantería (esos textos de apoyo interminables y repletos de verborrea).



El mejor ejemplo es la historia "La Máquina del Miedo", contada en 9 números regulares y que teniendo un punto de partida y unas ideas más que sugerentes, se hace bola a medida que avanza, repleta de filosofía new age de saldo y un desarrollo narrativo repleto de momentos repetitivos y sobreexplicaciones para aparentar ser más inteligente de lo que realmente es.

En cambio, Delano es más interesante cuando cuenta relatos autoconclusivos circunscritos al tamaño de un comic book, como ese número donde nos cuentan la difícil infancia de Constantine o el juego con la realidad y la ficción de Constantine con un personaje del mundo literario.



Por supuesto, el trabajo de Delano también mejora dependiendo de quién sea el compañero a los lápices. Porque no es lo mismo que te dibuje tus historias un torpe John Ridgway o un bisoño Mark Buckingham, al que el entintado de Alfredo Alcalá no le pega ni con cola, que si te dibuja Dean Motter o un primerizo pero con futuro Sean Philips.



Lo verdaderamente destacable de este volumen son las historias realizadas por verdaderas estrellas del cómic británico, Neil Gaiman y Grant Morrison. El primero, acompañado de un sobrio Dave McKean y que en escasas 24 páginas saben remover y aterrorizar al lector en un bello pero sombrío relato social con elemento sobrenatural.



Más grandguiñolesco, pero igualmente efectivo son los dos números realizados por Grant Morrison y David Lloyd. Una verdadera pesadilla burguesa, con ecos de Stanley Kubrick y el temor atómico, donde Constantine es un mero espectador de la pesadilla de nuestra sociedad del bienestar.


En definitiva, un volumen irregular, pero imprescindible para entender el camino que tomó una parte del mainstream a finales de los 80. Un tebeo valiente y que trata temas comprometidos e importantes, pero que quizás la escasa experiencia de Delano hicieron que hayan quedado más como reflejo de una época determinada que como tebeos imprescindibles de dicha época como lo pueden ser Sandman, La Cosa del Pantano o el Animal Man de Morrison.

9 de mayo de 2016

Savage Sword of Criminal y Deadly Hands of Criminal: El regalo de Brubaker y Philips a los seguidores de su antología pulp






































Si en los últimos años ha habido una pareja creativa que ha conseguido el éxito unánime de público y crítica, esos han sido Ed Brubaker y Sean Philips. Una entente perfecta, donde el uno al otro consiguen explotar y exprimir al máximo los talentos de cada uno de ellos y que han entregado a los aficionados obras tan influyentes y magistrales como Sleeper, Fatale o la más reciente The Fade Out. 

Y si Sleeper fue la obra que les puso en la órbita de los lectores, con ese tebeo que aunaba lo mejor de los superhéroes y el noir, fue la antología de relatos Criminal la que les encumbró. En seis historias, recopiladas en seis volúmenes, Brubaker y Philips homenajeaban el trabajo y el tono de autores noir como Hammet, Chandler, McCain o la más reciente Christa Faust, para entregarnos las historias de unos perdedores y sus mediocres pero a la vez apasionantes vidas.



La fórmula la fueron mezclando con otros ingredientes, como el terror Lovecraftiano en la magistral Fatale y eso nos hizo descubrir que Brubaker y Philips no solo eran unos autores eminentementes noir, sino que les gustaba redefinir todos los subgéneros literarios que un siglo después están teniendo el reconocimiento popular.

Y si las novelas pulp era la cultura de unos lectores y una parte de la sociedad que disfrutaban con obras que llevaban al extremo de por entonces aquello que la sociedad bienpensante quería ocultar, los cómics en formato magazine fueron en los 70 esa parte de la subcultura que muchos de nosotros seguimos atesorando y adorando con nostalgia.



Y he aquí que Brubaker y Philips se sacaron de la manga un especial en 2015, donde no solo homenajean el trabajo de autores como Roy Thomas y dibujantes como Tony de Zuñiga en la Espada Salvaje de Conan, sino que imitan el formato en una edición especial que emula los magazines de los 70 con todo lujo de detalles, sino que integran dos historias en una, la de un bárbaro sosias de Conan y un nuevo relato de Tracy Lawless, el criminal de poca monta que ya tuvo dos historias en anteriores entregas de Criminal.

El resultado de este especial es mejor en forma que en fondo. Ni es la mejor historia de Tracy Lawless, ni la manera de integrar la fantasía y la realidad funciona más allá del mero homenaje, quedando muy por debajo del que para mi es la mejor historia de Criminal, "El Último de los Inocentes" donde mezclaba la falsa inocencia de Archie con la brutalidad de su realidad noir, para traer de vuelta unos recuerdos de infancia que no eran tan puros como intentan aparentar.



