28 de mayo de 2016

Los Hijos del Crepúsculo: Un bello relato de realismo mágico entregado por Beto Hernández y Darwyn Cooke




















La recepción de estos Hijos del Crepúsculo (gracias ECC Ediciones) ha coincidido lamentablemente con el repentino e inesperado fallecimiento de Darwyn Cooke, para mi uno de los grandes ilustradores que ha tenido la historia del cómic. Y lo que iba a ser únicamente la lectura de la nueva obra de uno de mis autores favoritos ha sido mi despedida.



En esta ocasión y acostumbrados a que Cooke en los últimos años nos entregara obras como autor completo, la autoría y la creación de esta obra editada por el sello Vertigo de DC Comics la comparte con Gilbert Hernández, más conocido por los lectores de Love and Rockets como Beto Hernández, autor de obras tan maravillosas y únicas como su Palomar.



Al igual que sus historias de "Sopa de Gran Pena", estos Hijos del Crepúsculo transcurre en una pequeña población muy parecida a la representada en Palomar, donde un extraño suceso se repite con asiduidad ante el asombro pero a la vez normalidad de los vecinos, que es la aparición de una esfera de luz y las consecuencias incomprensibles de la misma.



Pero como siempre, este realismo mágico, tan recurrente en la literatura sudamericana y en la obra de este autor, realmente es una excusa para adentrarnos en las miserias y alegrías de un elenco de personajes donde el amor, el sexo, las envidias y en general todo lo que nos hace humanos es representado en esta pequeña población.



Quizás el mayor problema de esta miniserie de cuatro ejemplares, aquí publicada en un bello tomo, es que nos quedamos con ganas de saber más de estos personajes, de su vida, de su pasado, al estilo de como conocimos de Luba, una de las protagonistas de ese fascinante reparto coral que es Palomar. Y en cuanto al componente sobrenatural, su explicación, como todo elemento sobrenatural que se precie de serlo, queda abierto a la interpretación y a la discusión, cerrando la historia con un emotivo flashback.



En cuanto a la aportación de Cooke, magistral como siempre. Apoyado y realzado por la paleta de color de Dave Stewart, Darwyn Cooke consigue un equilibrio entre su particular, limpio y brillante estilo cartoon, y el trazo caricaturesco y el ritmo de las obras de Beto como dibujante, sabiendo aportar dinamismo a la lectura, con composiciones de página más cinematográficas, junto a páginas más cercanas al tempo de los trabajos de Beto como autor completo.



En definitiva, una obra bella y melancólica, quizá algo irregular pero que sirve de perfecta despedida a un dibujante y autor único en su especie y para seguir constatando que Beto sigue estando en buena forma, aunque aún esperemos que nos vuelva a deleitar con un trabajo de la calidad de ese Palomar que ahora mismo parece inalcanzable.

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