Aprovechando que este año han cumplido 10 años de la publicación del primer Criminal, repiten la hazaña, pero esta vez homenajeando los tebeos de terror de los 70 con la exploitation del Kung Fu gracias a la fama de Bruce Lee. Y aquí el experimento si que funciona a la perfección, donde en el tebeo del Hombre Lobo, Brubaker sabe sacar punta al contexto sexual ligeramente atisbado en las obras originales y Philips emulando a autores como Sal Buscema. Y todavía más, porque aquí si que la historia principal, la historia de un hijo y su padre asesino de poca monta, fluye perfectamente como historia de inocencia perdida y primer desencuentro con la triste realidad del mundo adulto, además de establecer una historia de amor y amistad infantil desgarradora.



En definitiva, dos especiales que merecen la pena para todos los seguidores no solo de la mal llamada baja cultura, sino a todo aquel que quiera disfrutar de dos tebeos inteligentes y con un formato a atesorar en los años venideros.

22 de noviembre de 2015

Hellblazer de Paul Jenkins 1 de 2: un Constantine melancólico

























La llegada de Paul Jenkins a la colección de Hellblazer no debió ser una tarea fácil, sobre todo tras la etapa de Garth Ennis, un referente de como se debe escribir a John Constantine. Más difícil todavía si nos encontramos con un autor casi novel en las labores de escritor, que debía herederar el trabajo de tres autores como Alan Moore, Jamie Delano y el ya mencionado Garth Ennis.



Jenkins tomó el camino del medio: emuló el tono más espiritual y abstracto de los últimos ejemplares de la etapa de Delano, mezclado con el costumbrismo de Ennis. Por supuesto, el escritor le aportó un elemento que el personaje todavía no tenía como atributo: una mayor humanidad y sensibilidad, además de una melancolía que esta etapa transmite por todos sus poros.



Y el autor, tras unos primeros ejemplares para acondicionarse, quizás los menos interesantes, donde Constantine se hace uno con el planeta tierra, acelera y se enfrenta a la que quizás sea la saga más interesante de este primer tramo con el personaje: Masa Crítica.



En esta historia en cinco partes, Jenkins resuelve el conflicto con el que Ennis comenzó y finalizó su etapa, el pacto diabólico de Constantine para librarse de un cáncer de pulmón terminal, donde los fantasmas del pasado no dejan de perseguirle y Constantine debe abandonar todo aquello que le está lastrando en un giro argumental ingenioso e inesperado y que se encuentra entre lo mejor que ha escrito Jenkins.



Esta historia tiene su continuación en el número 100 de la colección, donde como epílogo, Constantine debe enfrentarse con Satanás y el fantasma de su padre, sirviendo esto al autor para dar a conocer a los lectores una parte del pasado del personaje no conocida hasta el momento y que le convierte en un personaje con muchas más capas de humanidad.



Sean Philips, uno de los dibujantes más importantes e interesantes de la actualidad acompaña y refuerza los guiones de Jenkins en el que quizás fue su primer gran trabajo relevante, entregando un grafismo que explotaría cuando se fusionó como pareja creativa de Ed Brubaker.



El problema de esta primera mitad de etapa es que aunque tiene sus aciertos, nunca llegan a cuajar del todo los guiones de un Jenkins primerizo que bebe de los autores anteriormente mencionados y de la estrella del momento, Neil Gaiman, pero sin dotar a sus historias de una personalidad definida, algo que le ha arrastrado a lo largo de toda su carrera.



Pero eso no quita que además de la saga anteriormente mencionadas, Jenkins brille ocasionalmente en historias autoconclusivas y más pequeñas como En la Línea de Fuego, una historia nostálgica y bella de amor espectral o El Fútbol es Así, una visión del fanatismo del fútbol que seguro no dejará a nadie indiferente.



En definitiva, una etapa curiosa pero no fundamental, con aciertos aislados, pero que no posee la fuerza definitoria de otras etapas del personaje como la de Ennis, Delano o la polémica pero impactante etapa de Brian Azzarello, que gana puntos sobre todo por el extraordinario trabajo de Sean Philips a los lápices.

17 de junio de 2015

The Fade Out de Ed Brubaker y Sean Philips: Hollywood Babilonia























Para los aficionados a los buenos cómics, los apellidos Brubaker y Philips son sinónimo de calidad. Ambos autores, desde que se reunieran por primera vez a finales de los años 90 con La Escena del Crimen, no han dejado de entregarnos a los aficionados obra tras obra magistral, destacando Sleeper, Criminal y Fatale, esta última editada bajo el sello Image.

Y tras la finalización de Fatale, una mezcla perfecta de noir y pesadilla Lovecraftiana, Brubaker y Philips han encadenado casi inmediatamente su nuevo serial, The Fade Out, una intriga con sombras de James M. Cain y James Ellroy, que nos llevan al Hollywood de la época dorada, tras la Segunda Guerra Mundial, con el comienzo de la guerra fría y el McCarthysmo.



Nuestro protagonista, un guionista de Hollywood seco de ideas, sirve de maestro de ceremonias para conocer las bambalinas y los rincones oscuros de un Hollywood representado por todos y cada uno de los arquetipos que conocemos: El dueño del estudio, el director insoportable con ínfulas de autor, el actor galán, la estrella femenina, etc.... Pero todos y cada uno de ellos son algo más de lo que aparentan sus perfiles, algo que Brubaker va desgranando sin prisa pero sin pausa.



Todo arranca con el asesinato de la estrella femenina de una película en problemas debido a las mil y una reescrituras de un filme que demuestra que los problemas en Hollywood están desde sus inicios. Una muerte envuelta en misterio, porque nuestro protagonista la encuentra junto a él, sin saber como llegó el allí, tras una fiesta salvaje de la que no tiene más que nebulosos recuerdos de lo que ocurrió.

Esto sirve a la pareja artística para deleitar a los lectores con un relato que te atrapa desde las primeras páginas y que va desgranando sus múltiples capas y misterios a medida que pasas las páginas de un tebeo que va a más a medida que avanza la historia y del que deseas que nunca acabe, ya que la espera hasta la publicación del siguiente volumen será eterna.



Y que decir de Brubaker y Philips que no se haya dicho ya. Una pareja artística que han nacido para colaborar juntos y que aquí es posible que hayan llegado a la cima de su compenetración artística, apoyados además en el color aportado por Elizabeth Breitweiser, la tercera fuerza artística del tebeo y que da ese toque de ensoñación e irrealidad que transmiten Los Angeles y Hollywood.

Un Hollywood repleto de personajes que en principio pueden abrumar por su cantidad, pero que gracias a la pluma de Brubaker y su facilidad pasmosa para describir y diferenciar con pocas palabras y unos pocos actos a unos personajes que podían caer en el esterotipo, pero que Brubaker los transforma en personajes de carne y hueso.



Noir clásico en estado puro, imprescindible para aquellos que como yo, adoramos a autores literarios como James M. Cain, Raymond Chandler o James Ellroy, un fresco perfecto del Hollywood dorado con sus luces y sombras y una demostración más, que nadie como Brubaker y Philips para llevarnos de viaje a un universo de luces y sombras,sexo y vicios, lujo y sueños rotos, personajes decadentes pero tremendamente atractivos y humanos y un contexto histórico tremendamente atractivo. Quizás nos encontremos ante su obra definitiva y decir eso después de todo lo que nos han entregado en los últimos 15 años, es decir mucho. Imprescindible.


14 de agosto de 2012

Fatale book one: Death Chases Me de Ed Brubaker y Sean Phillips


Fatale book one: Death Chases Me de Ed Brubaker y Sean Phillips (Fatale 1 al 5 USA)

Desde los comienzos de su carrera, el tándem formado por Brubaker y Phillips han demostrado su amor y pasión por el género negro y lo han sabido mezclar con otros géneros de la cultura popular. Desde tebeos 100% negros como su primer trabajo juntos como "La Escena del Crimen" para Vertigo, hasta su actual y magistral "Criminal" para el sello Icon de Marvel Comics, pasando por su mix con el género de superhéroes como fue "Sleeper" para Wildstorm Comics o con el pulp en "Incognito" también para Icon.

Los antihéroes patéticos, las mujeres fatales que manipulan a los hombres como peleles a su antojo o sus detectives/periodistas fracasados y policías corruptos inundan las páginas de tebeos que huelen a tabaco, colonias baratas y alcohol. Ahora, bajo el sello Image, llevan su propuesta un paso adelante, en un trabajo que aúna lo mejor de Raymond Chandler y Lovecraft, es decir, un nuevo género que podríamos denominar "horror-noir".


Y la jugada les sale estupendamente, en un primer volumen que sirve como primer arco argumental de lo que aventuro será una historia apasionante que se mueve por varias épocas a la vez y que tiene todos los ingredientes para tener una larga vida. Aquí tenemos todos los ingredientes que hacen de los tebeos del duo obras adictivas como pocas. Porque junto a sus personajes de serie negra donde no faltan desde la femme fatale a los criminales de mala muerte, tenemos a su vez súcubos, sectas satánicas, sacrificios rituales y entes demoníacos del más allá.


Poco más puedo decir de una pareja de creadores que se complementan a la perfección y que aquí vuelven a demostrar que les queda cuerda para rato. Si su Incognito no llega a cuajar del todo, aunque es una lectura más que estimable, este Fatale alcanza las cotas de genialidad de los mejores Criminal y la que es quizá su obra más interesante hasta la fecha, Sleeper.

Lectura imprescindible del 2012, uno de los tebeos del año y unos autores en plena forma. Sexo, horror y violencia tratado de manera elegante. Una magnífica ambientación, personajes estereotipados que no son lo que parecen ser y una narrativa que no te deja parar y te hace desear que el segundo volumen llegue pronto a las librerías. 

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